Durante más de tres décadas, Pablo Mora Salas se levantó antes del amanecer para salir a pescar en las aguas del Golfo de Nicoya.
Como decenas de hombres de Isla Venado, creció entre pangas, anzuelos y madrugadas interminables persiguiendo el pescado que daba sustento a su familia.
Hoy, a los 52 años, sigue mirando el mar todos los días. La diferencia es que ya no siempre busca peces. Ahora espera madera muerta.
Como pescador, quien siempre busca peces vivos, ahora le “pesca” al mar los troncos de madera muerta que bajan por los ríos, son arrastradas por las corrientes y terminan flotando frente a la isla.
Don Pablo y su suegro los recogen, los llevan a la orilla y les da una segunda vida convirtiéndolos en artesanías que representan peces, mantarrayas, lagartos y otros símbolos de la riqueza natural del golfo.
La transformación no fue sencilla. Llegó impulsada por la necesidad, cuando la pandemia golpeó la economía local y la pesca comenzó a dar cada vez menos resultados.
“Había que reinventarse. La situación de la pesca ya venía difícil y con la pandemia se complicó todavía más. Mi hija mayor fue una de las que me impulsó a buscar algo diferente. Me decía que tenía que encontrar otra forma de salir adelante.
“Entonces empecé a trabajar junto a mi suegro, Rafael Alvarado, y poco a poco fuimos aprendiendo y mejorando. Hoy la artesanía se ha convertido en un complemento económico muy importante para nuestra familia”, recordó don Pablo.
Del pescado a la madera
Don Pablo comenzó a pescar cuando apenas tenía unos 14 años, después de salir de la escuela. Recuerda que aquellos tiempos eran muy distintos.
Según cuenta, el mar era más generoso. Había más peces y, aunque los precios no eran tan buenos como ahora, alcanzaba para vivir con tranquilidad. Con los años la situación cambió.
“La pesca ha venido disminuyendo mucho. Los cambios en el clima, el calentamiento del mar, la pesca ilegal y otros factores han afectado bastante al Golfo de Nicoya. Antes uno encontraba más peces y de mejor tamaño. Ahora cuesta mucho más.
“Por eso empecé a buscar una alternativa que me ayudara a llevar más dinero a mi familia”, explicó. Curiosamente, fue el mismo mar que tanto ama el que le ofreció una salida.
Cada vez que observaba los troncos flotando frente a la isla, veía algo más que madera vieja. Veía posibilidades.
“Nosotros no cortamos árboles, jamás. Lo que hacemos es recoger la madera muerta que traen los ríos y que llega al mar. La jalamos en la panga hasta la orilla y ahí comenzamos a trabajarla.
“El mar no nos deja de dar. Antes éramos pescadores de pesces y ahora somos pescadores de madera muerta. Es una bendición porque seguimos viviendo de lo que el mar nos ofrece, pero de una forma diferente”, afirmó.
Oportunidad para el propio mar
Las piezas elaboradas por B&M Artesanos, el negocito de don Pablo y su suegro, nacen precisamente de esa filosofía: aprovechar materiales que otros considerarían basura y convertirlos en productos con valor económico y cultural.
La iniciativa cuenta con el acompañamiento de la Fundación MarViva y el apoyo de la Fundación Blue Action, dentro de los esfuerzos para impulsar alternativas productivas sostenibles en las comunidades costeras del Golfo de Nicoya.
Pero para don Pablo, el proyecto va mucho más allá de generar dinero.
“Si las personas encontramos otras alternativas de vida que no sea solo sacar y sacar peces del mar, el Golfo también puede tener un respiro. Ya no toda la presión cae sobre la pesca.
“Los peces pueden reproducirse, hacer sus ciclos y recuperarse. Nosotros seguimos cuidando el mar porque sabemos que de él depende nuestro futuro y el de nuestros hijos”, aseguró.
Un futuro en tierra firme
Durante sus años como pescador, don Pablo enfrentó tormentas, fuertes vientos y noches en las que creyó que no regresaría a casa.
“Muchas veces sentimos que hasta ahí llegábamos. En el mar se viven momentos muy difíciles. Gracias a Dios nunca se nos volcó la embarcación, pero estuvimos cerca varias veces.
“Son experiencias que lo hacen a uno pensar y valorar otras opciones más seguras y en tierra firme. El pescador se va mar adentro, pero no sabe si regresará, si volverá a ver a su familia”, recordó.
Hoy alterna la pesca con la artesanía, aunque reconoce que cada vez dedica más tiempo a los talleres que al mar abierto.







