Cuando uno recorre los pasillos de la escuela de San Vicente, en Tres Ríos, puede toparse con un hombre de 51 años: conserje, serio, pero amable.
Poco imagina uno que detrás de su uniforme (y mucho antes de sacar escobas para barrer aulas) hay una vida marcada por el hambre, la calle, el abandono… y luego por la risa, los disfraces y la esperanza. Esa es la historia de Geovanny Rodríguez Ramírez, el payaso “Pillín”.
Hace 22 años, Geovanny comenzó a vivir en la indigencia.
“Dormía en las calles, donde pudiera”, dice. “Hubo una noche, debajo de un puente, en la cual el río casi me lleva porque se creció. La calle mata, y a mí me tocó sobrevivir”, comenta don Geovanny.
Recuerda también cómo muchas veces sobrevivía de las sobras que tiraban al basurero del restaurante AS de Oro, a un costado de la Catedral de San José, sobre Avenida Segunda.
“Esperaba las bolsas de basura; en ocasiones los muchachos me daban qué comer”.
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Esa etapa de su vida fue “la más amarga que he vivido”, dice con la voz gastada, pero firme. Vio morir a compañeros de calle, a gente golpeada, a quienes dejaban su vida allí.
La suerte tocó su puerta en el hospital Max Peralta de Cartago, donde fue internado luego de llegar todo enfermo.
Allí, desde la parroquia Parroquia Santo Cristo de Esquipulas de El Guarco, le llegó una invitación para compartir su historia con jóvenes que iban a ser confirmados. Fue una oportunidad de sanar no solo su cuerpo, sino su alma.
“Me reintegré con mi familia saliendo del hospital”, cuenta. Y con fe, con valores y con ganas de reconstruir algo.
El nacimiento de “Pillín”
Cuatro años colaborando con catequesis, compartiendo su testimonio, enseñando valores. Pero lo que vino, de puritica casualidad, cambió su vida.
En 2009, en una actividad para niños, el payasito contratado no llegó. Entonces, con temor y esperanza, lo disfrazaron a él.
“Esa fue la primera vez que me puse la nariz roja… y detrás de ese traje, de esa pintura, de esa nariz, pude encontrar mi propia sonrisa”, comenta con el corazón lleno de felicidad, algo que se me había negado desde niño”.
Ese día nació “Pillín”. El apodo, nos explica, viene de sus travesuras de niño. “En la escuela andaba escondiendo cosas, escondiéndome… Los maestros decían que yo era un pillo”. Y entendió que esa picardía, en lugar de meterse en problemas, podía transformarse en alegría para otros.
Recibió apoyo incondicional de su mamá, doña Felicia Ramírez; de sus hermanos, Kattia, Andrea, Dixon y Gustavo, así como de don Miguel Salas, quien sigue creyendo hasta hoy en el proyecto.
Asociación Regalando Sonrisas
Lo que empezó como una pintura, un disfraz y una fiesta improvisada, se convirtió en algo mucho más grande. Así nació la Asociación Regalando Sonrisas.
La primera Navidad que organizaron fue en 2009, en la plazoleta de la iglesia de El Guarco. Tenían apenas 50 muñecas y 72 carritos para regalar… pero había 152 niños. Tuvieron que rifar los juguetes.
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Aun así, para Geovanny (ahora Pillín) fue un triunfo. “No podía quedarme ahí”, reflexiona. Con apoyo de la familia Sequeira-Ramírez, y de don Miguel Salas (quien aún colabora con transporte), el proyecto creció.
Así, de ser un hombre sin hogar ni futuro, pasó a ser un conserje respetado en la escuela, un voluntario en catequesis, un payasito consolador de sueños, y un líder comunitario que reparte ilusión cada diciembre.
Duro aprendizaje
La indigencia, acepta, le enseñó a ser más humano y más consciente del sufrimiento ajeno.
“Aprendí a ver a las personas no por lo que tienen, sino por lo que son”. La calle le quitó la tranquilidad, pero le dio una sensibilidad que no se aprende en casa.
Esas noches bajo un puente, esa búsqueda de comida en la basura, esos miedos, lo marcaron y también lo moldearon.
Lo que a él le faltó de niño ahora lo reparte con generosidad. Por eso insiste en que su lucha no es personal: es colectiva, comunitaria.
335 niños esperan sus regalos
Este diciembre la meta es enorme: la fiesta navideña será la número 15 de Regalando Sonrisas. Se espera recibir a 335 niños de entre 5 y 10 años, muchos de ellos con capacidades diferentes (algunos incluso adultos mayores) que merecen su regalo, su momento de alegría, su esperanza.
“Este año queremos que nadie se quede sin su juguete, sin su sonrisa”, declara con emoción. Pero la realidad golpea. “Se ocupan 335 regalos, y aunque amigos como Jair Cruz o Héctor Vega recolectan juguetes y los traen, aún necesitamos más ayuda”.
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Cada año, la comunidad realiza actividades como la “Pañatón” en junio, para recaudar pañales para adultos mayores, y también recogen útiles escolares para la entrada a clases.
Organizan, además, la maratón “Kilómetros Solidarios” en setiembre, para reunir fondos. Pero diciembre pesa: la fiesta, los juguetes, la comida, el show de payasos , incluyendo personajes como Santa y Mamá Clos, ocupan recursos.
“Pillín me ayudó a enrumbarme, a recobrar la esperanza, a volver a sonreír. Y ahora regalo esa esperanza a quienes más lo necesitan.
“Ocupamos de la ayuda de manos generosas para alegrarles la Navidad a muchos niños”, dice Pillín.





