Antes de que el ruido del centro de San José llene las aceras, la nicaragüense Ligia Solano León levanta la cortina metálica de su tienda, acomoda algunos bolsos y sube al pequeño taller donde las máquinas de coser esperan el inicio de otra jornada.
A veces, se queda unos segundos en silencio. Mira las mesas de trabajo, las telas acomodadas, las blusas terminadas y sonríe.
No puede evitar remontarse muchos años atrás, cuando cruzó la frontera desde Tipitapa, Nicaragua, con su esposo, Néstor Lechado, y sus hijos , Jeison y Gilia, buscando simplemente una mejor oportunidad.
“Todavía me cuesta creer que tenemos este emprendimiento. La primera máquina de coser la compré para arreglarme la ropa y la de la familia, jamás imaginé que un día iba a tener un negocio y un taller. A veces, me quedo viendo todo y digo: ‘¡Pucha!, ¿cómo logramos llegar hasta aquí?’“, cuenta emocionada mientras ve a su nieta Yoleidy, quien la acompaña en la tienda.
Decisión que cambió sus vidas
En Nicaragua, las cosas se pusieron cuesta arriba muy temprano. La necesidad económica la obligó a dejar los estudios y a empezar a trabajar desde joven en una zona franca, donde aprendió el oficio de la costura.
Más adelante, cuando quedó embarazada, perdió el empleo y volver a encontrar trabajo se convirtió en una misión casi imposible.
“Sentía que ya no me daban oportunidades. Fueron momentos muy difíciles. Uno piensa en los hijos y hace lo que sea para salir adelante. Ahí fue cuando mi esposo y yo decidimos venirnos para Costa Rica”, recuerda.
Los primeros meses estuvieron llenos de enormes dudas. No conocían a nadie y el dinero apenas alcanzaba para sobrevivir.
Mientras Ligia buscaba trabajo, su esposo también lo hacía y caminaba largas distancias porque muchas veces ni siquiera había plata para pagar el pasaje del bus.
“Siempre hemos sido un equipo. Él caminaba muchísimo buscando trabajo y cuando uno trabajaba, el otro estaba pendiente de los chiquillos. Nunca ha sido un esfuerzo de una sola persona. Todo lo que tenemos lo hemos construido juntos”, dice con orgullo.
Con el tiempo encontró trabajo haciendo limpieza en casas y después volvió a trabajar en un taller, pero apareció un nuevo obstáculo: no tenía con quien dejar a sus hijos.
“Muchas veces me los llevaba al taller. Ellos crecieron entre máquinas de coser. Uno hace lo que tenga que hacer cuando quiere salir adelante”.
Cuando el mundo se detuvo
Como les ocurrió a miles de personas, Ligia perdió el empleo en 2020 por la pandemia. Sus hermanas también se quedaron sin trabajo y la incertidumbre volvió a tocar la puerta de la casa. En lugar de quedarse esperando, decidieron ponerse frente a las máquinas de coser.
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“Empezamos a hacer mascarillas. Íbamos negocio por negocio ofreciéndolas y, gracias a Dios, la gente nos apoyó muchísimo. Eso nos permitió salir adelante cuando todo estaba tan difícil. Ahí fue cuando entendí que sí podíamos vivir de lo que hacíamos con nuestras manos”, recuerda.
“Mamá, intentémoslo”
Cuando la emergencia sanitaria terminó y las mascarillas dejaron de venderse, Ligia volvió a preguntarse qué hacer. Su hija empezó a insistirle en que cosiera ropa y ella le ayudaba a venderla por redes sociales.
“Ella me decía: ‘Mamá, intentémoslo. A la gente le va a gustar’. Empezamos haciendo poquitos. Cuando llegaron encargos más grandes trabajábamos hasta tarde para cumplir. Poco a poco, la gente comenzó a recomendarnos y el sueño empezó a crecer,” cuenta.
espués vino el pequeño taller, más máquinas, un local en Alajuelita; pasó por la plaza de la Cultura y, finalmente, la tienda en el centro de San José, llamada “Mil diseños”, donde hoy recibe a clientes de diferentes rincones del país y está ubicada a la par del Pague Menos de la avenida 1 y la calle 1.
El sueño también se cose en familia
Ligia sonríe cuando recuerda que mientras ella quería lanzarse a probar nuevas ideas, su esposo siempre analizaba cada paso con más calma.
“Él es más prudente y yo soy más lanzada. A veces, me decía: ‘¿Y si no resulta?’. Pero nunca me dijo que no me apoyaba. Al contrario, siempre estuvo ahí. Desde que salimos de Nicaragua hemos trabajado hombro a hombro y todo lo que hemos logrado ha sido gracias al esfuerzo de los dos”, afirma.
Por eso, cuando alguien la felicita por el negocio, ella siempre habla en plural. Dice que ese sueño pertenece a toda la familia, incluso a su esposo, que nunca dejó de trabajar.
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El corazón dividido entre do países
Aunque Costa Rica le abrió las puertas cuando más lo necesitaba y aquí encontró la oportunidad de construir un futuro, Nicaragua sigue ocupando un lugar especial en su corazón.
Extraña los sabores de su tierra: el baho, las güirilas, el quesillo y los abrazos de quienes se quedaron allá.
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Aconseja a quienes quieren intentar un emprendimiento: “Que se animen. Si uno siente que puede hacerlo, hay que intentarlo. Tal vez no sea fácil, pero con disciplina, perseverancia y ganas de trabajar los sueños sí se cumplen”.





