Hace 24 años la familia Villalobos Hernández, vecina de La Uruca, recibió dos fuertes golpes en menos de una semana.
El 14 de julio de 2002, Alberto Chacón Villalobos, de apenas 21 años, murió en un accidente de tránsito en Orosi de Cartago. Al día siguiente de la vela de Alberto no volvieron a saber nada de Minor Villalobos Hernández, su hermano.
Alberto murió porque el vehículo en que viajaba no tomó una pronunciada curva a la altura del Puente Negro y cayeron al río Perlas, según explicó La Nación el 16 de julio de aquel año.
En ese accidente también falleció Gustavo Aguilar Román, un tercer joven, Mauricio Salazar Badilla, sobrevivió tras salir por una de las ventanas del vehículo.
Minor acompañó a su familia durante la vela y el funeral. Tenía 35 años. Después del entierro se fue y, aunque durante algún tiempo todavía hubo llamadas telefónicas, poco a poco las comunicaciones desaparecieron, así como él. Y comenzó una búsqueda que duraría 24 años.
Mamá nunca dejó de esperarlo
Doña Ana Isabel Villalobos Hernández tiene 80 años y es la mamá de Minor. Durante casi un cuarto de siglo no supo dónde estaba su hijo, cómo vivía o qué había sido de él. Pero nunca aceptó que la historia hubiera terminado.
La familia buscó por distintos medios y durante un tiempo revisó referencias del Registro Civil para intentar encontrar alguna pista, o por lo menos, saber si lo daban por fallecido.
Doña Ana también convirtió la búsqueda en una cuestión de fe. Visitó lugares religiosos en distintos países como Colombia; fue incontables veces al Cristo Negro de Alajuelita y nunca dejó de hacer la romería a la basílica de Nuestra Señora de los Ángeles en Cartago.
Este 2026, a sus 80 años, volvió a caminar en la romería. Pero esta vez hizo una petición diferente.
“Desde que Minor se fue, todos los años he hecho la romería, pero este año fue muy distinta. Sentía una gran alegría como si fuera la última a realizar. Le pedí a la virgencita el 31 de julio del año pasado que me devolviera a mi hijo como estuviera, sin importar su condición”.
Su oración fue sencilla: “Devuélvamelo como esté. Yo lo recibo como sea”. Pocos días después llegó la noticia que había esperado durante 24 años.
Foto en redes sociales cambió todo
La búsqueda tomó un nuevo rumbo cuando Amalia Pérez, nieta de doña Ana, decidió publicar en redes sociales la única fotografía que la familia conservaba de Minor.
Creía que podía estar en zonas como Quepos o Parrita, pero una referencia del Registro Civil llevó la búsqueda hacia San Carlos.
Amalia comenzó a compartir la fotografía en grupos de esa zona. ¡Y alguien lo reconoció!
Una muchacha le escribió para decirle que conocía al hombre de la fotografía, pero advirtió que ya no se veía así. Estaba mucho más delgado y se encontraba en La Fortuna.
También dio una pista: en el pueblo era conocido por el sobrenombre “Vampiro”.
Amalia agregó ese nombre a la publicación y entonces comenzaron a aparecer más personas que lo conocían.
Una persona llevó a otra y, poco a poco, la familia consiguió confirmar que aquel hombre era Minor. Después de 24 años, en agosto pasado lo encontraron en un albergue en San Carlos donde llegó en marzo. ¡Estaba vivo!
Ocho años viviendo en la calle
Antes de llegar al centro donde actualmente recibe ayuda, Minor pasó aproximadamente ocho años en condición de calle en La Fortuna de San Carlos.
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La Asociación de Desarrollo Integral de La Fortuna (ADIFORT) intervino en su caso y gestionó su traslado a un espacio donde pudiera comenzar un proceso de recuperación y reinserción. Actualmente, permanece en Casa Emmanuel, en El Tanque de La Fortuna. Ahí comenzó una nueva etapa.
Y también desde ahí llegó el momento más esperado por su mamá. Doña Ana volvió a ver a su hijo el 16 de agosto de 2026. Después de 24 años, volvieron a estar frente a frente.
Ella lo vio muy delgado y recuerda que varias veces se sentó, apoyó los brazos sobre la mesa y le puso la cabeza encima. “Ahora ya hemos ido dos veces a verlo y está muy recuperado y come mucho. Parece que no comía mucho, me imagino yo, porque estaba tan delgadito”.
