Han pasado cuatro décadas desde la masacre ocurrida el 6 de abril de 1986 en el cerro San Miguel, en La Cruz de Alajuelita. Sin embargo, para doña Rosario Zamora, el tiempo no ha logrado cerrar la herida que dejó aquel día en el que perdió a sus tres hijas, a su hermana y a sus tres sobrinas.
Hoy, ya pensionada, asegura que la ausencia de sus pequeñas se siente como si hubiera ocurrido ayer. La vida siguió avanzando, pero el dolor de aquella tragedia se quedó con ella y en cada segundo de su vida.
Las víctimas fueron su hermana, Marta Eugenia Zamora Martínez, de 41 años, y las hijas de ella: María Gabriela, de 16 años; María Auxiliadora, de 11; y Carla Virginia, de 9. También fueron asesinadas las hijas de doña Rosario: Alejandra, de 13 años; Carla María, de 11; y María Eugenia, de apenas 4 años.
Ellas murieron de múltiples balazos. Todas participaban en una peregrinación religiosa cuando ocurrió la tragedia.
Doña Rosario aasegura que el tiempo se le ha hecho eterno desde entonces. La falta de respuestas y de justicia ha sido una carga difícil de llevar.
“Se me ha hecho una eternidad. Han pasado muchos años y uno sigue esperando justicia. Han sido muchas cosas que como madre, hermana y tía he tenido que soportar y que sigo soportando”, contó.
Seguir adelante no ha sido sencillo. Sin embargo, asegura que sus otros dos hijos y sus sobrinas le han dado fuerzas para continuar.
“Siento que yo, de verdad, soy o he sido muy fuerte”, expresó.
Cada aniversario revive el dolor. Desde hace 40 años, doña Rosario mantiene una promesa que nunca ha dejado de cumplir: visitar a sus hijas en el cementerio Metropolitano de Pavas.
Cada 6 de abril llega hasta la tumba, hace una oración, permanece unos minutos en silencio y luego regresa a su casa con el corazón lleno de tristeza.
“Yo voy, les hago una oración, me quedo un ratito y luego me voy para la casa. Al principio muchas veces iba solita, pero ahora siempre alguien me acompaña para darme apoyo”, contó.
Hace unos ocho años, otro momento doloroso la hizo llorar, ya que cuando murió su hermano la familia tuvo que mover los restos de las niñas.
Ese instante lo recuerda como si fuera el verdadero entierro de sus hijas.
Confiesa que cuando ocurrió la tragedia, hace 40 años, recibió tantas medicinas para que estuviera tranquila que terminó bloqueando muchos recuerdos de aquel momento de despedida. Ella recuerda que asistió, pero nada de lo que ocurrió durante esa despedida. Era una madre en shock.
Pero cuando abrieron el nicho, el dolor regresó con toda su fuerza.
“Ese momento fue para mí el entierro de mis hijas. Lo sentí tanto, me puse tan mal… Los panteoneros comentaban que cuando abrieron y sacaron los restos uno de ellos olía a rosas y dijo con mucho sentimiento: ‘Son las niñas de La Cruz’”, recordó.
El caso de la masacre de Alajuelita sigue siendo una herida abierta también en el ámbito judicial.
En el 2021, la familia llevó el caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, con el objetivo de determinar si el Estado costarricense violó derechos humanos al permitir que el crimen quedara impune.
El recurso fue admitido y el Estado respondió que no logró materializar una condena contra los responsables, porque dos de los sospechosos fallecieron durante la etapa inicial de investigación, un tercero fue asesinado mientras se realizaba el segundo juicio y el cuarto fue absuelto al aplicarse la duda razonable, además de que al momento de los hechos era menor de edad.
Según el Estado, la Fiscalía logró esclarecer los hechos, pero las condenas no se concretaron por razones ajenas a su actuación.
Aun así, para las familias de las víctimas, la sensación de impunidad permanece.
Doña Rosario asegura que el proceso internacional podría tardar años, pero mantiene la esperanza de conocer la decisión final.
“Nos dijeron que podía durar hasta cinco años. Todo ya se admitió y ahora solo falta que decidan si condenan o no al Estado. Es un caso muy complejo”, explicó.
A sus años, su mayor deseo es que la vida le permita conocer ese fallo.
“Ya yo estoy mayor y quiero saber qué va a pasar. Quiero conocer ese fallo”, dijo con serenidad.
A pesar del dolor que ha marcado su vida, asegura que la fe le da consuelo.
“Yo sé que cuando muera me voy a reencontrar con mis hijas, con mi hermana y con mis sobrinas”, afirmó.
Razón incomprensible
Aquella tarde de abril de 1986, doña Rosario sobrevivió por una razón que aún le cuesta comprender. Ella no subió con el resto de la familia.
Se quedó al pie del cerro San Miguel junto con su sobrina Cristina, quien en ese entonces tenía 18 años.
