A los niños les cuesta imaginar una vida sin ella. Cuando escuchan que algún día tendrá que pensionarse, rápidamente protestan.
“Si usted se pensiona, nos vamos con usted. Buscamos una casa grande para irnos todos”, le dicen entre risas.
Y es que para decenas de niños y jóvenes de Aldeas Infantiles SOS, la nicaragüense Bernardita Hernández Estrada no es solamente una cuidadora.
Es la tía Berna. La mujer que les enseñó a bañarse, a doblar la ropa, a hacer tareas, a rezar, a estudiar y, sobre todo, a sentirse queridos.
A sus 63 años, esta nicaragüense nacida en Chinandega asegura que Costa Rica le regaló una vida que nunca imaginó y que ella ha tratado de devolver ese regalo multiplicado en amor.
“Costa Rica me recibió bien, me mostró valores, me abrió las puertas. Me dio gratis y yo doy gratis. El trato tan hermoso conmigo me hizo enamorarme de este país. Aquí encontré oportunidades, encontré amigos y encontré la posibilidad de servir”, cuenta emocionada.
De la Ciudad de las Naranjas a Costa Rica
Bernardita nació el 14 de febrero de 1963 en Chinandega, Nicaragua, una ciudad conocida como la Ciudad de las Naranjas por la abundancia de ese cultivo.
Fue la hija número 14 de una familia de 15 hermanos. Además, llegó al mundo acompañada por su hermano gemelo Rafael, quien falleció cuando tenía apenas siete años.
En 1984, con apenas 21 años, tomó una decisión que cambiaría su destino para siempre: viajar a Costa Rica para continuar sus estudios.
“Me vine por estudios. Ya era maestra de primaria y quise sacar enfermería. Cuando llegué, me encontré un clima maravilloso y una gente muy solidaria.
“Me preguntaban cómo amanecía, cómo me sentía. Me encantó que se preocuparan por el vecino. Me sentí valorada”, recuerda.
Logró convalidar sus títulos, trabajó para el Ministerio de Educación Pública y terminó sus estudios de enfermería en la Escuela de Enfermería de la Universidad Santa Lucía. Sin darse cuenta, comenzó a construir una nueva vida.
“Aquí me quedé para siempre. Ya son 42 años viviendo en Costa Rica y puedo decir que conozco muy bien los valores del tico. Hasta me dicen que soy más tica que el gallo pinto”, comenta entre carcajadas.
El regalo que Dios le tenía preparado
El 26 de junio del 2016 llegó a Aldeas Infantiles SOS de Tres Ríos. No sabía que estaba entrando al lugar que marcaría la etapa más especial de su vida.
“Aldeas es uno de los grandes regalos que Dios me tenía preparado. Aquí vine a desarrollar todo lo que estudié.
“No solo soy una mamá sustituta, también soy maestra, orientadora y amiga. Los niños se sienten bien cuando uno se entrega, los quiere y los trata bien”, afirma.
Aldeas Infantiles SOS trabaja en Costa Rica desde 1975 brindando ambientes familiares y protectores a niños, niñas y adolescentes que han perdido el cuidado de sus familias o se encuentran en riesgo de perderlo.
Dentro de sus programas, las encargadas del cuidado diario son conocidas cariñosamente como “tías”, porque asumen un rol afectivo y cercano en la vida de los menores. Para Bernardita, ese papel se convirtió en una misión.
“No tengo hijos biológicos, pero en Aldeas sí he tenido más de 200 sobrinos, que yo los veo como hijos.
“Tal vez, si hubiera tenido una familia propia, no habría podido entregarme tanto. Siempre puedo estar para ellos, escucharlos, acompañarlos y ayudarlos a salir adelante”, asegura.
La recompensa más grande
Las historias que guarda en su corazón son incontables. Algunos de los niños que cuidó ya son adultos, profesionales y hasta padres de familia.
Uno de ellos la llamó hace poco para darle una noticia que jamás olvidará. “Me dijo: ‘Tía, le tengo que contar algo, ya me casé’.
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“Después me mandó una foto de unos gemelitos y me escribió: ‘Estos son sus nietos’. Imagínese lo que se siente. Es algo que no tiene precio”.
Cuando habla de sus muchachos, como ella los llama, se le iluminan los ojos. “Yo les digo que el primer pilar es Dios. También hay que estudiar, ser responsables y disfrutar la vida. Cuando sacan buenas notas, hacemos paseos.
“Así se construye una familia. Cuando uno ve que siguen estudiando, que son personas de bien, que se alejan de la violencia y que cumplen sus sueños, esa es la satisfacción más grande”.
Por eso, aunque oficialmente ya pensaba pensionarse, todavía le faltan algunos años más de trabajo. Y no parece tener prisa.
Después de todo, todavía quedan muchos niños por abrazar, muchas tareas por revisar y muchos sueños por acompañar.
“Dios me pedirá cuentas de lo que di y de lo que no di. Por eso trato de dar todo lo que tengo.
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“Estos chicos son lo bueno. Son el futuro de Costa Rica y merecen crecer rodeados de amor”, dice llena de amor la tía Berna.





