Nacional

Así fue cómo la montaña puso a prueba la fe de los romeros de Guápiles

Sesenta romeros de Guápiles dejaron el asfalto para cruzar montañas, ríos y trillos hacia la basílica de los Ángeles

EscucharEscuchar

Las primeras risas del viaje se escuchan antes de las cuatro de la mañana, cuando los romeros llegan a la estación de Bomberos de Guápiles. Hay abrazos, fotografías, bromas para espantar el sueño, nadie parece preocupado por las dos jornadas que tienen por delante.

Horas antes, en la misa en la iglesia católica de Guápiles, el padre Rogelio Villalobos bendijo a los 60 romeros que emprenderían una de las rutas más exigentes hacia la basílica de la Virgen de los Ángeles.

La mayoría llega a Cartago por carretera, pero ellos decidieron atravesar la montaña. Con el primer rayo de luz, el grupo avanza hasta la entrada del río Elía, allí termina el viaje cómodo. Las mochilas se ajustan, se forma un círculo y una oración de gratitud, fe y esperanza rompe el silencio. Cuando termina el “amén”, nadie vuelve a mirar hacia atrás.

El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña.
Un total de 60 valientes caminaron desde Guápiles hasta la casa de la Negrita. (Yendry Sánchez/Yendry Sánchez)

Carlos Salas, mejor conocido como Caliche, es el romero de 74 años que ha cruzado la montaña 15 veces. Y el de menor edad es Josué Ricardo Castro, de 10 años, quien hizo la caminata por primera vez.

Caliche ha realizar la romeria por la montaña 15 veces.
Caliche ha realizado la romería por la montaña 15 veces. (Yendry Sánchez/Yendry Sánchez)

Los primeros kilómetros parecen una bienvenida amable. Pero el sendero pronto recuerda quién manda: el barro aparece de inmediato, las piedras obligan a medir cada paso y las cuestas exigen mucho más de lo imaginado. El aire se enfría conforme el grupo gana altura y una espesa neblina apenas deja ver unos metros adelante.

Desde lo alto, los congos observan el paso de los romeros como viejos guardianes de la ruta. Nadie habla mucho del paisaje, pero todos levantan la mirada alguna vez, porque hay lugares donde la naturaleza recuerda cuán pequeños somos.

El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña.
Río Elia, el primero de varios ríos que hay que cruzar en el camino. (Yendry Sánchez/Yendry Sánchez)

La primera parada es en el mirador de la catarata La Chindama. Los sándwiches desaparecen en minutos y nunca falta el valiente que cargó un gallo pinto porque, asegura, sin desayuno de verdad no hay romería que aguante. Las risas siguen, ya acompañadas de los primeros gestos de cansancio. Todos saben que lo más difícil no ha llegado.

El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña.
Una experiencia llena de fe. (Yendry Sánchez/Yendry Sánchez)
El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña.
El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña. (Yendry Sánchez/Yendry Sánchez)
El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña.
Las paradas para descansar y comer una merienda no pueden faltar. (Yendry Sánchez/Yendry Sánchez)

Después, la montaña cambia el tono. Las pendientes se vuelven más largas, el barro más profundo. Cada río se convierte en pausa obligatoria: el agua no solo calma la sed, sino que también devuelve el ánimo. Para entonces, el grupo ya no camina unido: la montaña hizo su selección natural. Cada romero avanza con el cuerpo y la fe que lo sostienen.

El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña.
Todo un líder, llamado el escoba, porque se queda de último barriendo y recogiendo a los últimos. (Yendry Sánchez/Yendry Sánchez)

El almuerzo espera en Casa de Latas. Volver a ponerse el bolso cuesta más. Justo después llega el tramo que todos recuerdan con respeto: el Paso de la Yegua, sendero angosto y cubierto de barro donde cada paso exige concentración absoluta. Allí la montaña deja de ser paisaje y se vuelve adversario.

El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña.
El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña. (Yendry Sánchez/Yendry Sánchez)

Viviana Carballo lo descubre en carne propia. Vivió 18 años en Guápiles y este año aceptó el reto de cruzar la montaña por primera vez; con un brillo en los ojos, reconoció que fue la primera mujer en llegar al refugio. Confiesa que el miedo la acompañó desde antes de empezar y que nada la preparó para los cangilones, esas zanjas por donde baja el agua y obligan a subir y bajar sin parar.

