Yenci Gamboa Garro siente que volvió a nacer. Después de sobrevivir al brutal ataque de un perro pitbull que la dejó en coma durante aproximadamente cinco días y le destruyó el 80% de la tráquea, esta mamá asegura que aprendió a vivir de una manera diferente, a tenerse paciencia y, sobre todo, a valorar cada día como una segunda oportunidad de vida.
El perro la atacó y la mordió en el cuello y en la pierna izquierda. Las heridas fueron tan graves que tuvo que ser trasladada al Hospital Calderón Guardia, donde permaneció aproximadamente cinco días en coma.
Los médicos tuvieron que reconstruirle la tráquea, que había quedado destruida en un 80%.
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Además, fue sometida a dos operaciones para reconstruirle la pierna y, hace unos dos meses, tuvo otra cirugía en el interior de la nariz, luego de que una gripe provocara una nueva emergencia al dificultarle la respiración.
“Los doctores creían que yo no iba a hablar y por eso yo creo en el poder de la oración”, expresó la sobreviviente.
El ataque ocurrió la mañana del domingo 16 de febrero de 2025 en el barrio Las 85, en Purral de Goicoechea.
Yenci todavía enfrenta las consecuencias de aquellas heridas. Hay días en los que no le sale la voz y, cuando consigue hablar, debe hacerlo despacio porque se agita al respirar.
También tuvo que cambiar por completo su manera de alimentarse. Debido a la reconstrucción de la tráquea, debe evitar comidas secas y frutas con semillas duras, pues existe el riesgo de que algún alimento se quede atrapado y pueda provocarle una emergencia.
“Por más que quiera no puedo, yo era feliz comiendo semillas, pero ahora, estas por lo duras se pueden pegar en mi tráquea y ahogarme. La comida siempre tiene que ser húmeda, debo comer despacio”, explicó.
Yenci recuerda que su recuperación no solamente ha sido física. También ha tenido que enfrentar el miedo que le quedó después del ataque.
“El primer año no pude salir de mi casa, tenía que pedir un carro a la puerta de la casa, porque caminar y que un perro me ladrara yo sentía el perro encima”, recordó.
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Con el paso del tiempo ha comenzado a enfrentar ese temor con ayuda de psicólogos. Incluso recuerda un momento, poco después de salir del hospital, que le hizo comprender lo difícil que podía ser para ella comunicarse.
Estaba en un centro comercial de Guadalupe junto con su esposo y entró sola al baño. Una muchacha comenzó a tocar la puerta, pero Yenci no podía responderle que estaba ocupada porque no le salía la voz.
“Una muchacha tocaba y tocaba la puerta en donde yo estaba y yo no podía decirle que estaba ocupado, no me salía la voz. Fue tanto que salí llorando porque me sentía frustrada, porque quería y no podía”, contó.
La sobreviviente tiene una meta por la que se esfuerza
Aquella experiencia también la impulsó a continuar con algo que había comenzado antes del ataque: estudiar LESCO.
Actualmente, lleva un curso en la Municipalidad de Goicoechea y quisiera continuar especializándose, aunque reconoce que los cursos son costosos y que pudo comenzar gracias a una beca.
Otra de las pruebas que ha tenido que superar ha sido encontrarse nuevamente con perros. En una ocasión se topó con dos que le ladraron y el miedo regresó de inmediato.
Sin embargo, Yenci insiste en que no culpa a los animales por lo ocurrido. Para ella, la responsabilidad está en las personas que deben hacerse cargo de ellos.
De hecho, tiene dos perros en su casa y asegura que siente que ellos entienden parte de lo que ha vivido, pues no ladran para no asustarla.
A pesar de todo el dolor, las cirugías y las secuelas, Yenci decidió perdonar de corazón. También señaló que no presentó cargos penales contra las personas dueñas del perro que la atacó.
“No me puedo estancar por algo que me pasó, porque la vida sigue y los perros no se van a acabar, debo seguir adelante,” afirmó.
Ella no olvida los momentos más difíciles de aquel domingo. Mientras el perro la atacaba, asegura que lo único que podía hacer era pedirle a Dios que decidiera sobre su vida.
“En el momento que el perro atacaba, yo suplicaba a Dios por mi vida y le decía que se hiciera su voluntad; si iba a vivir, que viviera para Él y hasta la fecha sigo comprometiéndome y sirviéndole a Él en la iglesia”, relató.
Las marcas que quedaron en su rostro y en su cuello son un recuerdo permanente de aquel día, pero Yenci decidió verlas de otra manera.
“El que yo esté viva y cuente la historia es solo porque Dios es misericordioso. Las marcas de mi cara y de mi cuello son mis marcas de guerra”, señaló.



