Todavía de madrugada, cuando muchos apenas se acomodan entre las cobijas, don Martín Sánchez Montoya ya anda pensando en el tiempo, en la Luna y en su amada agricultura.
A los 67 años, este agricultor de Sabanilla de Tucurrique, en Cartago, sigue levantándose temprano para ir hasta Atirro de Turrialba, donde cultiva caña.
El camino no ha sido fácil, pero él habla de la agricultura como quien habla de un viejo amigo que nunca lo soltó de la mano.
“La tierra ha sido mi gran amiga toda la vida. Una bendición de Dios”, dice con la voz pausada de quien ha vivido suficiente para entender que las cosas verdaderamente importantes no se compran.
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Desde que tiene memoria ha trabajado la tierra. Banano, café, maíz, plátano y caña han pasado por sus manos curtidas por el sol. Pero la caña, esa que hoy sigue sembrando con orgullo, lleva más de 30 años acompañándolo.
Su vida no ha sido de oficinas con aire acondicionado ni almuerzos calientes servidos a mediodía. La vida del agricultor es otra cosa. Es desayunar cuando está oscuro todavía, caminar entre barro, aguantar aguaceros repentinos y sentarse debajo de un árbol a comer arroz, frijoles, un huevito frito y tal vez un pedacito de salchichón fríos porque en el campo no hay microondas.
Aun así, él no cambiaría esa vida. “Con poco estudio encontré en la tierra la bendición”, asegura.
Una vida a puro trabajo honrado
Don Martín y su esposa, Adelia Zamora, sacaron adelante a seis hijos gracias al trabajo agrícola. Cada mata sembrada, cada saco cargado y cada jornada bajo el sol terminó convirtiéndose en comida, estudios y oportunidades para su familia.
Sergio, Mileidy, Andrés, Alejandro, Milena y Katherine crecieron viendo a su papá salir de madrugada a trabajar. Y más de una vez les tocó ayudarle también.
“Iban a la escuela y salían a las 10 de la mañana. Al mediodía ya estaban en el cañal ayudándome”, recuerda con gran orgullo por sus hijos, quienes son la cosecha que más le alegra el corazón.
Hoy, cuando mira a sus hijos convertidos en personas trabajadoras, siente que todo sacrificio valió la pena. Una hija es profesora, dos hijos trabajan como albañiles, otra es estilista y otro trabaja con él en agricultura. Incluso, dos nieticos, Yader y Mauricio, también se meten al cañal a trabajar.
En su mirada hay orgullo. No un orgullo escandaloso, sino silencioso de los campesinos que saben que todo lo consiguieron trabajando honradamente.
“Si uno quiere vivir un poquito mejor, no hay nada como trabajar la tierra con amor”, afirma.
“Antes uno prevenía la lluvia. Ahora el clima ha cambiado muchísimo”, cuenta.
Recuerda que el sol le ganó un partido y perdió todo un cultivo de caña.
“Perdí todo. Esperé que lloviera y no llovió. Hay que arrancar otra vez desde cero, pero con esperanza en la lluvia y en el Sol, porque se necesitan los dos”, dice.
Siempre con fe
Porque el agricultor tiene algo especial: aprende a confiar, incluso, cuando la tierra parece cerrarle la puerta. Aprende a volver a sembrar aunque haya perdido dinero, tiempo y esfuerzo. Aprende a tener fe en una nube negra apareciendo en verano.
Don Martín habla de la Luna, del Sol y de la lluvia como quien entiende el idioma secreto del campo.
“La Luna tiene mucho que ver a la hora de sembrar. La caña necesita buen Sol para agarrar su punto y ese punto mejora cuando la lluvia es la justa”, explica.
Don Martín todavía cree que el campo puede darle oportunidades a las nuevas generaciones. Por eso insiste en enviarle un mensaje a los muchachos que hoy ven la agricultura como algo sin futuro.
“Yo le digo a todo muchacho que no abandone los cultivos ni el trabajo en la tierra. No importa si es café, caña o cualquier otra cosa, pero que sigan produciendo”.
Para él, el trabajo honrado sigue siendo el camino más digno. “No hay como trabajar honradamente”, repite.




