En San Antonio de Escazú, entre calles llenas de historia y calorcito de pueblo, hay un personaje que no pasa desapercibido: don José Luis Umaña Chávez, un hombre de 65 años que lleva 49 vendiendo copos.
Hablamos de esas sabroseras de hielo raspado que refrescan el alma… y que, en su caso, también han levantado una familia completa.
Don José Luis arrancó en este oficio cuando apenas tenía 16 años, en una Costa Rica muy distinta, donde, como él mismo dice, la plata rendía más.
“Cuando yo comencé, un copo valía cinco colones sin leche y diez con leche condensada. Era otra época, todo era más barato y uno ganaba más. Pero aquí seguimos, pulseándola igual, con las mismas ganas”, recordó.
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Desde entonces no ha parado. Lo suyo no es solo vender, es caminar, saludar, conocer a la gente y formar parte del día a día del barrio.
“Yo tengo clientes de toda la vida. Si no paso un día, me reclaman. Me dicen: ‘¿qué le pasó, por qué no vino?’. Eso es bonito, porque uno siente que no solo vende, sino que hace falta”, contó con orgullo.
El mayor premio
Detrás de cada copo hay una historia de esfuerzo que no siempre se ve. Don José Luis lo tiene claro: su trabajo fue el motor para levantar a su familia.
“Yo le he dado educación a mis hijos a pura venta de copos. Los he sacado adelante con esto, con sacrificio, caminando, trabajando todos los días. No ha sido fácil, pero aquí estamos, gracias a Dios”, dijo lleno de orgullo.
Su historia también tiene momentos duros. De siete hijos, hoy cinco lo acompañan en vida, mientras dos descansan en el cielo. Aun así, nunca se ha detenido.
No es solo vender, es amor
Para don José Luis, el secreto de un buen copo no está solo en el hielo ni en los siropes o la leche condensada.
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“El secreto es usar siempre buen material, ser constante, pero sobre todo hacerlo con amor. Todo en la vida lleva cariño, y esto no es la excepción. Uno tiene que preparar cada copo como si fuera para uno”, explicó.
Esa filosofía la ha mantenido con su negocito por casi cinco décadas, incluso ahora que ya está pensionado.
“Mis hijas me dicen que ya descanse, que me quede en la casa, pero yo no puedo. Mientras Dios me dé fuerzas, yo sigo. Esto para mí es como una terapia, me mantiene activo, me hace sentir útil”, confesó.
Sin miedo al trabajo
Antes de dedicarse de lleno a los copos, don José Luis hizo de todo: pintura, albañilería, jardinería, venta de comida… lo que saliera.
“A mí me enseñaron a trabajar desde los 10 años. Desde chamaco me gano la comida, me gano todo. Entonces uno no le tiene miedo a nada, solo a quedarse sin hacer nada”, dijo.
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Los copos llegaron gracias a un amigo que empezó con unas carretas. Con el tiempo, el negocio creció… hasta que decidió lanzarse solo.
Hoy su emprendimiento tiene nombre propio: “Copos Luis, los mejores del pueblo”, dice con una sonrisa.
El copo: una tradición
El copo, tan querido en Costa Rica, es una bebida refrescante hecha a base de hielo raspado o triturado, al que se le agregan siropes dulces de distintos sabores, siendo el rojo el más tradicional, pero ahora hay verde limón y hasta azul chicle.
Esta delicia callejera tiene ingredientes como leche condensada o leche en polvo, lo que le da una textura más cremosa y un sabor más intenso que encanta a grandes y chicos.
“Yo he visto cambiar todo, desde cuando esto (el parque de San Antonio de Escazú) era casi una plaza sin tanto movimiento, hasta lo que es ahora. Antes uno mismo hacía los siropes, todo era más artesanal, más sencillo, pero igual de bonito.
“Yo empecé con un solo sabor, el rojo, y poco a poco fueron saliendo más, como el de zarza, uva, limón y naranja. La gente ha cambiado, los gustos también, pero el copo sigue siendo ese chineo que alegra el día, eso no cambia nunca”.
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Más que simplemente para refrescarse, el copo es parte de nuestra cultura popular: se vende en carretas, en parques y en las calles, y está ligado a momentos de calor, paseos familiares y recuerdos de infancia que muchos ticos llevamos en el corazón.






