En una casa de Monserrat de Alajuela, en medio de caminatas diarias, ladridos emocionados y colitas que no paran de moverse, una perrita de raza schnauzer llamada Zola Zoe, se volvió el corazón de un hogar que estaba herido.
Erick Valverde Moreno, de 45 años, jamás imaginó que una adopción sería tan determinante en su vida. El 11 de agosto del 2024, Erick perdió a su papá.
Tenía planes de traerlo a vivir con él, de compartir techo, café y conversación, pero la muerte se adelantó y dejó un vacío enorme.
“Yo me iba a traer a mi papá a vivir conmigo, ya estaba todo pensado, pero falleció y me dejó un hueco muy grande. La casa se sentía demasiado silenciosa”, recuerda Erick, con la voz pausada y recordando que dejó un departamento para irse a una casa más grande para convivir con su padre.
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Desde pequeño siempre tuvo perros, por eso se mantuvo fiel a adoptar; sin embargo, dos intentos anteriores se frustraron. Al primero que adoptó fue a Lulú, una mezcla de french poodle con maltés que hoy tiene 5 años y vive con su sobrina Susana.
Luego llegó Mía, una zaguatica que terminó acompañando a Chuvi, el perrito gordito de su hermana, y hacen una dupla inseparable. Pero Zola fue distinta. Fue la tercera adopción. Fue la definitiva y con la cual sí pudo quedarse.
“Química total”
Zola llegó a su vida el 13 de octubre del 2024. Erick la encontró por Facebook, a través de un muchacho de Turrúcares que le envió fotos de varios cachorros. Él siempre ha preferido perritas, y al ver aquella bolita peluda de apenas un mes, supo que era ella.
“Cuando la vi por primera vez fue química total. Estaba muy pequeñita, la agarré y me la puse en el pecho. Sentí algo especial. Yo sabía que no se iba a ir más”, cuenta.
Ese mismo día salió corriendo a comprarle camita, alimento, juguetes, correa y hasta un huesito. Zola comenzó tímida, como resentidita, pero poco a poco se fue soltando. Se ganó el patio, la sala y el corazón.
Hoy, cuando Erick le muestra la pechera, Zola ladra como loca de felicidad porque sabe que vienen los 30 minutos mínimos de caminata diaria. Tienen año y medio de salir todos los días. Erick tiene una pierna operada y no puede correr, pero caminar se volvió parte de su rutina sagrada.
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“Tengo año y medio caminando todos los días. Se nota en el peso, en la condición física, en la energía. Yo he tendido a padecer insomnio y ahora llego cansado y me duermo mejor. Ella me ayudó hasta en la salud”, afirma.
Una colita que sana el alma
Más allá del ejercicio, Zola fue medicina emocional. “Yo soy muy solitario. Ella vino a enseñarme ese cariño de hogar. Hay quien le mueva la cola a uno cuando llega. Es un amor incondicional que uno sabe que nadie le va a dar igual”, dice Erick.
Durante el duelo por su papá, la rutina cambió. En vez de quedarse pensando en la ausencia, tenía que levantarse, sacarla a caminar, jugar, preocuparse por su comida. Tenía qué y para quién vivir.
“Al estar solo uno piensa demasiado. Con Zola tenía que hacer otra cosa, distraerme. Ella me ayudó mucho en el proceso del luto”, confiesa.
En diciembre pasado, cuando Zola se enfermó fuerte del estómago, el susto fue enorme. Varias noches estuvo decaída y Erick casi no dormía pendiente de ella. La llevaron al veterinario y con tratamiento se recuperó.
“Me preocupé muchísimo. Gracias a Dios salió adelante. Ahí uno confirma cuánto la ama”, admite.
Zola es cariñosa al extremo, aunque con los hombres tiene un poquito más de recelo. Con mujeres y niños es puro amor. Nunca se le ha perdido, y Erick dice que se volvería loco si algo así pasara.
Le encantan las galleticas de premio y la zanahoria, disfruta la música plancha igual que su dueño (cuando él canta, ella ladra, como si hicieran dúo) y prefiere dormir antes que ver tele. Con otros perros es juguetona, incluso con los callejeritos, siempre quiere socializar.
Erick hasta le tiene una camarita en la casa para hablarle desde el trabajo. “Paso pendiente, le hablo para que sepa que estoy ahí. Es parte de mi vida totalmente”.
Más que mascota, es familia
Zola no solo llenó un espacio. Le devolvió movimiento a la casa, salud al cuerpo y paz al corazón. En tiempos donde el duelo puede volverse oscuro, una perrita adoptada demostró que el amor peludito también salva.
Y en el caso de los schnauzer como Zola, hay que chinearlos con responsabilidad: necesitan alimento balanceado acorde a su tamaño y edad, cuidar que no suban de peso porque tienden a ganar kilos con facilidad, ofrecerles premios saludables como vegetales seguros (la zanahoria es una buena opción en porciones pequeñas) y mantenerles siempre agua fresca.
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Su pelito ocupa cepillado constante para evitar nudos y visitas periódicas a la peluquería canina. También es clave vigilar su salud digestiva y hacer chequeos veterinarios anuales, porque esta raza puede ser sensible del estómago y a ciertos problemas metabólicos.
Con buena alimentación, higiene constante y amor del bueno, un schnauzer puede ser un compañero leal por muchos años.
Porque al final, como dice Erick, “ella no habla, pero lo entiende todo. Y yo tampoco necesito que hable para saber que llegó para quedarse”.





