Juana Sánchez Paiz, de 73 años, y su hijo Sonny Andrés Sánchez Paiz, de 48 años, tenían un plan sencillo: viajar desde Río Claro hasta La Palma de Puerto Jiménez para reunirse con su familia y celebrar por adelantado el Día de la Madre.
Varios familiares habían viajado de sorpresa y los esperaban con ilusión para compartir. Pero Juana y Sonny nunca llegaron.
Ericka Corrales, hermana de Juana, recordó que durante varios minutos la familia esperó hasta que se enteró de la tragedia.
“El sábado 8 de agosto íbamos a celebrar el Día de la Madre por adelantado, ellos se dirigían para mi casa en La Palma de Puerto Jiménez, ese día habían viajado varios familiares de sorpresa hasta la casa, los estábamos esperando”, contó.
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La preocupación comenzó cuando dejaron de contestar las llamadas.
“Teníamos 45 minutos de estar llamándolos y nada que contestaban, fue muy desesperante”, recordó Ericka.
Después supieron que había ocurrido un accidente y reconocieron el color del vehículo, aunque todavía no tenían certeza de que se tratara de sus familiares. Se trasladaron hasta el lugar, pero inicialmente no les permitieron acercarse.
La celebración familiar que habían preparado terminó convirtiéndose en un momento de profundo dolor.
“Era él para ella y ella para él”
Además de ser la mayor de ocho hermanos, Juana era una mujer muy querida en su comunidad.
Ericka la describió como una persona alegre, dulce y muy conversadora.
“Mi hermana era una persona demasiado alegre, una persona que saludaba a todos, en el pueblo todos la conocían y hasta los que no conocía ella le entablaba una conversación”, contó.
Juana se dedicaba a hacer costuras y era buscada por muchas personas que conocían su trabajo.
Sonny era descrito por la familia como un hombre muy trabajador y, sobre todo, alguien que vivía pendiente de su mamá. Él era su único hijo.
“Era él para ella y ella para él,” resumió Ericka al hablar de la relación que tenían.
Aunque Juana tenía 73 años, se mantenía activa y era muy independiente: barría, cocinaba, limpiaba y asistía a misa.
Sus familiares incluso le preguntaban a Sonny qué haría el día que su mamá ya no estuviera.
La respuesta que daba quedó grabada para siempre en la memoria de la familia.
“Me muero, Dios me va a tener que llevar, me tiene que llevar detrás de ella”, decía Sonny, según recordó su tía.
Esas palabras terminarían teniendo un significado muy doloroso para la familia.
Una celebración que nunca ocurrió
Los familiares de Juana y Sonny acostumbraban reunirse con frecuencia. La última vez que compartieron fue el 25 de julio, cuando aprovecharon el feriado para estar juntos.
El siguiente encuentro estaba previsto para el 8 de agosto.
Habían preparado una celebración adelantada por el Día de la Madre y esperaban con ilusión la llegada de Juana y Sonny.
En lugar de la reunión familiar, tuvieron que despedirlos.
El martes 11 de agosto por la mañana, madre e hijo fueron sepultados en el cementerio de Guaycará.
La familia no pudo celebrar el Día de la Madre como lo había planeado. La fecha quedó marcada por la ausencia de una mujer que, según sus seres queridos, era conocida por su alegría y por conversar con todo aquel que se cruzara en su camino.
Y también por la ausencia de Sonny, aquel hijo que decía que no podría vivir sin su mamá.
La celebración que los esperaba en La Palma nunca ocurrió. Pero para la familia, aquel último viaje de Juana y Sonny quedó unido para siempre al recuerdo de cuánto se querían.


