Si usted cree que ya ha trabajado bastante en la vida, espere a conocer a doña Flor Gamboa. A sus 71 años sigue firme, atendiendo su negocio (Soda la Conquista) como lo ha hecho por más de seis décadas.
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Esta vecina de Paraíso de Cartago lleva más de 60 años metida en el negocio familiar y, aunque ya podría quedarse tranquila, simplemente no quiere.
Empezó cuando apenas tenía ocho años, de la mano de su papá, y desde entonces no ha soltado el ritmo. Hoy tiene 71 años, cuatro negocios (que ahora están en manos de sus hijos) y una rutina que muchos no aguantarían.
Aunque ya no madruga como antes, se levanta todos los días, hace sus cosas en la casa y luego llega a su puesto en Mercado Central de San José para asegurarse de que todo marche bien.
“Ya no trabajo tanto como antes, pero sigo viniendo porque me gusta y me encanta interactuar con la gente”, cuenta.
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Y es que para ella, el negocio no es solo vender. Es también conectar. “Aunque no me compren, con solo que pasen y me saluden, eso vale mucho para mí”, dice con una sonrisa que refleja años de experiencia.
La tradición no se quedó solo en ella. Sus hijos siguieron el camino y hasta uno de sus nietos, que está en la universidad, ya se arrima a ayudar cuando puede. Es un legado que se mantiene vivo con trabajo y ejemplo.
En su negocio hay de todo, pero si algo la gente busca es la famosa olla de carne, uno de los platillos más pedidos y que ya es parte de la identidad del lugar.
Detrás de todo eso hay disciplina. Doña Flor habla de jornadas largas, de ordenar, revisar mercadería y dejar todo listo para el día siguiente.
“Es doble jornada, en la casa y aquí, pero le doy gracias a Dios porque me da energía para todo”, asegura.
Y si algo la llena de orgullo es su mente. Dice que, a pesar de la edad, tiene una memoria que ya quisieran muchos jóvenes.
“A veces les digo a los muchachos que me recuerden algo y al final a ellos se les olvida y a mí no”, cuenta entre risas.
En el negocio también ha construido algo más que ventas: un equipo. Más de 20 personas trabajan ahí y ella se encarga de que el ambiente sea sano.
“Aquí tratamos de que haya compañerismo, sin pleitos, porque eso no trae nada bueno”, afirma.
Su fe también es clave. “Aquí el que manda es Dios, yo solo soy un instrumento”, dice convencida.
Además de empresaria, es mamá de tres profesionales (un veterinario, un médico y otro hijo que trabaja con ella) y abuela de cuatro nietos, a quienes les deja claro cuál es el camino. “Les hablo mucho de la honradez, de la humildad… uno siendo humilde gana demasiado”, asegura.
Doña Flor no habla de éxito en números, sino en valores. Y aunque el tiempo ha pasado, hay algo que no cambia: su amor por el trabajo.
Porque para ella, parar no es opción… cuando se hace lo que se ama.
