Hubo un momento en que Ana Beatriz León Fallas estuvo a punto de renunciar a su sueño antes de intentarlo.
Pensó que había personas con más experiencia, que otros merecían esa oportunidad y que quizá ella todavía no estaba lista para competir.
Era el mismo miedo que muchas personas sienten cuando la vida les pone un reto enfrente. Sin embargo, recordó todo lo que había aprendido desde niña entre los cafetales de San Marcos de Tarrazú: madrugar, trabajar sin quejarse, tener paciencia y nunca rendirse.
Decidió inscribirse. Días después levantaba el trofeo de la Copa Lelit-Barista en Casa, disputada durante el Festival Viva el Café, realizado el primer fin de semana de julio en la Antigua Aduana y organizada por la Distribuidora Espresso.
“Uno muchas veces se autosabotea. Cree que no es suficiente o que alguien más merece esa oportunidad. Mi esposo me decía: ‘Usted es muy carga, aprenda a confiar en usted’. Hoy entiendo que la confianza no siempre llega antes de empezar; muchas veces nace cuando uno simplemente decide intentarlo”, cuenta con una sonrisa.
Todo comenzó entre cafetales
Mucho antes de aprender sobre café de especialidad o de dominar una máquina, Ana Beatriz ya tenía una relación especial con el grano de oro.
Desde los cinco años acompañaba a sus papás, José Isidro León y Ana Lucía Fallas Prado, a recoger café durante las cosechas. En vacaciones llegaba a recolectar hasta doce cajuelas por día. En aquel entonces pagaban a mil colones la cajuela. Después ayudaba en los microbeneficios contando la producción.
Aquellas jornadas eran largas, pero dejaron recuerdos que todavía la emocionan.
“Comer en el cerco (en el cafetal) era la parte más linda del día. Aunque la comida estuviera fría, sabía deliciosa porque uno estaba con la familia y amigos. Ahí aprendí el valor del trabajo y el esfuerzo”.
Desde niña preparaba café sin probarlo
Hay un detalle que todavía sorprende a quienes conocen su historia. Ana Beatriz aprendió a preparar café mucho antes de aprender a tomarlo.
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“Desde los ocho años mis papás me ponían un banquito para que yo les chorreara el café. Yo sabía cuándo había quedado bueno solo con el aroma, pero empecé a tomar café hasta los 20 años.”
Mientras estudiaba Agroindustria en el CTP José Daniel Flores, en Santa María de Dota, descubrió el mundo del barismo gracias a un curso que llevó junto con Coopedota. Ahí entendió que detrás de una taza existía un universo de procesos, aromas y sabores que iba mucho más allá del cafetal.
Incluso, ganó un concurso colegial preparando un espresso y un capuchino con mermelada de uchuva elaborada por ella misma.
“Ni siquiera tomaba café. Lo probaba como hacen los catadores: sentía los sabores y luego lo escupía. Así fue como gané”.
El verdadero premio
Después de trabajar ocho años en cafeterías, decidió dedicar más tiempo a su familia y a sus hijos, Izabella y Luis Mariano. Junto con su esposo, Emiliano Hellmund, también apasionado por el café de especialidad y reciente ganador del campeonato nacional de métodos filtrados, soñaban con seguir creciendo en ese mundo.
Cuando apareció la convocatoria para la Copa Lelit-Barista en Casa sintió que era el momento de dejar atrás los miedos. Fue un evento, para entendernos, a nivel aficionado, que sirve para descubrir nuevos talentos.
Preparó durante semanas un café geisha lavado del productor Max Salazar y construyó una taza de café que hablara de quién era ella, no solo del café que serviría.
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Cuando escuchó su nombre como ganadora entendió que el trofeo representaba mucho más que una competencia.
“Hoy celebro un resultado, claro que sí. Pero celebro mucho más haber tenido el valor de creer en mí. Si una chiquilla que creció recogiendo café pudo llegar hasta aquí, cualquier persona puede cumplir sus sueños si se atreve a dar el primer paso”.
Ahora trabaja para fortalecer el emprendimiento cafetero que comparte con su esposo y espera que su historia motive a otras personas a dejar de lado el miedo.
Al final, la lección más importante no la aprendió frente a una máquina de café ni en una competencia.
La aprendió siendo una niña, caminando entre cafetales de Tarrazú. Ahí entendió que las mejores cosechas siempre llegan después del trabajo, la paciencia... y la decisión de creer en uno mismo.






