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Señor conocido como don Gato tico tiene una pandilla de 150 mininos en barrio México

Perros guardianes no dejan comer a misingos que viven en la escuela

Don José Vargas tiene 10 años de alimentar a cerca de 150 gatos en un recorrido que hace todas las noches en barrio México, pero últimamente no dormía tranquilo por una bronca que se armó porque no podía darle de comer a ocho de esos mininos, que viven en la escuela República de Argentina.

Sin embargo, esa bronca habría llegado a su final este lunes gracias a que La Teja ayudó a Vargas y a Marta Barboza, presidenta de la Junta de Educación de la escuela, a llegar a un acuerdo.

La historia es así: Vargas, mejor conocido como don Gato, por el amor que tiene por los misingos, perdió la paz cuando en el centro educativo, ubicado al costado sur del parque de barrio México, metieron a dos perros guardianes.

Según don Gato, los dos perrillos no dejaban bajar a los ocho gaticos a comer en paz, por lo que él creía que se le iban a morir de hambre. A partir de ese momento empezó el pleito con Barboza, quien llevó a los caninos a la escuela.

“Los perros se mantienen en la noche junto al guarda, en el punto donde normalmente les doy de comer y obviamente ellos no van a bajar mientras los perros estén ahí”, contó el defensor de los gatos.

Barboza confirmó que ella trajo desde Santa Ana a los dos zaguaticos, llamados Pata y Mechas y que, inclusive, eran de su hijo, pero no los llevó para hacerle la vida imposible a los gatos, sino porque el 31 de diciembre intentaron meterse a robar a la escuela.

“Los trajimos el jueves o viernes de la semana pasada para que por lo menos con la bulla ayudaran a cuidar, pero durante el día se mantienen en otra área donde normalmente no están los gatos. Además, nosotros les ponemos alimento y agua”, explicó doña Marta.

La presencia de gatos en la escuela josefina no es nueva, constantemente han tenido que ver qué hacen con ellos para no exponer a los niños a alergias o a enfermedades que transmiten los mininos, según contó Barboza.

Incluso dice que en una oportunidad llamaron al refugio Gatitos al rescate para que se llevaran a los 11 peluditos que tenían de intrusos en ese entonces.

“El problema es que se los llevan hoy y al día siguiente ya viene la gente a dejarnos más aquí, o como saben que se les da de comer, ellos vienen solos”, agregó.

Paz

El pleito era tan bravo que don Gato y doña Marta estaban a punto de terminar en los tribunales de justicia.

Vargas había amenazado con acusar penalmente a la funcionaria si comprobaba que ella incurría en maltrato animal, mientras que ella también estaba pensando en demandarlo por lo que ella consideraba un constante acoso en su contra por parte del defensor animal.

Pero después de la tormenta llega la calma.

Ambos llegaron a un acuerdo de paz donde los únicos ganadores fueron los felinos.

Ese acuerdo dice que cada vez que don Gato haga su recorrido les puede dejar la comida a los guardas de la escuela para que ellos se la den a los gaticos o, para que él esté más tranquilo, también puede pedirle permiso a los oficiales para entrar y darles la jama él mismo.

Además, don Jose ayudará al centro educativo a colocar unas trampas para atrapar a los inquietos peluditos para llevarlos a algún refugio donde los cuiden y castren.

Todo bien

Hicimos un recorrido por las instalaciones de la escuela y comprobamos que, pese a que cerca de donde se les da de comer a los gatos olía a animal muerto, no había ningún gaticidio.

Mechas y Pata nos acompañaron gran parte del camino y aunque al principio nos ladraron, no hicieron tiro a mordernos... ojalá sean igual con los gaticos.

Cara afición

Don Gato, que se dedica a reparar máquinas industriales, sale todas las noches a eso de las 10 p. m. y aveces le dan la 1 a. m. recorriendo las calles de barrio México y el mercado Borbón para darles de comer a los gatos de la calle.

Él lleva bolsitas de alimento listas para cada uno de los 150 mininos y entre 10 y 12 litros de agua que les reparte en recipientes de comida china.

Dice que debe comprar 12 sacos de 30 kilos al mes para alimentarlos, la salvada es que tiene un amigo con un almacén que se lo deja a precio mayorista y le sale en ¢34.500 el saco, por lo que se le van ¢414.000 solo en darles comida y cuando puede, hasta les paga para castrarlos.

“No recibo ayuda de nadie, lo hago por amor a los animales y prefiero poner a la gente en contacto con la veterinaria antes de que me den plata, mejor que me den el alimento directamente. Siempre ando medicamentos, pastillas para el dolor y cosas para sanarles las heridas”, dijo don José.

Uno de esos que le echa la mano es el doctor Oreamuno, en Pozos de Santa Ana.

Karen Fernández

Periodista con una licenciatura en Producción de Medios. Forma parte del equipo de Nuestro Tema y tengo experiencia en la cobertura de noticias de espectáculos, religiosos, salud, deportes y nacionales. Trabajo en Grupo Nacion desde el 2011.