“Todo está en mi mente como si fuera ayer. Yo no pude subir porque me chimaban los zapatos. Me quedé abajo con mi sobrina, y entre mis manos lo único que me quedaba de mis hijas era la suetita de la más pequeña”, recordó.
Durante mucho tiempo creyó que los hombres conocidos con los alias de Viruta, Galleta, Tres Pelos y Arnoldillo eran los responsables, pues asegura que los vio en el sitio aquel día.
Sin embargo, la justicia determinó que no había pruebas suficientes contra ellos.
“La justicia no resolvió el caso y dijo que ellos no fueron. De uno de ellos sufrí muchas humillaciones cada vez que me lo topaba”, recordó.
Doña Rosario trabajó como policía y asegura que muchas veces fue humillada por sus superiores, ella trató de investigar por años lo que ocurrió con sus hijas, hermana y sobrinitas.
Durante muchos años la gente la reconocía por su gran tragedia, a la fecha eso aún ocurre, una vez siendo policía un joven la encañonó con un arma, la madre de este tipo salió y le gritó a su hijo ‘quítele esa arma a doña Rosario’.
Ella asegura que ha vivido muchas luchas pero la más dolorosa es la ausencia de las mujeres que tanto amaba.
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Hoy, 40 años después, la historia sigue viva en la memoria de esta madre.
El crimen sí se resolvió
El abogado y escritor Rogelio Ramírez asegura en su libro, La voz de los muertos, que el sospechoso del asesinato de una mujer y seis menores en La Cruz de Alajuelita, y las demás muertes ligadas al sicópata, sí se resolvieron.
El temible asesino era un nicaragüense que murió acribillado y cuyos restos aparecieron el 19 de junio de 1998.
La voz de los muertos habla de varios casos que Ramírez investigó cuando trabajaba como agente del OIJ y otros que ha llevado como abogado.
El escritor recuerda que a inicios de 1998 le tocó responder, como investigador judicial, una alerta por la aparición de varios huesos en el Zurquí (carretera San José-Limón).
En esa labor recuperaron osamentas de varias personas. Una de esas de un nicaragüense de apellido Urbina.
Urbina trabajó en las filas del Frente Democrático Nicaragüense; eso le permitió a Ramírez establecer que el pinolero vino al país en 1979 y, apenas llegando, se casó con una tica y se fueron a vivir a Río Azul, en Desamparados.
Ese año en Nicaragua los sandinistas sacaron del poder a Anastasio Somoza, pero el conflicto armado iba a recrudecer y se iba a alargar una década al dividirse las agrupaciones armadas y políticas, unas apoyadas por Estados Unidos y otras por la desaparecida Unión Soviética (Rusia).
“Él (Urbina) regresó a Nicaragua y, al volver a Costa Rica, estuvo trabajando como pistero. En 1983 ingresó a la Policía Metropolitana y, por su experiencia, entró como elemento de seguridad para el presidente Luis Alberto Monge (gobernó 1982-1986)”, comentó Ramírez.
Según algunos investigadores, Urbina se enroló en la guerrilla y en octubre de 1985 entró con tres guerrilleros más, ellos hacían visitas de ayuda humanitaria a los campamentos de ARDE ubicados en las montañas de Alajuelita, precisamente en abril de 1986.
Después de la masacre en Alajuelita el grupo se desintegró a los dos meses.
Urbina luego fue policía en Tres Ríos en la zona denominada como el Triángulo de la muerte le dieron un arma M3 misma utilizada por el psicópata, arma que reportó desaparecida antes de dejar ese cuerpo policial.
Edén Pastora, el famoso comandante cero le dijo a Ramírez que en 1985 esas personas eran del Frente Democrático Nicaragüense y fueron infiltrados en su grupo guerrillero para poder entrar a Costa Rica e integrarse en la montaña de Alajuelita.
“Pastora asegura que ese grupo vino a Costa Rica con la misión de ejecutar un ataque, para afectar la ayuda humanitaria que Costa Rica le daba a ARDE (Alianza Revolucionaria Democrática), el golpe tenía que ser importante para generar resultado (causar efecto entre los ticos), y así fue, después de la masacre ARDE desapareció”, había señalado Ramírez cuandos sacó su libro.
La esposa de Urbina confesó a un periodista que ella sabía que él estaba ligado a esos homicidios. A los investigadores solo les dijo que él salía constantemente de cacería.
Urbina desapareció en marzo de 1997 y el último crimen del sicópata fue en octubre de 1996. Por el asesinato de Urbina fue sentenciado un hombre de apellido Madrigal, que tenía una fijación con los nicaragüenses, los buscaba, contactaba, los llevaba al Zurquí, los despojaba de sus pertenencias y los asesinaba.
En esa labor recuperaron osamentas de varias personas. Una de esas de un nicaragüense de apellido Urbina.





