La estilista costarricense Jeannette Prado es la primera mujer que conduce una vagoneta en su empresa y sueña con convertirse en trailera.
Jeannette Prado mide 1,48 metros de estatura, pero cuando se sube a su vagoneta en Canadá asegura que se siente una gigante.
Para alcanzar bien los pedales necesita botas con un poquito de plataforma, pero para enfrentarse a un oficio dominado por hombres le bastan las ganas de aprender, la disciplina y el valor de atreverse a comenzar de nuevo.
“Yo soy un cinco de queso”, dice entre risas la costarricense, quien jamás imaginó que terminaría al volante de una vagoneta que le cargan hasta con 25 toneladas.
De las tijeras a los camiones
La tica trabajó desde los 19 años como estilista. Tenía su salón, sus clientes y un camino conocido, pero a los 36 años decidió emigrar a Canadá, en 2022, con deseos de vivir algo diferente.
“Yo me vine para Canadá porque dije: qué ganas de probar otro trabajo. Me daba cosa arriesgarme, porque también pensaba que había sido malagradecida con la belleza, que me había ido bien y cómo iba a dejar eso.
“Pero mis hermanos se vinieron para acá y me dejaron sola en Costa Rica. Entonces dije: aquí está mi excusa para aventurarme y probar otros trabajos”, recuerda.
Y vaya que sí hizo otras labores: fue operaria en una fábrica, limpió casas y hasta las pintó. Hasta que conoció a Luis Valencia, su actual esposo, un camionero mexicano que terminó acercándola a un mundo completamente desconocido.
“Mi primera cita con él fue en el camión. Me lo soltó y me dijo: ‘¿Usted maneja?’. Yo le dije que sí, pero carro normal. Me dio una vueltica a la cuadra y ahí empezó mi gusto por los camiones. Yo quería que me enseñara”, cuenta.
Una mujer entre hombres
Poco a poco aprendió, obtuvo su licencia de vagonetera y comenzó a trabajar en pequeñas empresas, hasta que llegó la oportunidad en su actual compañía, dedicada a la construcción y reparación de calles.
“Saqué la licencia como con 25 hombres y era la única mujer en la escuela de camioneros. En esta empresa, que tiene más de 30 años, soy la primera mujer que ha manejado una vagoneta para ellos.
“Es un mundo de hombres, claramente, pero me ha ido superbién. Aquí hay mucho orden y respeto; la gente es bien pura vida y se trabaja en un ambiente bonito”, asegura.
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Su jornada es de lunes a viernes, de 7 a. m. a 5 p. m., según las necesidades de los proyectos viales en Ontario. Janet disfruta su trabajo, cuida su camión y lo mantiene limpio y organizado a su manera.
“Yo estoy fascinada. Los días que no trabajo me voy a cuidar el camión todo el día. Me gusta tenerlo bonito, limpiecito, con mis accesorios. Aquí te dan un camión y no te lo cambian; es como si fuera suyo”, dice.
Hubo lágrimas y miedo
Su entusiasmo no significa que el camino haya sido sencillo. La descarga de materiales es una de las tareas más delicadas, porque un terreno inestable o una carga mal distribuida pueden provocar que la vagoneta se vuelque.
“Claro que hubo días que yo lloraba mucho, días de mucho susto. En los primeros trabajos por la lluvia había exceso de tierra mojada, barro, y se me pegaban las puertas por esos barriales; no abrían las compuertas para descargar y el camión empezaba a hundirse. Yo decía: ‘¿En qué diablos me metí?’. Son cosas que uno tiene que aprender a manejar”, comenta.
En esos momentos, su esposo se convirtió en gran apoyo. Por videollamada le explicaba cómo actuar y la orientaba para resolver las dificultades.
Un sueño en pareja
Con la llegada del invierno, la temporada de trabajo en las calles termina y la vagonetera tica espera aprovechar ese tiempo para obtener la licencia que necesita para conducir un tráiler.
“Queremos irnos de traileros juntos. Ya hemos tenido entrevistas de trabajo y hay oportunidades; lo único que falta es que yo saque la licencia.
“Mi marido ha esperado por mi experiencia para que, cuando llegue al tráiler, no me pongan peros. Ya son largas distancias, es otro nivel”, aclara.
Costa Rica siempre viaja con ella
Aunque disfruta su nueva vida, hay cosas sencillas de Costa Rica que Janet extraña: ir al puerto a ver el atardecer, tomarse un café o un agua dulce y detenerse a comer en una soda.
También lleva su país en la cocina. Prepara gallo pinto, arroz con pollo y tamales ticos, que ya son los favoritos de los hijos mexicanos de su esposo.
De su antigua profesión conserva la habilidad y una maletita de belleza para atender a sus familiares allá. Pero tiene claro que abrió una nueva etapa.
“Yo sigo teniendo la habilidad y me encanta la belleza, pero ya pasó esa época. Yo soy así: cuando cambio la página, ya la cambié”, afirma.
Hoy, desde su vagoneta, demuestra que comenzar de nuevo no depende del tamaño de una persona, sino de las ganas de descubrir hasta dónde puede llegar.








