Buddy tenía apenas un mes y medio cuando llegó a la familia de Francini Moya Herrera, en Paraíso de Cartago.
La intención era que el pequeño perrito de raza pug fuera un regalo para Isabella, la hija de Francini, pero ocho meses y medio después quedó claro que habría otros planes.
“Lo compramos para ella (que vendría siendo la mamá humana), era un regalo, pero al final el perro se quedó conmigo como si fuera mi hijo. Como mi hija va a la escuelita, él pasa conmigo. Entonces se fue quedando conmigo y ahora no se me despega”, cuenta la abuelita humana.
La conexión entre ambos fue casi inmediata. Francini fue quien salió a buscarlo y desde aquel momento Buddy comenzó a seguirla por toda la casa.
“Yo creo que fue amor a primera vista. Como yo lo fui a traer, ese perro no se me separa. Si yo estoy lavando, él está ahí; si estoy cocinando, también. Él es el ayudante”, dice entre risas.
Y no exagera. Buddy parece sentirse responsable de acompañar a su abuela humana en cada tarea doméstica. “De hecho, aquí estaba sentado a la par mía donde estoy lavando. Yo hago mis cosas y él está aquí conmigo. Es demasiado apegado”, cuenta mientras habla con La Teja.
Como un chiquito
La brumosa dice que Buddy no solamente es cariñoso, sino que también es muy inteligente y tiene una forma muy particular de demostrar cuánto quiere a su familia.
“Estos perros son súper, supercariñosos, amorosos, apegados y muy entendidos. Es como tener un chiquito en la casa porque ellos requieren atención como un niño”, explica.
Esa comparación no la hace a la ligera. Aprendió que los pugs necesitan cuidados especiales, principalmente por los problemas respiratorios y por la facilidad con la que pueden aumentar de peso.
“Son delicados por la naricita de ellos. La respiración hay que cuidársela y también hay que cuidar la alimentación, que no se engorden mucho. Hay que estar pendientes de que no se enfermen y de que no estén bajo ningún peligro”, explica.
Por eso Buddy recibe chineos, cuidados y mucha atención. También le gusta que lo bañen, que lo acaricien y, especialmente, que lo saquen a pasear.
“Le fascina andar en carro. A él le encanta viajar. Cuando salimos, siempre quiere ir con nosotros”, cuenta la vecina de Paraíso.
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Si mamá sale, Buddy espera
La relación es tan cercana que para Francini resulta difícil dejarlo solo. “Cuando tengo que salir a hacer mandados o tengo citas donde del todo no lo puedo llevar, él se queda. Pero si lo dejo, no come, no duerme, nada. Él pasa esperándome parado en la puerta, a ver a qué horas llego”, asegura.
La familia recientemente hizo un paseo a Limón y, por supuesto, Buddy fue incluido en la aventura.
“Fuimos hace como 15 días con mis papás a una casa de un primo. A él le encantó. Se puso a corretear las gallinas, los chanchos y hasta jugó con un chanchito pequeño. Fue feliz”, recuerda Francini.
Buddy le cambió la vida
En la casa también vive otro perro que fue adoptado recientemente. Francini cuenta que los dos se llevan muy bien y pasan buena parte del tiempo jugando.
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Pero Buddy conserva un lugar especial porque fue quien llegó a acompañarla durante muchas horas del día. “Para mí fue increíble. Me cambió la vida totalmente, porque yo paso sola aquí en la casa y mis dos hijos están en la escuela. Entonces él es mi compañía”, confiesa.
Francini reconoce que nunca imaginó que un perro pudiera convertirse en una presencia tan importante para ella. “Yo había tenido perros donde mi mamá, pero así propios, propios, nunca. Y cuando él llegó, fue otra cosa. Ellos son una raza muy amorosa, muy amigable y se ganan el corazón”, dijo.
Ya viene la segunda Navidad
Buddy ya vivió una Navidad con los Moya y ahora se prepara para disfrutar la segunda. El pasado 10 de setiembre cumplió su primer año y, por ser un perro tan chineado, tuvo su celebración especial.
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Además, hay algo que Francini tiene muy claro: Buddy disfruta que le pongan ropa, así que no sería raro verlo estrenando algún traje para las próximas celebraciones.
Lo que sí cambió desde que llegó aquel pequeño pug es la realidad de la casa porque se convirtió en amor y en compañía. “Él se quedó conmigo como si fuera mi hijo”, dijo con mucho amor doña Francini.





