Hay lugares en donde el silencio dice más que cualquier palabra.
En El Zota no lo despiertan las presas ni el ruido de la ciudad. Aquí el día comienza con el canto de cientos de aves, el sonido de los monos entre las ramas y la esperanza de que, en cualquier momento, un jaguar decida dejar sus huellas sobre el barro.
Ese es el verdadero lujo de este rincón de Pococí.
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Lo que hoy es una estación biológica reconocida por proteger la naturaleza, hace 37 años tenía un destino muy distinto. La propiedad fue adquirida en 1989 para aprovechar la madera del bosque, pero en el año 2000, hace 26 años, ocurrió un cambio que les dio un nuevo rumbo a estas tierras: conservar la vida pasó a ser mucho más importante que cortar árboles.
Así nació la Estación Biológica El Zota.
El nombre proviene del árbol sotacaballo, una especie muy común en la zona y que terminó bautizando este proyecto impulsado por Heiner Ramírez y Enid Hernández.
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“Somos un lugar que, gracias al conocimiento de la naturaleza, crea conciencia. Somos un bosque que sigue vivo”, resume Heiner Ramírez, uno de los propietarios de la Estación Biológica El Zota.
Un refugio donde la naturaleza todavía gana
Mientras en muchos sitios los bosques desaparecen poco a poco, en El Zota ocurre todo lo contrario.
Aquí la naturaleza sigue recuperando terreno.
Actualmente, se protegen cerca de 800 hectáreas de bosque, un espacio que sirve de hogar para una impresionante cantidad de especies.
Solo para darse una idea, aquí viven seis especies de felinos silvestres, más de 410 especies de aves, más de 30 especies de anfibios, 72 especies de murciélagos y una enorme variedad de árboles, reptiles, insectos y mamíferos.
Algunas veces la recompensa para quienes recorren sus senderos llega en forma de un ocelote cruzando a la distancia. Otras, aparece una escurridiza danta (el tapir centroamericano). Incluso han logrado observar al curioso perro zompopo, también conocido como oncilla, uno de los animales más difíciles de ver.
“Para nosotros prácticamente todas las especies encuentran aquí un refugio”, cuenta Ramírez.
Pero ese privilegio también trae una enorme responsabilidad.
El cambio climático ya comenzó a dejar huella en el bosque.
“El calentamiento global es notable”, reconoce.
Un aula donde el profesor es el bosque
El Zota no solo protege animales, sino que también forma profesionales.
Estudiantes de la Universidad de Costa Rica (UCR), la Universidad Nacional (UNA) y el Tecnológico de Costa Rica (TEC) llegan a realizar investigaciones en biología, ecología e ingeniería forestal.
Aquí los libros cobran vida. Cada árbol, cada ave y cada sendero se convierte en parte de la lección.
El paseo que termina enseñando una lección de vida
Quien visita El Zota puede caminar por el bosque primario, navegar por la laguna Agami o aventurarse en caminatas nocturnas.
Y son precisamente esas caminatas, cuando cae la noche, las que más enamoran a los visitantes.
Es el momento en que aparecen las criaturas nocturnas y uno de los espectáculos más sorprendentes del bosque: el micelio bioluminiscente, un organismo que parece encender pequeñas luces naturales entre la oscuridad.
Pero el mayor recuerdo no se guarda en una fotografía, sino en la cabeza.
“Las personas entienden que somos parte de un proceso bioquímico que, a través del tiempo, creó todo lo que conocemos”, explica Ramírez.
Y mientras el visitante aprende, el bosque también gana.
Mantener 800 hectáreas protegidas cuesta dinero. Mucho dinero.
Por eso, cada entrada ayuda directamente a que este bosque siga existiendo.
“Cada persona que nos visita hace posible que continuemos cuidándolo. Si este proyecto desapareciera, probablemente estas 800 hectáreas ya habrían sido transformadas para otros usos”, concluye.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza que deja El Zota.
Que conservar un bosque no depende únicamente de quienes lo cuidan todos los días.
También depende de quienes deciden caminarlo, conocerlo y entender por qué todavía vale la pena mantenerlo vivo.









