Al nicaragüense José Abraham Sevilla García el baile literalmente le corre por las venas. Desde pequeño encontró en la danza una manera de expresarse, de salir adelante y hasta de ayudar a otros.
Hoy, a sus 31 años, el artista, quien es tan nicaragüense como costarricense, celebra uno de los mayores triunfos de su vida: abrir su propia academia de baile en Costa Rica, luego de pasar momentos muy duros marcados por la ansiedad, la tristeza y el sacrificio familiar.
José nació en Costa Rica, pero es hijo de padres nicaragüenses. Vivió sus primeros años en Tibás, donde recuerda con cariño cuando participó de niño en concursos del famoso baile del Zapito en el Museo de los Niños.
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Sin embargo, desde tercer grado de la escuela se fue a vivir a Nicaragua, país donde terminó de crecer, estudiar y enamorarse todavía más del folclor.
Vivió en Chichigalpa, “conocida como la tierra del ron y el azúcar”, aclara, y también trabajó en Posoltega, donde formó parte del grupo de danza Posoltecal y llegó a crear la Academia Abraham Sevilla, en donde enseñaba baile folclórico nicaragüense.
Gracias a su talento artístico, incluso recibió apoyo gubernamental para certificarse en danza folclórica nicaragüense.
El regreso más duro
La vida le cambió por completo en octubre del 2023, cuando su mamá, Nubia del Pilar García, enfermó gravemente en Costa Rica.
“Yo estaba preparándome para unas presentaciones con niños en Nicaragua, pero cuando vi a mi mamá tan mal, sentí que tenía que devolverme. Vendí mis cosas y regresé definitivamente en febrero del 2024. Fue durísimo porque, aunque nací aquí, sentía a Costa Rica como un país nuevo para mí”, contó.
El golpe emocional fue tan fuerte que cayó en depresión y ansiedad. Pasó semanas intentando adaptarse mientras trabajaba en una tienda en San José y buscaba una nueva dirección para su vida.
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“Lloré muchísimo. Hubo momentos en los que no entendía qué estaba pasando conmigo. Yo extrañaba demasiado a mis alumnos de Posoltega, porque ellos no eran solamente estudiantes, eran mi familia. Cada vez que pienso en ellos todavía me pongo sentimental”, confesó.
Un sueño nacido entre lágrimas
Pese al miedo y las dudas, José sentía que no podía alejarse del baile. Empezó a integrarse a agrupaciones de danza folclórica, ritmos urbanos y bailes populares costarricenses para entender cómo funcionaba el ambiente artístico en el país.
Sin embargo, abrir una academia parecía imposible por los altos costos de alquiler y la incertidumbre económica. Ahí apareció el apoyo incondicional de su familia.
Sus hermanas, Alba Nubia y Cherry Vanessa, fueron quienes lo empujaron a dar el paso definitivo.
“Ellas me decían todos los días: ‘Dele, Abraham, usted puede’. Mi hermana Alba Nubia me ayudó económicamente y gracias a ellas tomé valor. Lo hice con miedo, pero lo hice”, recordó.
Así nació “Xitlaly Academia de Baile”, ubicada al costado norte del Colegio Superior de Señoritas, en San José. El nombre tiene un significado profundamente especial para él, ya que Xitlaly, en lengua náhuatl, significa estrella.
La academia fue inaugurada el pasado sábado 16 de mayo y las clases arrancaron oficialmente el miércoles 20 de mayo.
Bailar para unir culturas
La apertura estuvo cargada de emociones. Abraham asegura que lloró tres veces durante la inauguración: cuando rezó agradeciendo a Dios, cuando dedicó el logro a su mamá y cuando recordó a los niños de Posoltega.
“Sentí demasiadas emociones juntas. Incluso antes de inaugurar, sufrí una recaída de ansiedad y terminé en emergencias por estrés. Pero cuando vi a tanta gente querida apoyándome, entendí que este sueño sí era real”, aseguró.
En Xitlaly Academia de Baile se impartirán clases de folclor nicaragüense, folclor costarricense, ballet, danza moderna, ritmos urbanos y ritmos latinos.
José tiene claro que su objetivo va mucho más allá de enseñar pasos de baile.
“Yo quiero que el baile también sea una herramienta para salir adelante. Así empecé yo desde los 14 años. Mi sueño es que los muchachos que lleguen aquí puedan convertirse en instructores en sus barrios, en escuelas y colegios, y que el arte les abra oportunidades”, afirmó.
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Hoy, mientras acomoda espejos, parlantes y sueños en el tercer piso de un edificio josefino, Abraham siente que todo el dolor vivido valió la pena.
Porque detrás de cada paso de baile hay una historia de migración, sacrificio, familia y amor profundo por las raíces nicaragüenses y costarricenses que lo formaron.






