En pleno centro de Alajuelita vive un joven que tiene dos tesoros sobre ruedas. No son bicicletas eléctricas ni modelos modernos de esos que llaman la atención por su tecnología, sino dos antiguas de la marca inglesa Raleigh que, además, guardan un pedacito de la historia costarricense.
Se trata de Ángel Núñez Montenegro, de 27 años, quien conserva dos bicis que, según cuenta, tienen más de un siglo de historia.
Pero hay un detalle que las hace todavía más especiales: ambas mantienen sus placas metálicas, de cuando en Costa Rica las bicicletas debían estar identificadas para circular por las calles.
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Una se llama La Negra y la otra La Militar. Ángel no las tiene guardadas para que acumulen polvo, sino que las cuida, las repara y hasta las utiliza para trasladarse al trabajo.
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Una herencia que sigue rodando
La Negra perteneció a su abuelo, Hugo Núñez Ramírez, quien falleció hace cuatro años. Don Hugo utilizaba aquella bicicleta para viajar desde Alajuelita hasta su trabajo en el centro de San José, por el sector del Paseo de los Estudiantes.
Ahora es su nieto quien continúa la tradición y pedalea en una bicicleta que representa mucho más que un medio de transporte.
“Es algo de traspaso familiar, ya por herencia. Estos modelos clásicos todavía siguen en función, ya restaurados de acuerdo con cómo eran en su época. Se utilizan para ir y volver del trabajito mío”, contó Ángel.
El joven forma parte de la quinta generación de una familia cletera. Su deseo es que la tradición no termine con él y que quienes vengan detrás también puedan conocerlas y utilizarlas.
“Las mantenemos para la siguiente generación, para que las vayan a disfrutar”, aseguró.
El cariño por estos vehículos también lo llevó a aprender mecánica. Su abuelo le enseñó a repararlos y hoy él continúa con esa enseñanza, restaurando las bicicletas familiares y ayudando a amigos que también conservan modelos antiguos.
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Cuando las bicicletas tenían placa
Las placas metálicas son uno de los detalles más llamativos de las Raleigh de Ángel. En Costa Rica, las primeras placas para bicicletas datan de 1930 y las últimas se fabricaron en 1968.
Cuando estos vehículos comenzaron a popularizarse, las autoridades pusieron requisitos para regular su circulación. Quienes querían andar en bicicleta debían inscribirla, obtener licencia y colocarle la placa metálica correspondiente.
Entre 1940 y 1960, además, el permiso debía renovarse cada año y había que pagar derechos de circulación. El marchamo era pequeño y se pegaba en la placa para demostrar que la bicicleta estaba al día.
Las reglas también incluían varios temas de seguridad: no se podía circular de noche sin luces y la placa debía estar visible. De incumplir las disposiciones, el ciclista podía exponerse al decomiso de su bicicleta y una multa.
Ángel explica que, con el paso del tiempo, muchos marchamos se despegaron y las placas dejaron de utilizarse. Por eso, encontrar ejemplares antiguos que todavía las conservan resulta especialmente llamativo.
Un misterio sobre ruedas
La historia de estas placas también deja una pregunta pendiente: ¿dónde quedaron los registros de aquellas bicicletas inscritas hace tantas décadas?
En aquella época, los trámites estaban vinculados con la Dirección General de Tráfico. Sin embargo, no se ha podido confirmar qué ocurrió con los expedientes históricos ni dónde se conservan.
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El Registro Nacional nos explicó que el Registro de Bienes Muebles tiene entre sus competencias la inscripción de derechos sobre bienes muebles y la adjudicación de matrículas de los bienes inscribibles. Esa información describe sus funciones actuales, pero no permite confirmar si conserva los registros de las antiguas placas de bicicletas.
Las placas metálicas para bicicletas se dejaron de hacer y asignar en 1968 y el Registro Nacional se fundó en 1972.
Mientras tanto, las Raleigh de Ángel siguen rodando y sus placas mantienen viva la memoria de una época en la que hasta las bicicletas debían tener su identificación.
La historia de Raleigh comenzó en Nottingham, Inglaterra, en el siglo XIX. La marca tomó su nombre de Raleigh Street, la calle donde se encontraba el taller que dio origen a una empresa que llegaría a convertirse en una de las más reconocidas de la industria de las bicicletas.







