La presentadora Jill Paer quiso darle un giro a su imagen y terminó viviendo una experiencia que hoy cuenta entre carcajadas, pero que en su momento fue un verdadero dolor de cabeza.
LEA MÁS: Jill Paer encontró algo espeluznante en su casa mientras revisaba unas goteras: vea fotos
Todo arrancó cuando abrió una gaveta y se topó con una bolsa llena de rulos que llevaba años guardada. Sin pensarlo mucho, decidió que era el momento de estrenarlos. Tenía un almuerzo familiar y le pareció la excusa perfecta para ver cómo se le verían los colochos, algo totalmente nuevo para ella, ya que siempre ha tenido el cabello lacio.
LEA MÁS: Jill Paer se fue a vender la chatarra que había en su casa y no va a creer cuánto le pagaron
Con el pelo húmedo, un poco de laca y mucha valentía, se colocó rulos de esponja y otros de plástico. El plan era simple: dormir con ellos y quitárselos antes de salir. Pero la noche se le hizo eterna.
Intentó acomodarse boca arriba, de lado y hasta boca abajo, pero nada funcionó. Los rulos no la dejaban pegar el ojo. Aun así, se mantuvo firme porque había tardado bastante poniéndoselos y no quería rendirse tan fácil.
A la mañana siguiente bajó a desayunar con su papá, todavía “armada” con los rulos y le advirtió que probablemente no la reconocería con el nuevo look. Él, entre risas, le dijo que admiraba su entusiasmo, aunque esperaba que no tuviera que cortarse el cabello para quitarse los enredos.
Ella confesó que los rulos de esponja salieron sin problema, pero los de plástico se quedaron pegados como si tuvieran vida propia. Algunos no querían soltarse y tuvo que desenredarlos con paciencia, incluso aprovechando cada alto en el camino hacia el restaurante.
Al final logró liberarlos todos y el resultado la sorprendió: los colochos le quedaron mejor de lo que imaginaba. Su hermano fue el primero en notarlo y no dudó en decírselo apenas la vio.
Aunque disfrutó lucir el look por un día y hasta movía la cabeza para que se notaran los rizos, la conclusión fue clara.
“Cuando llegamos a la casa caí como una piedra. ¡Nunca más duermo con rulos!”, confesó.



