Hay historias que parecen ficción, pero ocurrieron de verdad.
Mucho antes de casarse y de pensar en tener hijos, el dibujante colombiano Fernando de Narváez tomó un lápiz y dibujó a una muchacha de enormes pestañas, sonrisa permanente, ropa rosada y un corazón tan grande que parecía abrazar a toda la familia. La llamó Lindazumbi.
En ese momento ni siquiera conocía a su esposa (Mónica Franco) con la que, años después, tendría una hija y un hijo (Nicolás). Lo que nunca imaginó fue que esa niña de papel terminaría creciendo dentro de su propia casa.
Esa hija se llama Sofía de Narváez. Tiene 23 años, vive en Nueva York y hoy desarrolla su carrera como DJ y artista. Sin embargo, cuando habla de su infancia, vuelve a convertirse por un momento en aquella niña que todos identificaban con Lindazumbi.
“Para mí Los Zumbis siempre han significado mi casa, mi hogar. Mi papá siempre quiso tener una hija como Lindazumbi: amable, gentil y tierna. Haber nacido y ya tener un personaje que me representaba fue un gran honor”, cuenta.
“Yo nací y ese era mi rol”
Sofía nunca tuvo que escoger cuál era su personaje favorito de la familia Zumbi. Desde el primer día de su vida, Lindazumbi ya formaba parte de ella.
Su cuarto estaba decorado con imágenes del personaje. El rosado reinaba en las paredes, en la ropa y en muchos de sus juguetes.
“Todo mi cuarto era Lindazumbi. Mis camisetas eran rosadas, mis vestidos también. Yo nací y ese era mi rol”, recuerda entre sonrisas.
Lejos de sentir el peso de una comparación, siempre lo vivió como un privilegio. Sabía que su papá no esperaba que se pareciera físicamente al personaje, sino que creciera con los mismos valores que había querido transmitir cuando lo dibujó.
Con los años entendió que el personaje representaba la amabilidad, la ternura, el respeto y el inmenso cariño por la familia. Sin darse cuenta, esos mismos valores también fueron formando parte de su personalidad.
Cuando llegó la adolescencia, hubo un detalle que la emocionó mucho. Quería tener las mismas pestañas que el dibujo hecho por su papá.
“Yo le rogaba a mi mamá que me dejara usar rímel porque el dibujo tiene unas pestañas lindísimas. Ella me decía que estaba muy pequeña y solo me compró uno transparente. Yo me lo ponía feliz porque sentía que ya me parecía un poquito más a ella”, recuerda entre risas.
Con el tiempo llegaron el rímel negro y también la madurez, pero aquella anécdota sigue haciéndola sonreír porque entiende que detrás de ese deseo había algo mucho más profundo: admiraba a la muchacha que su papá había imaginado mucho antes de que ella existiera.
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“Ella creó todo lo que soy”
Cuando se le pregunta qué significa realmente Lindazumbi en su vida, Sofía deja de hablar del personaje y empieza a hablar de ella misma. “Ella creó todo lo que soy”, responde convencida.
No se refiere al color rosado ni a las pestañas ni a las canciones. Habla de la mujer que llegó a ser.
“Crecí con esa amabilidad, con ese corazón y con esa inocencia. Son cosas que nunca voy a perder. No puedo estar más orgullosa de ser Lindazumbi”.
Sus palabras reflejan que la mayor herencia que recibió de su papá no fue un personaje famoso, sino una forma de vivir y de relacionarse con los demás.
Siempre será Lindazumbi
Hoy Sofía ya no es aquella adolescente que imaginó el papá artista cuando creó el personaje.
Terminó la universidad, estudió Administración de Empresas, vive en Nueva York y dedica buena parte de su vida a la música. Incluso bromea diciendo que ahora tiene un poquito más de Juniorzumbi por su pasión por los escenarios.
Pero apenas termina de reírse, vuelve a aparecer la niña que creció rodeada de dibujos rosados. “Siempre voy a ser Lindazumbi”, asegura.
En la familia De Narváez todos tenían y tienen un personaje. Su mamá es Mamazumbi.
Su papá, Papazumbi. Su hermano pasó de parecerse a Desastrezumbi cuando era pequeño a sentirse identificado con Juniorzumbi por su amor a la música. Hasta el gato de la casa encontraba su lugar dentro de aquel universo: Desastrezumbi.
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