No hubo reclamos. Para doña Ana había algo mucho más importante. Su hijo había aparecido. “Esa es la bendición: que apareció”.
Hija que tenía 12 años volvió a abrazar a su papá
Todavía faltaba otro reencuentro. Verónica Vallecillo tenía 12 años cuando vio por última vez a su papá. Fue durante la vela de Alberto.
Verónica se graduó de la escuela aquel mismo año, creció y se convirtió en mamá. Hoy tiene cuatro hijos: Isaac, de 18 años; Ashley, de 15 años; Eithan, de 6 años; y unas gemelitas de apenas un año.
El pasado 26 de agosto, Verónica volvió a abrazar a su papá. “Muchas emociones. Por un momento sí me bloqueé, como que mi cerebro se bloqueó de recordar, de saber que lo vi hace 24 años exactamente, que era una niña de 12 años”.
El hombre que encontró frente a ella era muy diferente al que conservaba en su memoria. “Está tan cambiado. No es aquel muchacho guapo que yo tenía en mi mente”. Pero era su papá. Y estaba vivo.
Los nietos también quisieron acercarse. Ashley le escribió una carta y otro de los pequeños le hizo un dibujo. Para Verónica, ahora empieza una etapa completamente diferente.
“Vamos a recuperar todos esos años que tal vez no pasaron juntos, que pueda conocer a sus nietos, pueda ver a los más chiquititos crecer y conocer más de mí”.
“No quiero saber qué pasó”
Hay una pregunta que durante 24 años podría haber quedado flotando en la familia: ¿por qué Minor desapareció? Pero Verónica tiene claro que no quiere buscar esa respuesta. “No quiero saber qué pasó. No quiero saber por qué pasó”.
Ella prefiere aprovechar la oportunidad que la vida les puso nuevamente enfrente. “Solamente, aprovecho esta oportunidad que se nos está dando de volver a estar juntos y empezar a conocernos como padre e hija”.
Minor tampoco quiso profundizar en las razones de su desaparición. Hoy prefiere hablar de lo que viene.
Después de haber vivido años muy difíciles, también quiso dejar un mensaje para quienes atraviesan situaciones complicadas y pueden sentirse presionados a hacer cosas para ser aceptados.
“No hay que ser aceptado consumiendo drogas, no hay que meterse a una moda o algo de eso. Si es un requisito para eso, pues no. Hay que salir. Hay que seguir con la luz”.
Durante sus años en la calle, recuerda además a las personas que le tendieron una mano. Gente que le dio comida, que conversó con él o que simplemente estuvo dispuesta a escucharlo.
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“A veces llegaba alguien y me decía: ‘¿Querés que hablemos algo?’. Y si querés llorar, llorá, porque es parte”.
A quienes estuvieron ahí, les dice una palabra: “Gracias”.
Ahora toca recuperar el tiempo
Minor sabe que después de 24 años no se puede recuperar el tiempo perdido de un día para otro. Pero quiere volver a echar raíces.
Su mamá quiere seguir viéndolo recuperarse. Su hija quiere conocer al papá que dejó de ver cuando era una niña. Y sus nietos tienen ahora la oportunidad de conocer al abuelo que durante toda su vida solo habían escuchado mencionar.
Doña Ana ya piensa incluso en la próxima Navidad. Después de tantos años, espera que esta vez la familia pueda reunirse completa. “Vamos a estar todos juntos, la familia, para compartir la cena y de todo”.
Para una mamá que durante 24 años nunca dejó de esperar, ese deseo parece sencillo, pero tiene un valor enorme.
Porque durante todo ese tiempo hubo cumpleaños sin Minor, reuniones familiares sin él y una silla que siempre estuvo vacía. Ahora está de vuelta.
Y aunque todavía queda mucho camino por recorrer, la familia ya no tiene que preguntarse dónde está. Minor está vivo; está recuperándose. Después de 24 años, finalmente volvió a tener algo que durante mucho tiempo pareció imposible: una familia esperándolo con los brazos abiertos.
“Lo amo, lo amo demasiado como madre. Dios escuchó mis oraciones y me devolvió el hijo que se me había perdido. La virgencita de los Ángeles también me escuchó. Sabía que ellos no me fallarían.
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“Les estoy muy agradecida. Ella como madre que perdió un hijo sabía muy bien el gran dolor que yo llevaba dentro… ¡ya desapareció ese dolor!”, dice con tremenda alegría doña Ana, la mamá.












