En el puro corazón de Alajuela, a 400 metros al sur de Llobet, hay un lugar donde el tiempo se mide en puntadas y no en horas.
Es la Sastrería Vilo, un lugar que guarda más de 70 años de historia y que hoy sigue palpitando gracias a dos hermanos que heredaron mucho más que un oficio.
Ahí están Marvin y Alexander Fernández Castro, quienes continúan el legado de su papá, Domingo Fernández Alfaro, conocido como “Vilo”, un sastre de los de antes que trabajó hasta el último día de su vida.
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Un legado que no se corta
Domingo fundó la sastrería en 1952 y la convirtió en una de las más reconocidas del país. Su disciplina, su trato cercano y su obsesión por los detalles marcaron a sus hijos.
“Papi siempre decía que las cosas hay que hacerlas con amor, como si fueran para uno mismo. Eso se nos quedó grabado”, cuenta Marvin, de 62 años.
Alexander coincide y agrega: “Más que enseñarnos a coser, nos enseñó a respetar al cliente y al trabajo. Eso es lo que mantiene vivo el negocio”.
Aprender desde abajo
La historia de ambos hermanos en la sastrería comenzó desde jóvenes. Marvin recuerda que apenas terminó el colegio, su papá le marcó el camino.
“Me dijo que tenía que ponerme a trabajar. Empecé como a los 20 años haciéndole pantalones a él. Después me mandó a San José con sastres de los de antes, de los que hicieron trajes hasta para el expresidente Luis Alberto Monge”, recuerda.
Tras ese aprendizaje, regresó a Alajuela para perfeccionarse junto a su padre. Alexander también se fue metiendo en el oficio, aprendiendo cada detalle en el taller familiar.
Un traje con historia
Desde más de un mes, entre telas, tijeras y tizas, los hermanos trabajaron en un encargo especial: el traje del diputado electo Eder Hernández Ulloa del Partido Liberación Nacional.
“Él me dijo que lo quería negro, ajustadito. Ya le hemos hecho otros, entonces ya tenemos la medida”, explica Marvin.
El traje se confecciona de forma completamente artesanal, con casimir inglés de alta calidad.
“Estamos terminando el pantalón. Aquí todo se hace a mano, con calma, cuidando cada detalle para que quede perfecto”, asegura Alexander.
Un arte que resiste
Para los hermanos Fernández Castro, la sastrería es un arte que exige paciencia y precisión.
“El saco es lo más delicado, sobre todo en las mangas y el cuello. En los detalles es donde más tiempo se invierte”, explica Marvin.
Sin embargo, reconocen que el oficio ha ido desapareciendo.
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“Antes había muchos sastres, ahora muy poca gente quiere aprender. Es un trabajo de mucha dedicación”, lamenta Alexander.
Aun así, la clientela no falta. Personas de todo el país llegan buscando calidad.
“Vienen de Guanacaste, Heredia, San Carlos, Orotina… hasta hemos recibido una buseta con jóvenes colegiales de Montezuma que nos visitaron para hacerse trajes de graduación”, cuenta Marvin.
Más que un negocio, una vida
Gracias a la sastrería, Marvin logró sacar adelante a sus tres hijos, todos profesionales.
“A punta de esto mis tres hijos sacaron su carrera profesional. Eso es un orgullo enorme”, dice.
Los hermanos también han modernizado el local, pero sin perder la esencia.
“Hemos remodelado, cambiado el piso, pero siempre respetando lo que papi nos dejó. Él decía que en el sacrificio está el triunfo”, recuerda Alexander.
Puntadas que trascienden
Cuando el diputado Eder Hernández luzca sus trajes en la Asamblea Legislativa, no serán solo una prenda elegante, serán el reflejo de una historia familiar, de un legado construido con esfuerzo y amor.
“Vamos a ver la transmisión. Es bonito ver el trabajo de uno y el de papi reflejado ahí”, comentan con gran orgullo los hermanos.
Porque en cada traje que sale de la Sastrería Vilo, no solo hay tela, hilos y puntadas… hay generaciones enteras cosidas con orgullo.


