A sus 52 años, doña Guadalupe Mena Amador, conocida cariñosamente como Lupe, tiene muchas razones para sentirse orgullosa.
Hace 24 años dejó su natal San Miguelito, en Río San Juan, Nicaragua, y se vino a Costa Rica con una esperanza muy clara: encontrar mejores oportunidades y darles a sus hijos la posibilidad de estudiar y salir adelante.
No llegó con grandes recursos ni con la vida resuelta. Llegó con las ganas de trabajar, la ilusión de construir un futuro distinto y la disposición de empezar de nuevo, aunque eso significara acostumbrarse a vivir lejos de su tierra.
Hoy, cuando vuelve la mirada hacia el camino recorrido, habla con una alegría que no necesita grandes discursos.
“Yo me vine por una oportunidad y para darles los estudios a mis hijos. Gracias a Dios, ellos estudiaron aquí y ahora están trabajando”, cuenta Lupe, quien es madre de tres hijos: Josué, de 30 años; Elvia, de 29, y Alfredo, de 26.
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Los tres nacieron en Nicaragua y llegaron a Costa Rica cuando el mayor tenía nueve años. Aquí crecieron, estudiaron y se fueron abriendo camino.
Para una madre, pocas cosas pueden dar tanta satisfacción como ver que los hijos comienzan a construir su propia vida. Y Lupe tiene claro que ese era uno de sus principales objetivos cuando decidió emigrar.
“Ellos sacaron sus estudios y ahora están trabajando. Ya están grandes, ya fueron haciendo su vida. Eso es lo que uno quiere, ¿verdad? Que los hijos puedan salir adelante”, dice con orgullo.
Una vida construida poquito a poquito
El camino no siempre fue sencillo. Durante años, Lupe y su compañero, el también nicaragüense Antonio García, tuvieron que ajustarse a lo que podían conseguir con sus recursos.
Al principio alquilaban porque no tenían una casa propia. Con el tiempo, entre los dos fueron reuniendo dinero y lograron hacerse de un pequeño terreno en una zona montañosa de San Carlos.
Allí levantaron su casita, una construcción sencilla, hecha humildemente, pero que representa mucho más que paredes y techo.
Es el resultado de años de esfuerzo, de ahorrar cuando se podía y de avanzar sin esperar a tenerlo todo para comenzar.
“No teníamos mucho recurso, entonces hicimos la casita de tablitas. Pero, gracias a Dios, ahí tenemos el techo. Poco a poco hemos ido haciendo las cosas”, cuenta.
“Todavía tenemos grandes sueños. La casa necesita mejoras y la familia sigue esperando que se resuelvan algunos asuntos para contar con mejores condiciones. Sin embargo, no hablo desde la frustración, sino desde la satisfacción de haber conseguido algo que antes no tenía.
“Mi historia no es la de una mujer a la que todo le salió fácil. Es la de alguien que aprendió a valorar cada paso, incluso cuando los avances parecían pequeños”, reconoce.
Acostumbrada a salir adelante
Durante buena parte de su vida, Lupe también se acostumbró a vivir sin electricidad.
En Nicaragua creció sin ese servicio y, cuando llegó a Costa Rica, volvió a experimentar temporadas en las que tuvo que alumbrarse con candela. Sin refrigeradora ni televisión, organizaba las compras de comida en pequeñas cantidades para evitar que se dañaran.
“Yo me acostumbré a vivir así, sencillamente, sin luz. En Nicaragua vivía con candil, como le decimos allá. Entonces, cuando aquí tampoco tenía, hacía las cosas como podía”, recuerda.
En su caso, aquella situación no era nueva. Era una dificultad más que debía resolver en el día a día, como tantas otras que había aprendido a enfrentar.
Con el tiempo y gracias a la ayuda de personas que se interesaron por su situación, consiguió tener electricidad en su casa en San Carlos.
“Aunque se trata de una mejora importante para mi hogar, tengo una manera de ver la vida que va más allá de las carencias materiales. No mido mi felicidad únicamente por lo que me falta, sino por todo lo que he conseguido con los años”.
Costa Rica, una oportunidad para soñar
Cuando se le pregunta cómo se siente después de más de dos décadas de vivir en este país, Lupe responde sin pensarlo mucho. “Costa Rica es muy bonita, maravillosa. Me gusta mucho. Yo estoy feliz porque he podido avanzar en mis sueños”.
Quizá no tenga todos los recursos que quisiera ni haya alcanzado cada una de sus metas, pero tiene motivos para mirar hacia atrás con satisfacción. “Me siento tan feliz con lo que he vivido en Costa Rica, humildemente, pero feliz”, repite.
“Cumplir un sueño no siempre significa llegar a una casa grande ni tenerlo todo. A veces significa ver a los hijos convertidos en adultos trabajadores, tener un techo propio y saber que, después de tantos años de esfuerzo, todavía se puede seguir construyendo”, afirma con orgullo.





