En medio del ajetreo diario del Mercado Central de San José, existe un rincón donde pareciera que el tiempo se hubiese detenido.
Ahí trabaja don Pablo López Corrales, uno de los encargados de mantener vivo el tramo Magallanes, un negocio familiar que ha formado parte de la historia del mercado durante cerca de 80 años.
Lo que comenzó hace varias décadas como un emprendimiento familiar ha logrado sobrevivir al paso del tiempo gracias al esfuerzo de varias generaciones que se han negado a dejar morir una tradición.
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“Ha venido siendo de herencia, de dueño a dueño. Siempre hay un vínculo familiar entre todos”, contó don Pablo.
Actualmente, el tramo suma entre tres y cuatro generaciones de historia y continúa siendo atendido principalmente por miembros de la misma familia.
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Entrar al Tramo Magallanes es como hacer un pequeño viaje al pasado. En sus estantes todavía se encuentran productos que acompañaron a los abuelos, padres y ahora hijos de muchos costarricenses.
Entre ellos destacan las tradicionales estopas, los “coquitos” para lijar pisos, tapas de dulce, hierbas, productos a granel y utensilios que con el paso de los años se han vuelto cada vez más difíciles de encontrar.
“Los productos la gente los busca como una tradición de Costa Rica y este tramo es uno que las mantiene para que no se pierdan”, explicó.
La historia no solo está en lo que venden
Dentro del local aún se conserva una antigua máquina calculadora que sigue funcionando después de décadas de servicio y un teléfono de línea que pareciera resistirse a los cambios tecnológicos.
“Todavía esa máquina se usa, todavía sirve. La máquina también forma parte de la tradición”, relató con orgullo.
Cada mañana, don Pablo y su familia llegan temprano para abrir el negocio, acomodar la mercadería y recibir a clientes que no solo buscan comprar algo, sino también reencontrarse con recuerdos de otra época.
Mientras muchos comercios han cambiado para adaptarse a los nuevos tiempos, el Tramo Magallanes continúa apostando por conservar aquello que forma parte de la identidad de los costarricenses.
Y es precisamente ahí donde radica el valor de personas como don Pablo: en entender que algunas tradiciones merecen seguir vivas.
Porque más allá de vender productos, él y su familia se han convertido en guardianes de pequeños pedacitos de historia que siguen encontrando un hogar entre los pasillos del Mercado Central.
