Clara Idalia García tiene una deuda que va mucho más allá de los números.
Es el préstamo que pidió para comprar una lanchita (panga) y así poder llegar todos los días a la escuela donde trabaja, en una comunidad rural de Sarapiquí.
La maestra necesitaba una panga propia porque depender de la lancha de su hermano se había vuelto complicado.
Los horarios no siempre coincidían y cuando él ocupaba el bote para atender otros asuntos, ella tenía que buscar cómo llegar a su trabajo.
Así fue como tomó una decisión que le cambió los viajes diarios: pedir prestado para comprar su propia lanchita, a la que llama “La Marea”.
“Para mí llegar al aula significa mucho más que levantarse temprano y preparar las lecciones. Es caminar hasta el río, subirse a la panga, navegar y después continuar en motocicleta otros 20 minutos hasta la Escuela de Copalchí.
“Mi papá es el que anda ahí en la panga conmigo para arriba y para abajo”, explicó, agradecida por tenerlo como compañero de esta aventura.
Del río al aula
Clara vive en Los Arbolitos de Sarapiquí y trabaja en Copalchí, una comunidad fronteriza donde las condiciones del río pueden cambiarlo todo.
“Cuando el agua está en condiciones normales, el recorrido en panga dura entre 15 y 20 minutos. Pero si el río crece demasiado, el viaje se vuelve peligroso; cuando baja mucho, también hay que avanzar con cuidado para no quedar varados. También tuve que aprender a manejar moto, algo que hice alrededor de los 24 años por la necesidad”, aseguró.
El camino no siempre ha sido amable con ella. Ha sufrido caídas, golpes de piedras y hasta un accidente que le provocó un fuerte dolor en la rodilla y la obligó a buscar atención médica.
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“Mi papá también está pendiente de La Marea, pues una vez casi se hunde con todo y motor. Sobre todo en noches de mucha lluvia. Los aguaceros, el río y los caminos difíciles forman parte de una rutina que conozco bien. Sin embargo, cuando pienso en mis estudiantes, encuentro razones para continuar”, reconoce.
Una escuela y 11 pequeños grandes sueños
En la Escuela Copalchí, Clara es mucho más que la maestra. También es la directora, orientadora, conserje, amiga y encargada de atender a los estudiantes de primero a sexto, que comparten el aula en este centro educativo unidocente que en estos momentos tiene 11 alumnos.
Para ella, cada estudiante importa y merece oportunidades para aprender, descubrir sus habilidades y creer en sí mismo.
“Primero que todo, siempre describo que es amor, porque si usted no tiene amor, usted no hace nada. Mi trabajo no se limita a Matemáticas, Español, Ciencias y Estudios Sociales. Es importantísimo que los niños hagan ejercicio, jueguen fútbol, dibujen, escuchen música y desarrollen otras habilidades.
“También organizo actividades para que los 11 disfruten de celebraciones, desfiles y graduaciones. Quiero que, aunque estudien en una comunidad pequeña y alejada, tengan experiencias que recuerden con alegría”, explica con pasión.
Enseñar también es creer en ellos
Cuando llegó a Copalchí, hace cuatro años, sintió temor ante el reto que tenía por delante. Recordó que algunos estudiantes presentaban grandes dificultades para leer y expresarse frente a los demás.
Con paciencia, empezó a ver los avances. Uno de los momentos que más la llenan de orgullo es escuchar leer a los pequeños que apenas comienzan a reconocer las palabras.
“Los míos, gracias a Dios, tres que tengo en primero, dos me leen ya. No perfecto, pero ya leen sus oraciones”, contó emocionada.
También recuerda a un estudiante que no logró aprobar las pruebas de sexto año en el primer intento, pero regresó con más concentración y consiguió superar el reto.
Clara le hizo ver que un tropiezo no significaba el final del camino. Para ella, educar también consiste en enseñar que siempre existen nuevas oportunidades para aprender y salir adelante.
“Hay una señal que me recuerda la responsabilidad que tengo entre manos: varias de mis alumnas juegan a ser maestras y ayudan a los niños más pequeños a aprender letras y palabras”, contó.
Una vocación desde niña
Clara soñaba con ser maestra desde pequeña. Creció en una familia de siete hermanos y recuerda que hubo momentos en los que ni siquiera estaba claro si tendría los útiles necesarios para ir a estudiar.
Sus padres la sacaron adelante con mucho esfuerzo, y ella conoce bien lo que significa crecer con recursos limitados.
Estudió Educación Rural en la Universidad Nacional, mediante un programa que lleva la formación universitaria hasta comunidades donde el acceso a las carreras no siempre es sencillo. Se graduó de la licenciatura y también cursa una maestría en Educación.
Cuando se le pregunta qué volvería a hacer si pudiera comenzar otra vez, no duda en responder. “Si volviera a nacer, sería maestra otra vez”.






















