Un grupo de WhatsApp llamado “Inquebrantables” se ha convertido en un salvavidas emocional para decenas de personas amputadas en Costa Rica.
Detrás de esa iniciativa está Gabriela Bustos Paniagua, una mujer que conoce en carne propia el dolor de perder una pierna y que decidió transformar su tragedia en esperanza para otros.
Hoy el chat reúne a 27 amputados que se acompañan día a día en uno de los procesos más duros que puede vivir un ser humano: aprender a empezar de nuevo.
“Es un grupo para ayudarnos a llevar el proceso, para explicar lo que sentimos, el dolor, los calambres, el famoso pie fantasma. Queremos que la gente entienda que sí se puede salir adelante”, contó Gabriela, vecina de San Rafael Abajo de Desamparados.
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Chat que sana
La semillita de Inquebrantables nació hace cinco años, en el área de rehabilitación del hospital San Juan de Dios, cuando Gabriela vio a una paciente recién amputada quebrarse en llanto. Ella ya usaba prótesis y se le acercó sin pensarlo.
“Le dije: no llore, si yo pude usted puede. Después hablé con la doctora Mariela para hacer un grupo de WhatsApp y acompañarnos entre todos”, recordó.
“Desde entonces, quien llega al proceso de rehabilitación recibe la invitación para sumarse al chat. Ahí comparten dudas sobre prótesis, cuentan sus avances y, sobre todo, se levantan el ánimo cuando la mente afloja”, agrega la desamparadeña.
No todo queda en mensajes. El grupo organiza cenas navideñas, celebra cumpleaños y hasta arma cafecitos en la casa de Gabriela para conversar cara a cara.
“Nos ayudamos mucho. El que tiene más experiencia orienta al que va empezando. La idea es que el grupo siga creciendo”, afirmó.
Caída que le cambió la vida
La historia de lucha de Gabriela comenzó el domingo 18 de octubre del 2020, en plena pandemia. Ese día, la familia (su esposo, Bryan Huertas, y sus hijas Bianca y Fiorella) decidió aprovechar una de las primeras aperturas para pasear.
El destino: las pozas del río San Jerónimo, en Esparza de Puntarenas, tierra donde ella nació.
Pero lo que prometía ser un día familiar terminó en tragedia.
“Íbamos a tomarnos unas fotos en el puente de hamacas. Yo iba de primero cuando se quebró un tablón y caí ocho metros entre árboles y piedras”, recordó.
La llevaron de emergencia al hospital Monseñor Sanabria, con el tobillo izquierdo destrozado, fracturas expuestas y heridas en la cabeza. Luego la trasladaron al hospital San Juan de Dios, donde pasó dos meses y medio internada y ahí agarró una bacteria.
Los médicos lucharon por salvarle el pie, pero la bacteria era muy agresiva, cambió el rumbo de todo.
“El doctor me dijo: ‘o la amputamos o de aquí no sale’. Sentí que el mundo se me vino abajo”, recordó con honestidad. La amputación debajo de la rodilla izquierda se realizó el 24 de noviembre del 2020.
Volver a levantarse
El proceso no fue fácil. Gabriela tardó dos años entre la sanación del muñón y la rehabilitación para usar su prótesis. Incluso, hoy sigue enfrentando cirugías correctivas. Aun así, se prometió algo desde que salió del hospital.
“Yo dije que no me iba a echar a morir, no señor. Iba a enfrentar lo que se viniera”, aseguró.
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Y cumplió. Regresó a trabajar al Grupo Eulen, donde era miscelánea y la recibieron con abrazos y cariño.
“Cuando volví, todo el mundo me abrazó. Lloré toda esa semana de agradecimiento. Me demostraron que una discapacidad no es el fin del mundo”, comenta con tremenda felicidad.
Trabajó dos años más en limpieza hasta que la empresa le abrió una puerta inesperada: ser recepcionista. Se preparó, llevó cursos de Excel y hoy ocupa ese puesto con orgullo.
Sueños que siguen vivos
La experiencia también le despertó una espinita que tenía dormida: estudiar. Después de 27 años sin tocar un cuaderno, Gabriela volvió a las aulas. Ya está con el bachillerato en la cabeza y sueña en grande. Tiene tercer año de colegio aprobado.
“De noveno a quinto estoy a la vuelta de la esquina. Voy a volver a estudiar, iré aunque sea de una en una con las materias, pero lo voy a lograr”, dijo convencida.
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Y no se queda ahí. “Me gustaría estudiar Sicología. Siempre me encantó y ahora sé que la puerta está abierta”, afirmó.
Mientras tanto, sigue sonriendo, trabajando y levantando a otros desde su querido grupo Inquebrantables.
“Estoy muy agradecida porque Dios me dio una segunda oportunidad de vida que voy a aprovechar al máximo”, concluyó.






