La última noche en vida de Edwin Arturo González González transcurrió como tantas otras. Después de una semana de trabajo, llegó el momento que más esperaba: compartir con sus tres hijos.
Como era costumbre, recogió al menor de ellos y lo llevó hasta la casa donde estaban sus otros dos hijos. Al día siguiente ya tenía todo planeado.
Muy temprano pasaría por ellos para llevarlos a entrenar fútbol, una rutina que nunca dejaba de cumplir porque, para él, ser papá significaba estar presente en cada etapa de la vida de sus hijos.
Nadie imaginó que ese abrazo, esas conversaciones y esos planes del viernes 13 de mayo de 2016 serían los últimos. Se convirtió en la última vez que sus hijos lo vieron con vida.
Edwin desapareció sin dejar rastro y comenzó una angustiosa búsqueda que terminó convirtiéndose en una de las peores pesadillas para toda una familia.
Diez años después de aquella tragedia, en la casa de Edwin el tiempo parece haberse detenido. Su nombre sigue apareciendo en las conversaciones familiares, sus enseñanzas permanecen vivas y sus hijos continúan honrando el legado del hombre que nunca les falló.
Así lo recuerda Kembly Mora, madre de sus dos hijos mayores, quien en conversación con La Teja recordó los últimos recuerdos en vida de Edwin.
“Llegó el fin de semana; como era su costumbre para ver a sus hijos. Él era un papá presente. El hijo menor de él, que no es hijo mío, lo llegó a dejar a la casa porque al día siguiente a los tres los iba a llevar a entrenar fútbol. Edwin siempre fue una persona sumamente responsable con sus hijos”, recordó.
Un padre que siempre iba un paso adelante
Edwin era ingeniero en Informática, vivió en Pueblo Nuevo de Limón, aunque por razones laborales residía en Tibás, San José.
El próximo 31 de julio habría cumplido 54 años y, de fijo, estaría disfrutando del futuro que construyen sus hijos, pues quería formar parte de cada momento importante de ellos.
“Fue un buen compañero, buen padre y no era un padre de esos que solamente daban dinero, sino que era un padre presente. Les inculcaba valores, tanto morales como espirituales”, recordó Kembly.
Su amor por ellos llegaba incluso más allá del presente, siempre pensaba en el futuro.
Tanto así que había tomado decisiones para que, si algún día él llegaba a faltar, sus hijos no quedaran desprotegidos.
Había dejado sus bienes a nombre de ellos, procurando que nunca les faltara nada.
Esa previsión terminaría convirtiéndose en un acto de amor que sus hijos valorarían mucho antes de lo que cualquiera hubiera deseado.
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Cuando comenzó la preocupación
El sábado 14 de mayo todo cambió, los muchachos esperaban a su papá para ir a entrenar fútbol, pero Edwin, quien siempre llegaba a tiempo, nunca apareció.
“Al día siguiente no llegaba. Los chicos lo llamaban y no contestaba, situación que era inusual porque él nunca apagaba el teléfono y siempre le contestaba tanto a sus hijos como a mí”, recordó Kembly.
La familia publicó fotografías de Edwin en redes sociales, pidieron ayuda a amigos y conocidos, presentaron la denuncia por desaparición ante el OIJ y recorrieron diferentes lugares con la esperanza de encontrar alguna pista.
La noticia que nadie quería recibir
La esperanza terminó tres días después.
Un capataz que realizaba un recorrido de rutina por una finca ganadera en Rudín de Guácimo observó un extraño bulto a un lado de una calle de lastre.
Eran aproximadamente las diez de la mañana, al acercarse descubrió una escena escalofriante.
El cuerpo de un hombre estaba envuelto en sábanas, amarrado con cinta adhesiva y con una bolsa plástica cubriéndole la cabeza.
Kembly llegó hasta el sitio del hallazgo acompañada por un sobrino de Edwin. En sus manos llevaba una fotografía del tatuaje de una brújula que él se había realizado pocas semanas antes.
Ese detalle fue suficiente para confirmar lo que durante tres días la familia había intentado evitar.
“Era el único tatuaje que tenía. Él no era de tatuajes. Se lo había hecho porque como 20 años atrás había tenido un accidente automovilístico que le dejó una cicatriz en el hombro y quiso cubrirla”, recordó.
