Desde Mastate de Orotina, un pueblito rural donde la vida corre al ritmo del río Machuca, salió una joven que hoy tiene motivos de sobra para sonreírle a su futuro, el cual, está segura, depende solo de ella.
Se llama Angelina Lazzara Chaves, tiene 18 años y fue una de las estudiantes que logró 900 puntos, nota perfecta, en el examen de admisión 2025-2026 de la Universidad Nacional (UNA), una nota que no solo habla de conocimiento, sino de constancia, autocontrol y una enorme madurez.
Angelina nació en Orotina, creció entre cafecitos hechos a la orilla del río con sus tías y fines de semana eternos chapoteando en las pozas.
“Aprendí a nadar en el Machuca. Pasábamos casi todo el día ahí; somos una familia numerosa y esos paseos nos unían muchísimo. Con mis tías hasta hacíamos café a la orilla del río”, recuerda con una sonrisa que todavía huele a infancia.
Mastate a Quepos
La escuela la cursó en la Ramona Sosa Moreno de Mastate, pero los estudios secundarios la llevaron lejos de casa. Se mudó a Quepos para estudiar en el Colegio Académico de Londres de Naranjito, un centro educativo público que pasó de rural a académico y que marcó su formación. Ahí cambió las pozas del Machuca por las del río Naranjo y el mar.
El camino no fue fácil. Angelina se preparó desde décimo con cursos para el examen de admisión, aunque admite que al inicio no lo tomó tan en serio.
El año pasado fue su primer intento formal y, aunque sacó más de 800 puntos, la experiencia la sacudió. “Entré mucho en pánico, me puse muy nerviosa con el tiempo. Veía a la gente salir y sentía que no me iba a dar chance. De la pregunta 25 en adelante las hice con demasiados nervios y eso me afectó mucho”, confiesa.
La clave fue la calma
Para este 2025 decidió cambiar la estrategia. Más que estudiar, trabajó la mente.
“Me dije que tenía que ir con más paz mental. Yo sabía que tenía el conocimiento y la preparación. Decidí no ponerle atención a nadie más, concentrarme en mí.
“Había hecho prácticas, sabía que podía hacerlo en el tiempo que daban. Como logré vencer mis nervios, hasta me sobró tiempo para revisar el examen dos veces. Al salir, sí sentí que me había ido mucho mejor”, relata.
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El resultado fue un 900 redondo, una nota que todavía le cuesta creer.
“Me sorprendió un montón. Sentía que me había ido mejor, pero no esperaba eso. Estaba con mi novio, los dos ansiosos, y yo veía el 900 y pensaba que algo estaba mal. No fue hasta como a las cinco de la tarde, cuando me llamaron de la UNA, que me lo creí”.
La primera llamada que realizó fue a su mamá, Maritza Chaves, y luego a sus tías, en especial a Gladys, a quien Angelina llama su segunda mamá. Su papá, Filipo Lazzara, su hermano mayor y toda la familia celebraron un logro que se trabajó como un verdadero equipo familiar.
Temor e ilusión
Angelina aún no define su carrera, aunque las ciencias exactas le llaman mucho la atención: Biología, Química y todo lo que implique entender cómo funciona la vida.
Sabe que para estudiar deberá trasladarse a la Gran Área Metropolitana a residencias (con beca), dejar por primera vez el hogar y enfrentarse a lo desconocido.
“Da nervios estar sola, no conocer a nadie, pero es por un futuro mejor. Aunque uno va con miedo, va muy emocionado por crecer y ser profesional”.
Mientras tanto, no perdió el tiempo. Este año se dedicó a sacar generales en la Universidad Estatal a Distancia (UNED), aprovechando la virtualidad.
“Yo sabía que iba a entrar a una pública, así que no quise desaprovechar el tiempo. Ahora voy a entrar avanzada con Humanidades”, dice orgullosa.
Entre hornos y mascotas chineadas
Cuando no estudia, Angelina se relaja horneando. La repostería es su terapia. Hace queques, cheesecakes, galletas y pan para la familia.
También ama la música: desde el metal pesado hasta la clásica, que usaba para concentrarse mientras estudiaba. Y en casa la esperan sus grandes amores de cuatro patas: Coco, Bambi, Jack, Aurora y la gata Tosi, todos chineados como reyes.
Desde Quepos, pero con el corazón anclado en Mastate, Angelina Lazzara demuestra que venir de zona rural no es un límite, sino una raíz firme. Que la disciplina vence los nervios y que, a veces, el verdadero salto no es de un río a otro, sino del “no puedo” al “sí se puede”.