Primera mujer en llegar al refugio.
Viviana Carballo hizo esta dura caminata por primera vez. (Yendry S/Yendry Sánchez)
El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña.
Abriendo camino en medio de la montaña (Yendry Sánchez/Yendry Sánchez)

“Lo más cansado son esos cangilones. Ahí fue donde uno sintió de verdad el peso de la montaña”, cuenta.

Mientras unos luchan contra el barro, otros pelean contra el cansancio. Las conversaciones desaparecen, las bromas se apagan. Solo quedan las respiraciones profundas, el golpe de las botas y un corazón que late tan fuerte que parece escucharse en los oídos. La montaña obliga a conversar con uno mismo.

Entonces, cuando el silencio parece instalarse para siempre, alguien lo rompe:

“Llévame con tu espíritu, Señor”, se escucha entre los árboles.

Otro responde: “Que Dios nos tenga en su santa gloria.”

Las carcajadas vuelven por unos segundos. Lo suficiente como para recordar que el cansancio también se combate sonriendo.

Cuando el refugio aparece entre la neblina, el alivio se dibuja en los rostros. El segundo grupo lo forman Erick León, William Vargas, Alejandro Alfaro y Marcela Quirós. No llegan celebrando: llegan buscando dónde sentarse y bañarse. Los cuatro coinciden: lo más difícil fue el Paso de la Yegua. Erick, que ya conocía la ruta, se había estado hidratando con electrolitos desde hacía tres días.

El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña.
Acá los vemos recargando energías. (Yendry Sánchez/Yendry Sánchez)

“Uno tiene que venir preparado porque aquí el cuerpo lo resiente todo”, dice mientras esperan la cena.

Y cuando el cansancio parece ganar la batalla, llega el mejor premio de la jornada: Mari Vargas, Olga Guerrero y doña Marta reciben al grupo con café recién hecho, tortillas calientes y pancito. El vapor de las tazas se mezcla con el frío de la montaña y, por unos minutos, nadie piensa en los kilómetros que faltan.

El barro y la neblina dominan los primeros kilómetros de montaña.
Tortillas, café y aguadulce fue el dulce recibimiento en el albergue. (Yendry Sánchez/Yendry Sánchez)

La noche cae rápido y el sueño vence incluso a quienes juraban tener energía para seguir conversando.

Al amanecer del sábado, la montaña recibe al grupo envuelta en neblina y con un frío que cala hasta los huesos, sobre todo para quienes están acostumbrados al bochorno de Guápiles. Las conversaciones ahora son distintas: nadie habla del camino que viene, sino del que lograron superar. Las caídas graciosas, los resbalones, los arratonamientos: cada historia provoca carcajadas mientras el gallo pinto con huevo es el desayuno de campeones.

Antes de partir, los romeros forman un círculo de nuevo, esta vez con agradecimientos: por las fuerzas, por el camino recorrido, por quienes tendieron una mano cuando el cuerpo no respondía.

Las últimas horas transcurren por carretera. Las piernas pesan, las ampollas reclaman, pero nadie afloja el paso. Entonces ocurre: a lo lejos aparecen las torres de la basílica. Durante unos segundos nadie dice palabra.

El silencio vuelve a hacerse presente, pero esta vez no es el del cansancio: es el de la gratitud. Algunos levantan la mirada, otros juntan las manos. Hay quienes lloran, hay quienes cierran los ojos. Hay promesas cumplidas, hay nuevas peticiones y, sobre todo, corazones agradecidos.

Superada la montaña, el asfalto da cercanía a la basílica.
Superada la montaña, el asfalto da cercanía a la basílica. (Olga Guerrero/Yendry Sánchez)

Después de casi dos días de camino, los romeros entienden que el barro quedó en las botas, las ampollas en los pies y el cansancio en las piernas. Lo que se llevaron es algo imposible de guardar en una mochila.

Porque uno cree que atraviesa la montaña hasta que descubre que fue la montaña la que terminó atravesándolo a uno.

Meta cumplida, al fin en la basílica.
Meta cumplida, al fin en la basílica. Acá Viviana Carballo, Minor Vargas, William Vargas, Alejandro Alfaro y Arnoldo Monge (Olga Guerrero/Yendry Sánchez)

En beneficio de la transparencia y para evitar distorsiones del debate público por medios informáticos o aprovechando el anonimato, la sección de comentarios está reservada para nuestros suscriptores para comentar sobre el contenido de los artículos, no sobre los autores. El nombre completo y número de cédula del suscriptor aparecerá automáticamente con el comentario.