¿En manos de quién está la salud de los costarricenses? Porque después de vivir lo que se pasa en el servicio de Emergencias del hospital Max Peralta, en Cartago, cuesta mucho creer que la prioridad sea el bienestar de los pacientes.
Ir a un hospital público cuando un familiar está enfermo debería representar un alivio. Sin embargo, para quienes hemos tenido que pasar horas sentados esperando una respuesta, puede convertirse en una verdadera tortura.
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No se trata solamente de la saturación de los servicios de salud. Se trata también de organización, empatía, vocación y de entender que detrás de cada paciente hay una familia que sufre.
Siete horas de espera y nadie da respuestas
Más de siete horas esperando para recibir una atención que, cuando finalmente llega, puede durar apenas diez minutos.
Primero las preguntas superficiales, luego la ventanilla y después una silla donde nadie sabe cuánto tiempo tendrá que permanecer.
Lo más indignante es intentar pedir ayuda cuando la preocupación por un familiar enfermo ya no permite quedarse callado.
Después de casi dos horas de espera, interrumpí para suplicar que nos atendieran.
La respuesta fue: “Ni siquiera está en la lista, acaba de llegar. Hay gente que tiene siete horas esperando y van primero”.
¿Acaba de llegar? ¿Después de casi dos horas?
Entonces, ¿cómo funciona esto? ¿Si me voy a enfermar mañana, tengo que presentarme desde hoy para conseguir un lugar?
No estoy pidiendo que se ignore a otros pacientes ni que se altere el orden de atención médica. Estoy pidiendo que alguien explique qué está pasando y que una persona enferma no sea tratada como si estuviera haciendo fila para cualquier trámite.
Dos consultorios y una sala llena de desesperación
Durante nuestra visita, solamente había dos consultorios atendiendo. Dos.
Mientras tanto, las sillas estaban ocupadas por personas enfermas, adultos mayores y familiares que esperaban alguna respuesta.
Lo más preocupante es que, según comentaron trabajadores del propio servicio, la situación ya había sido planteada ante las jefaturas sin que, hasta ese momento, vieran una solución.
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Incluso escuché a un médico preguntarle a otro: “¿Pongo en el expediente que las horas de espera son porque solo hay dos consultorios?”.
Detrás de un número hay una persona
Para el sistema, pareciera que la vida de alguien puede reducirse a una ficha, como la SE910.
Pero, detrás de ese número hay una mujer de 65 años, diabética e hipertensa, que lleva días con dolor sin dormir, ni comer adecuadamente y que ha presentado episodios de hipoglucemia con mediciones de 54 y 38, además de registros de presión arterial de 210/100.
Y detrás de ella hay una familia que lleva una semana sin dormir bien, angustiada, intentando conseguir atención.
Cuatro visitas a Emergencias en una sola semana.
Cuatro veces buscando respuestas.
Y la sensación de salir sin una solución que permita recuperar un poco de tranquilidad.
Lo que más duele no es solamente esperar. Es sentir que, cuando finalmente llega el turno, ni siquiera se toman el tiempo de mirar al paciente a la cara.
Preguntas rápidas, un examen y de regreso a la casa.
En nuestra experiencia, hubo una atención en la que ni siquiera se realizó una exploración física de la paciente.
¿Cómo puede una familia sentirse tranquila si ve que la condición de su ser querido no mejora y cada nueva visita termina prácticamente igual?
La salud no puede depender de cuánto aguante una familia
No pretendo desconocer el esfuerzo de los médicos y enfermeros que trabajan bajo presión, ni afirmar que todos atienden de la misma manera.
Pero tampoco se puede justificar cualquier trato alegando que el servicio está saturado.
La falta de recursos no debería convertirse en falta de humanidad.
Un paciente merece que lo escuchen, que lo miren y que le expliquen qué está pasando. Una familia merece respuestas, aunque la respuesta sea que debe esperar por una razón médica.
Lo que no merece nadie es pasar horas entre la angustia y la incertidumbre, sintiendo que pedir ayuda resulta una molestia.
En aquella sala había personas cansadas, enfermas y desesperadas. Y familiares que, después de tantas horas sentados, parecían necesitar atención también.
Se llega acompañando a un enfermo y, con semejante desgaste, casi salen dos o tres.
¿Quién responde por lo que ocurre en el Max Peralta?
La pregunta es para las jefaturas del hospital Max Peralta y para las autoridades de la Caja Costarricense de Seguro Social.
¿Es suficiente contar con dos consultorios para la cantidad de personas que esperan atención? ¿Quién supervisa los tiempos de espera? ¿Quién escucha las quejas de los pacientes y sus familias? ¿Qué se hace cuando una persona debe regresar cuatro veces en una semana porque continúa enferma?
No se trata de exigir privilegios. Se trata de exigir dignidad.
Porque siete horas en una silla pueden parecer una estadística para quien administra un hospital, pero para una familia que teme por la salud de su ser querido son siete horas de angustia.
Y cuando finalmente llega el turno, lo mínimo que uno espera es que el profesional levante la mirada, vea a la persona que tiene enfrente y recuerde por qué escogió trabajar en salud.
La vida de un paciente vale mucho más que un número en una ficha.