Los tres hijos de Edwin apenas tenían 13, 12 y 8 años cuando tuvieron que enfrentar la pérdida del hombre que había sido su ejemplo y su principal guía.
Un niño de Limón que nunca olvidó sus raíces
Edwin era el menor de sus hermanos e hijo de una madre soltera.
Creció en Pueblo Nuevo de Limón, una comunidad donde desde pequeño aprendió que el esfuerzo era el único camino para salir adelante.
Era de esos estudiantes que ocupaban los primeros lugares de la clase, obtuvo una beca para estudiar en el Tecnológico de Costa Rica, donde se graduó como ingeniero en Informática.
Consiguió un buen empleo, logró estabilidad económica y pudo ofrecerles un mejor futuro a sus hijos. Él nunca permitió que el éxito lo alejara de la comunidad donde creció.
“Él siempre llegaba a su pueblo, a su barrio y todo el mundo lo recibía. No lo veían como el ingeniero, sino como Edwin, el que iba a jugar bola todos los domingos, el que le encantaba bailar y tenía una risa escandalosa que irradiaba alegría”, recordó Kembly.
Era servicial, conversador y siempre estaba dispuesto a tender una mano.
Precisamente, esa confianza en las personas es algo que, con el paso de los años, su familia considera que pudo haber sido aprovechada por quienes terminaron quitándole la vida.
Una comunidad que nunca lo olvidó
El cariño que Edwin sembró durante toda su vida quedó demostrado el día de su vela.
En un recorrido de aproximadamente dos kilómetros colocaron velas, justo por los lugares que él más frecuentaba.
Las investigaciones permitieron establecer que antes de desaparecer Edwin había salido con una joven que había conocido pocos días antes.
Según la investigación judicial, la muchacha habría servido como anzuelo para convencerlo de asistir a una supuesta fiesta.
Las cámaras de seguridad de un supermercado y de un restaurante en Guápiles captaron a Edwin acompañado por esa mujer, otra joven y un hombre de apellido Torres.
Esas imágenes fueron las últimas en las que apareció con vida.
La hipótesis de las autoridades señalaba que posteriormente fue llevado hasta una vivienda en barrio La Emilia de Guápiles, donde habría sido asesinado.
Después, los responsables trasladaron su cuerpo donde finalmente fue encontrado.
Además, su vehículo, un Suzuki Swift modelo 2012, apareció completamente quemado entre las líneas del tren en Pavas, San José.
Los investigadores determinaron que los sospechosos pretendían apoderarse de un lote de computadoras propiedad de Edwin y vender también el automóvil.
Sin embargo, la amplia difusión que tuvo el carro tras la desaparición hizo imposible concretar la venta, por lo que decidieron incendiarlo para eliminar evidencias.
En julio de 2017 se inició el juicio por el crimen en los Tribunales de Pococí.
Un hombre de apellido Torres enfrentó el proceso como adulto, lo sentenciaron a 30 años en la cárcel.
Los demás involucrados eran menores de edad cuando ocurrieron los hechos, por lo que sus causas fueron conocidas por el Tribunal Penal Juvenil.
Diez años después, sus hijos ya son adultos, estudian Ingeniería en Informática, la profesión que él tanto amó y que le permitió construir el futuro que siempre soñó para ellos.
“Hasta el último día de su vida estuvo con sus hijos. Siempre les enseñó valores tanto morales como espirituales, buscando brindarles el mejor futuro. De hecho, los dos mayores están estudiando la misma carrera que él estudió, en honor a él”, contó Kembly.
La familia reconoce que salir adelante no fue sencillo.
“Nosotros somos muy creyentes y creemos que con la ayuda de Dios todo siempre es posible. Tenemos una familia muy unida. Esa fortaleza que recibí por parte de mi familia, de la familia de él, de mis hermanas, de mis padres y de los amigos de Edwin nos ayudó muchísimo”, expresó.
Aunque han pasado diez años, en la familia González Mora el tiempo no ha borrado los recuerdos, sobre todo porque fue un padre que pensó primero en sus hijos hasta el último día de su vida.






