Antes de que salga el sol en Cartago, Karla Brenes Coronado ya está en camino a Heredia. Mientras la mayoría de las personas apenas comienzan el día, ella se sube al bus a enfrentar horas de viaje, clases y trabajos universitarios.
Hoy, a sus 23 años obtuvo el mejor promedio de la licenciatura en Sicología, mejor promedio de grado, mejor promedio de la Facultad de Ciencias Sociales y mejor promedio de todas las carreras de la UNA.
“Nunca pensé en recibir un reconocimiento como este”, asegura.
Detrás de sus altas calificaciones hay una historia marcada por la disciplina y la capacidad de transformar las pesadas presas de Cartago a Heredia y viceversa, en su mejor aula de estudio, incluso en plena época de los arreglos en la entrada a la provincia brumosa
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Al hacer cálculos sobre el tiempo invertido en presas entre Cartago y el Campus Omar Dengo de la UNA en Heredia, se concluye que Karla pasa prácticamente un mes al año en presas ya sea en bus o en tren, según el transporte que elija.
El bus como aula
Enfrentar las carreteras de la Gran Área Metropolitana (GAM) todos los días significa un esfuerzo físico y mental extremo. Sin embargo, ante las horas perdidas en el tráfico, Karla decidió buscar la manera de sacarles provecho académico.
“Sí se puede. Yo pienso que sí se pueden aprovechar las presas, pero también no deja de ser una realidad que el ambiente de viajar en transporte público es muy cansado, todo el mundo va harto.
“Entonces a veces es difícil, a veces uno solo quiere cerrar los ojos; pero siento que sí son horas en las que es importante aprovechar el tiempo. Si hay alguna lectura pendiente o algo que se pueda adelantar, hay que hacerlo.
“Muchas veces más bien me tocaba alguna clase virtual y no me daba chance de llegar a la casa, entonces iba ahí en el bus escuchando al profe”, recuerda la casi licenciada en Psicología.
Agrega que dentro de un bus en plena presa, encontró el lugar ideal para sus mejores repasos justo antes de las pruebas decisivas.
“En repetidas ocasiones uno tenía un examen ese mismo día, entonces ese era el momento perfecto porque no había otra cosa que hacer, ideal para el repaso de materia. Y sí, más de una vez me pasó llegar a un examen y toparme con una pregunta que dije: ‘esta la leí justo ahora en la presa’”.
Madrugadas, noches largas y el reto de viajar
Originaria de El Bosque en San Rafael de Cartago, la joven graduada de la Escuela Jesús Jiménez y del Liceo Experimental Bilingüe de Cartago enfrentó no solo el cansancio, sino también la incertidumbre de los viajes en transporte público en horas ya peligrosas.
“Lo más tarde que he salido de la U es como a las ocho o nueve de la noche, y llegaba a mi casa casi a las 11. Más que todo creo que lo difícil es lo peligroso que implica viajar a esas horas tan tarde, o incluso en la mañana, cuando salgo y ni siquiera ha amanecido, sigue estando oscuro.
“Las partes más peligrosas son cuando a uno le toca esperar el bus y todavía no hay luz de día. Por dicha nunca fui blanco de nada, aunque uno siempre ve cosas. Una vez iba en el bus, vi por la ventana y asaltaron a un señor; obviamente uno se asusta mucho”, recuerda.
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Entre anécdotas, recuerda también los imprevistos del transporte: “La vez más trágica fue una mañana que iba en tren y se varó. Todo el mundo esperando, se hizo una situación horrible porque éramos demasiadas personas viendo cómo movernos de Cartago.
“Los buses iban saturados, en el tren no cabíamos, nos subieron en un tren extra e íbamos hasta en la cabina donde va el maquinista porque no había espacio. Esa fue fijo la situación más catastrófica”.
“Sí se puede”
La motivación de Karla para no rendirse nació del sueño de ser psicóloga, del apoyo incondicional de sus padres, Shirley Coronado y Carlos Brenes, y de la Beca de Honor que obtuvo por su rendimiento académico, la cual le ayudó a financiar sus pases.
Además, continuar el legado de su madre y su hermana mayor, quienes también estudiaron en la UNA, fue un motor de orgullo.
Para los miles de jóvenes que están por iniciar la universidad y dudan al ver las distancias, la joven les envía un mensaje directo.
“A la chiquilla de 18 años que entró le diría que sí puede, que es difícil y que es cansado, pero que en cinco años todo va a merecer su recompensa.
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“Hay que confiar más en uno mismo, no tener miedo de equivocarse, pedir ayuda cuando sea necesario, disfrutar el camino y sacarle el máximo jugo a las presas, porque los años universitarios pasan mucho más rápido de lo que uno imagina”, concluye.





