“Sigo aquí porque Dios así lo quiso”, nos dijo monseñor Javier Román, obispo de Limón y presidente de la Conferencia Episcopal, el pasado 27 de marzo del 2026, dos días después de estar en las zonas indígenas de Limón antes de Semana Santa.
Cinco meses atrás, su historia era otra. “Tuve que haberme muerto, pero resucité como Lázaro”, afirma con una serenidad que estremece, luego de su visita a Alto Coen (comunidad bribri) y San José Cabécar, comunidades indígenas en Talamanca.
A eso de las 3:30 p.m. del 25 de octubre, el obispo de Limón sintió un dolor en el pecho mientras descansaba. No era intenso, parecía manejable. Por eso se negó tres veces a ir al médico. “Soy cabezón”, reconoce.
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A la cuarta insistencia aceptó, pero solo si lo llevaban a una clínica cercana. Ahí le hicieron un electrocardiograma que lo cambió todo: su corazón estaba fallando y debía ser trasladado de urgencia.
Una carrera contra la muerte
Sin saber la gravedad, se subió al carro rumbo al hospital mientras cancelaba compromisos.
“En medio de una presa enorme, Dios abrió camino. Usaron mi camisa blanca para pedir paso. Ellos sabían la urgencia, yo no. Dios me iba sosteniendo”, recuerda.
Llegó al Hospital Metropolitano en Santa Ana. Entró caminando. Minutos después, todo se volvió oscuro.
“Me dijeron: ‘Tiene que luchar’. Después no recuerdo más. Me contaron que convulsioné, que mis ojos se pusieron blancos y que el hospital entero se volcó sobre mí”, comenta. Era un infarto masivo fulminante.
“Se muere de camino”
El tiempo no alcanzaba. Había que operarlo de inmediato. Cuando propusieron trasladarlo al Hospital Calderón Guardia, la respuesta fue contundente: “No llega. Se muere de camino”.
Sin dinero para la cirugía, una persona cercana tomó la decisión clave. “Dijo: ‘No se detenga, yo pago todo’. Y así fue, incluso cuando los costos aumentaban”, cuenta. Monseñor no duda: “Muchos médicos dicen que lo mío fue un milagro”.
Entre la ciencia y la fe
Antes de entrar al quirófano, recibió los santos óleos. “Me dicen que mi cuerpo se relajó. El alma reconoce a Dios incluso cuando la mente no está”, reflexiona.
Entró a cirugía con un pronóstico devastador: pocas probabilidades de sobrevivir y riesgo de daño neurológico. Pero ocurrió lo inesperado, el milagro.
Despertar a una nueva vida
“Dios tenía otro plan. Desperté tres días después como Lázaro. Sin daño neurológico, con el corazón golpeado, pero vivo”, afirma.
Su corazón quedó funcionando al 48% y, con terapia, subió al 56%. “Tengo claro que un país entero rezó por mí. Hubo cadenas de oración, comunidades unidas. El amor siempre encuentra el camino”, dice.
Incluso revela otro detalle impactante: “Tenía una operación de próstata tres días después. El doctor me dijo que, de no ser por el infarto, me habría muerto en esa cirugía”.
Aprender a vivir de nuevo
Fueron 30 sesiones de terapia. Poco a poco volvió a manejar y a retomar su vida. “Cada día es un regalo. Le pregunté al doctor por qué sigo vivo y me dijo que coincidieron muchas cosas: el lugar, los especialistas… y también Dios”, asegura.
La experiencia le cambió la forma de ver la muerte: “Hoy entiendo que debemos convivir con ella, como decía San Francisco, pero sin miedo. Cuando la ciencia llega hasta donde puede, Dios continúa”.
Su propia resurrección en Semana Santa
En plena Semana Santa, su historia toma un significado especial. “Cuando el dinero falta, Dios toca corazones. Cuando el cuerpo falla, Dios sostiene. Cuando el pronóstico es el peor, Dios puede hacer un milagro”, reflexiona.
Y añade: “Descubrí que la solidaridad y la amistad son también sacramentos de Dios, manos visibles que él usa para sostenernos.
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“Estoy pura vida”
Disfruta cada segundo porque “hoy más que nunca sé que la vida es un soplo. Se debe vivir sin miedos, desde la misión.
“Conozca su corazón, me decía otro cardiólogo, y he aprendido a escuchar el mío. Vivo la vida haciendo lo que amo, estar con los hijos de Dios, servir, acompañar, caminar con las comunidades; esa es mi vocación, mi alegría y mi identidad”.
Hoy, monseñor Román vive distinto. “Yo soy feliz sirviendo, acompañando comunidades. “Si algún día Dios decide llamarme, que me encuentre donde más feliz soy, en misión, haciendo lo que él puso en mis manos y en mi corazón, afirma.
“Hoy puedo decir, Dios es bueno en todo momento y aquí estoy para decirlo en voz alta: Dios es bueno todo el tiempo. Estoy pura vida”, concluye feliz porque tiene todo listo para seguir evangelizando y ayudando en las zonas más retiradas de su amado Limón.
Un infarto fulminante casi le arrebata la vida a monseñor Javier Román. Hoy, su recuperación se convierte en un símbolo de resurrección en plena Semana Santa.










