El 19 de marzo de 2020, cuando Costa Rica comenzaba a encerrarse por la pandemia, Laura Barrantes Vargas y su mamá, Teresita Barrantes Vargas, hicieron exactamente lo contrario: dejaron San José para comenzar una nueva vida en las montañas de Cartago, en San Isidro, El Guarco.
Habían vendido su casa en Desamparados y comprado un terreno. La decisión ya estaba tomada, pero un día antes del traslado Laura se quedó sin trabajo. Lejos de detenerlas, aquella incertidumbre terminó impulsando el cambio.
Seis años después, ambas disfrutan de una vida rodeada de árboles frutales, hierbas y más de 150 orquídeas que Teresita cuida con especial cariño.
Una oportunidad que nunca imaginaron
En el terreno había una casa tradicional de montaña que decidieron conservar. Tiempo después surgió la posibilidad de convertirla en un alojamiento para los caminantes de El Camino de Costa Rica, una ruta que pasa justo frente a su propiedad.
“¿Qué íbamos a hacer quedándonos en San José, en el barrio? Mejor nos veníamos para acá”, recordó.
Así nació una nueva oportunidad de trabajo. Madre e hija comenzaron a recibir a viajeros y luego desarrollaron productos artesanales, entre ellos infusiones, jabones, compresas térmicas y licor de limón.
El proyecto también les permitió trabajar juntas de otra manera: Teresita se encarga de las costuras y Laura participa en la elaboración, presentación y comercialización de los productos.
No todo ha sido sencillo. Han enfrentado dificultades con los permisos y temporadas de poco turismo, pero aseguran que el cambio les ha permitido mejorar su calidad de vida y conocer personas de distintas culturas.
“Ha sido un trabajo fuerte, no ha sido fácil y a veces hay agarrones de mechas también, pero ahí vamos saliendo”, reconoció Laura entre risas.
El mensaje de dos mujeres que se atrevieron
Para Teresita, la experiencia demuestra que ninguna mujer debe permitir que el miedo decida por ella.
“Siempre nos han dicho que no podemos, que no somos capaces. Eso no es cierto. Si somos capaces de dar vida, de mantener una familia, somos capaces de cualquier cosa”, expresó.
Su consejo es sencillo: “Lo que tenemos que hacer es que quitarnos el miedo y lanzarnos”.
Laura comparte esa filosofía y recuerda una enseñanza de su abuela: “Las oportunidades las pintan calvas”.
“Si usted tiene una idea, lo mejor es sacarla, hacerla, porque si no se va a quedar siempre con el ‘¿qué hubiera pasado si lo hubiera intentado?’”, reflexionó.
Hoy, entre montañas y proyectos compartidos, Laura y Teresita saben que su mayor ganancia no fue solamente encontrar una forma de emprender, sino descubrir que podían construir juntas la vida que deseaban.
Su historia demuestra que a veces, el premio más grande llega cuando alguien se atreve a cambiar de camino.






