El olor que sale de la olla no solo anuncia que los nacatamales están listos.
Para Carlos Iván Torrez González, también significa volver a Juigalpa, Chontales, Nicaragua, donde, siendo un niño, veía a su mamá preparar una receta que había aprendido de su propia abuela.
Cada hoja de plátano que envuelve, cada cucharada de masa y cada pedazo de carne le recuerdan que, aunque hace casi 29 años que abandonó su tierra, nunca dejó atrás sus raíces.
Carlos tenía apenas 10 años cuando, en diciembre de 1997, cruzó la frontera junto con su familia buscando un futuro mejor en Costa Rica.
LEA MÁS: Perdió su empleo en Nicaragua, emigró a Costa Rica y hoy cumple “Mil sueños” con su negocio
“Mis papás venían para las temporadas de cogidas de café y después decidieron quedarse. Como nosotros estábamos pequeños, también nos quedamos”, recuerda.
Como les ocurrió a muchas familias migrantes nicaragüenses, los primeros meses estuvieron llenos de grandes dudas.
La necesidad no esperaba y Carlos, siendo apenas un chiquillo, también ayudó a recoger café junto con sus papás y hermanos.
Aquellos días le enseñaron el valor del esfuerzo, una lección que todavía hoy lo acompaña.
Nació en la cocina de una abuela
La historia de estos nacatamales 100% nicaragüenses comenzó mucho antes de que Carlos naciera.
En 1976, cuando doña Reyna González Sandoval tenía 17 años, vivía con su abuela en Nicaragua. Ella preparaba nacatamales para vender y, sin imaginarlo, empezó a transmitir una receta que terminaría pasando de generación en generación.
Con paciencia, Reyna aprendió cada paso: cómo preparar la masa, cómo sazonar la carne, cuánto tiempo debía cocinarse y ese toque especial que hace que un nacatamal sepa a hogar, a la pura esencia de Nicaragua.
Entre 1980 y 1992, convirtió esa tradición en un pequeño emprendimiento familiar, hasta que distintas circunstancias la obligaron a detenerlo.
Cuando emigró a Costa Rica junto con su esposo y sus hijos, creyó que aquella receta quedaría como un bonito recuerdo. Pero estaba equivocada.
LEA MÁS: El sueño que Nicaragua no le pudo cumplir se hizo realidad 34 años después gracias al folclore
La pandemia despertó una tradición
Más de dos décadas después, en 2020, la pandemia golpeó la economía de muchas familias. En medio de esa realidad, madre e hijo decidieron desempolvar la vieja receta familiar para ganar un poco más de dinero.
Lo que comenzó con la preparación de nacatamales únicamente en temporadas especiales fue creciendo poco a poco.
Hoy hacen entre 80 y 100 nacatamales aproximadamente cada 22 días y ya cuentan con clientes particulares y pequeños comercios que esperan cada producción.
“Mi mamá me fue enseñando y ahora los hacemos juntos. Soy el único de mis hermanos que siguió aprendiendo la receta”, cuenta Carlos.
Mucho más que comida
Aunque Carlos obtuvo una licenciatura en Contaduría Pública y trabajó durante 13 años en una empresa privada, nunca perdió el cariño por aquella tradición familiar. Ahora combina su profesión con el emprendimiento que comparte con su mamá.
Para ellos, el secreto no está escondido en un ingrediente misterioso. “Hay que ponerle mucha pasión y amor, usar ingredientes frescos y darles el tiempo de cocinado necesario para que queden bien ricos”, asegura.
Los nacatamales se preparan durante dos días. Primero, compran cuidadosamente todos los ingredientes; al día siguiente, alistan la masa, condimentan la carne, limpian las hojas de plátano, los envuelven uno por uno y los cocinan hasta alcanzar el punto perfecto.
Un pedacito de Nicaragua
Cada vez que un cliente nicaragüense prueba uno de sus nacatamales, Carlos espera la misma reacción. “Tratamos de mantener el sabor y la tradición de allá para que se sienta como un nacatamal de Nicaragua”, afirma.
LEA MÁS: Nicaragüense trabaja en construcción y los fines de semana es el “mariachi de Dios”
Muchos le cuentan que el sabor les recuerda la cocina de su mamá o de su abuela. Para él, ese es el mejor reconocimiento que puede recibir.
Su sueño ahora es seguir creciendo hasta abrir un negocito del cual ya tiene hasta el nombre “Mágica Dulzura”, donde, además de nacatamales, ofrezca repostería y pastelería inspiradas en los sabores nicaragüenses.
“Tratamos de mantener el sabor y la tradición de allá para que se sienta como un nacatamal puro de Nicaragua. Queremos que cada persona viva una experiencia cuando pruebe nuestros productos, que sienta esa magia de los sabores que nos acompañaron desde niños.
“Ese es el sueño que tenemos como familia y esperamos seguir creciendo poco a poco, sin perder nunca la receta que heredamos de mi mamá y de mi bisabuela, de nuestras raíces nicaragüenses”.




