Cuando monseñor Elímar Carvajal Durán prepara una homilía, antes de pensar en el mensaje que quiere transmitir, se hace una pregunta que se convirtió en su brújula como sacerdote: “¿Cómo me gustaría que me hablaran a mí?”.
La respuesta la encontró hace muchos años y desde entonces procura llevarla a la práctica cada vez que se dirige a los fieles.
“Por eso trato de hablar sencillo, con imágenes y siempre con alegría”, nos contó desde Esparza el sacerdote alajuelense, de 50 años, quien este jueves 6 de agosto fue ordenado como el tercer obispo de la diócesis de Puntarenas.
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Su forma de predicar también tiene otro ingrediente que considera indispensable. “Nunca puede faltar la humildad”, dice entre sonrisas, convencido de que un pastor debe acercarse a las personas con sencillez y sin olvidar que todos viven luchas y realidades diferentes.
Esa manera de entender el sacerdocio comenzó a tomar forma cuando tenía apenas 20 años. Aunque la inquietud por la vocación nació durante la adolescencia, fue mientras oraba frente al Santísimo en la capilla de su pueblo (Sarchí), que sintió con claridad el llamado que terminaría cambiando su vida.
Una nueva misión
Hoy, dos décadas después de haber sido ordenado sacerdote y de haber asumido uno de los mayores retos de su ministerio, asegura que nunca ha dudado de aquella decisión.
“Simplemente puedo decir que el Señor nunca me ha defraudado. La confianza en Dios siempre me ha acompañado, por eso atendí este llamado”, afirma.
Ahora emprende una nueva misión en Puntarenas con la misma serenidad con la que habla de su vocación. Sabe que el desafío será grande, pero no le asusta.
“Hay mucho que hacer”, reconoce, convencido de que el trabajo pastoral comienza escuchando y caminando al lado de la gente.
¿Qué sigue para la Iglesia de Puntarenas?
La ordenación episcopal de este 6 de agosto marca el inicio oficial del ministerio de monseñor Carvajal como tercer obispo de la diócesis de Puntarenas, la cual fue creada en 1998 para atender a las comunidades católicas del Pacífico central.
La celebración inició a las 9 de la mañana en la parroquia de Esparza y reunió a obispos, sacerdotes, religiosos y fieles de distintas partes del país. Durante la ceremonia, el sacerdote recibió los signos propios del ministerio episcopal, con los que asume la misión de guiar pastoralmente a la diócesis.
La Iglesia de Puntarenas ha tenido únicamente dos obispos desde su creación.
El primero fue monseñor Hugo Barrantes Ureña, quien estuvo al frente entre 1998 y 2002. Posteriormente asumió monseñor Óscar Fernández Guillén, que dirigió la diócesis durante casi 24 años y recientemente concluyó su servicio como obispo residencial.
La diócesis porteña atiende los cantones de Puntarenas, Esparza, Montes de Oro, Garabito, Parrita y Quepos, además de la Península de Nicoya, organizada en 18 parroquias distribuidas en cuatro vicarías.
El nombramiento fue realizado por el papa León XIV, quien le encomendó la misión de continuar el trabajo pastoral y acompañar a miles de fieles de la región.
La fecha escogida para la ordenación tampoco es casual. Cada 6 de agosto la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor, una de las solemnidades que recuerda el momento en que Jesús manifestó su gloria ante tres de sus discípulos.
Tras la ordenación, monseñor Elímar Carvajal iniciará formalmente su labor pastoral el próximo domingo 9 de agosto, cuando tome posesión de la diócesis de Puntarenas en su catedral.
Que nada lo desanime
La homilía estuvo a cargo de monseñor José Manuel Garita, obispo de Ciudad Quesada, quien le recordó al nuevo obispo de Puntarenas que “asume el pastoreo de una diócesis hermosa y llena de riqueza humana, pero también marcada por enormes desafíos: pobreza y desigualdad, desempleo y subempleo, crisis del sector pesquero, narcotráfico e inseguridad, migración y movilidad laboral, turismo con fuertes contrastes sociales, deterioro ambiental del golfo de Nicoya, rezago en infraestructura y servicios públicos, etc.
“A nivel eclesial: necesidad de vocaciones sacerdotales y religiosas, indiferencia y oposición hacia la fe, alejamiento de la Iglesia, falta de formación cristiana y eclesial, desintegración y crisis de la familia, relativismo moral, etc. Todas estas situaciones reales reclaman una Iglesia cercana, profética y esperanzadora”.
Ante el reto, monseñor Garita le pide que no baje la guardia: “No permitas que esas realidades te desanimen; míralas con los ojos de Cristo. Escucha el clamor de los pobres y camina con ellos.
“Promueve una Iglesia que salga al encuentro, que construya puentes, que anuncie esperanza y que sea presencia viva de la misericordia de Dios allí donde parece imponerse la desesperanza. Nunca permitas que las muchas ocupaciones apaguen la prioridad de la oración”.
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