Dejar la tierra natal para buscar un mejor futuro siempre es algo complicado. Carlos José Rosales Salinas salió de su amada Nicaragua hace casi dos décadas y convirtió a Costa Rica en su nuevo hogar.
Llegó al país cuando tenía 24 años buscando su propio camino, y hoy se siente feliz con la vida que ha construido.
En Nicaragua trabajaba en turismo, pero el cierre del negocio de sus jefes y el empujón de sus padres lo trajeron a buscar suerte a Costa Rica, donde ya vivía su mamá. Al llegar al país, empezó de cero su nueva vida y lo primero que hizo fue buscar trabajo.
Trabajó en un super chino y luego se enamoró del baile
Sus primeros pasos en Tiquicia no fueron fáciles. Pasó tres meses sin trabajo hasta que consiguió un puesto en un supermercado chino. Ahí estuvo nueve meses.
“En aquel entonces solo tenía el pasaporte y, aunque hablaba inglés por mi formación en turismo, sin papeles no podía aspirar a mucho”, recuerda.
Pero la vida da muchas vueltas y mientras trabajaba en Aserrí, descubrió una de sus grandes pasiones: el swing criollo.
“Iba a un salón que se llamaba Tito’s y ahí me quedó la espinita por el baile; desde ahí dije: ‘Voy a meterme a clases de baile también’, y cuando me di cuenta ya estaba tomando talleres y luego dando clases”, confiesa.
Esa curiosidad se convirtió años después en su sustento de vida.
Turrialba: El lugar que le dio un hogar
El nicaragüense siguió buscando trabajo por Internet y así fue como consiguió uno como asistente de una pareja de estadounidenses en Turrialba.
Pero luego la vida lo puso nuevamente en una encrucijada cuando sus jefes decidieron regresar a Estados Unidos. Cuidó la casa de ellos mientras se vendía, pero ya luego se quedó sin ingresos.
Lejos de rendirse, aprovechó el tiempo para estudiar Enseñanza del Inglés en la Universidad Americana y, paralelamente, se certificó como instructor de zumba.
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“Actualmente, las clases de baile son mi ingreso principal. He dado talleres para niños y adultos, incluso ayudé a grupos que fueron a competiciones representando a Turrialba”, cuenta con orgullo.
A pesar de ser profesor de inglés graduado, la burocracia y la inestabilidad de los interinatos en el sistema educativo lo han mantenido enfocado en el fitness, un área donde ya tiene un nombre consolidado en la zona.
La pulseada de la residencia
Si algo le costó a Carlos, fue obtener la residencia. Tardó siete años en el proceso.
“Fallé como tres veces, no por un examen, sino por cómo se aplicaba. Recuerdo que en una ocasión un patrón se echó para atrás por miedo a dar datos económicos y eso hizo que no me dieran la residencia”, relata.
Fue gracias al apoyo de los Jesuitas (Servicio Jesuita a Migrantes) que finalmente logró poner sus papeles en regla, un alivio que hoy le permite trabajar tranquilo y viajar cada año a visitar a su familia en Nicaragua, algo que disfruta muchísimo.
Él dice que aunque se siente bien en Costa Rica y es feliz con lo que hace, en algunos años quiere regresar a vivir a Nicaragua, pero eso será después.
“Me visualizo viviendo en mi país nuevamente, pero no ahorita. Estoy disfrutando mucho lo que hago aquí porque siento que impacto positivamente la vida de los demás.
“Estoy disfrutando estar aquí, me gusta lo que hago, por decirlo así, porque de una u otra manera es como una manera de ayudar, de impactar y de poner un granito de arena en mejorar la vida de cada quien”.
Un sueño entre maletas
Hoy, Carlos combina su pasión por el baile con un nuevo proyecto: es coordinador en una agencia de viajes, lo que le permite llevar grupos de ticos a conocer las maravillas de Nicaragua y otros países.
Ese nuevo trabajo le ayuda a cumplir otro de sus sueños.
“Yo siempre he dicho que uno de mis sueños es retirarme viajando, no sé cómo lo voy a hacer, pero ahora que estoy trabajando con esta gente, no sé si eso sea como un punto de inicio para ese sueño”, comentó.
Si usted vive en Turrialba y quiere ponerse en forma con el sabor y la disciplina de Carlos, puede encontrarlo en varios gimnasios de la zona, donde sus clases ya son un sello de energía y superación.






