Stephanie Hernández García solo vivió 24 años, pero su recuerdo permanece imborrable en el corazón de su familia.
El próximo enero del 2027 se cumplirán diez años de su asesinato, uno de los hechos más violentos y dolorosos en la historia reciente de Costa Rica: la masacre de Liberia, en Guanacaste, donde cinco jóvenes universitarios perdieron la vida.
A pesar del profundo vacío que dejó su partida, la familia ha encontrado pequeñas luces de esperanza que les han permitido seguir adelante.
Antonia Hernández, tía de Stephanie, conversó con La Teja y relató cómo han sobrellevado el dolor de una pérdida que, asegura, nunca podrá superarse.
Antonia y Stephanie crecieron juntas y su relación era tan cercana que se consideraban hermanas. Esa conexión, según cuenta, se mantiene, incluso, después de la tragedia, pues en varias ocasiones ha soñado con la joven.
“Siempre sueño con ella y me dice que no está muerta, que está en un lugar muy seguro y en paz. No sueño cosas feas con ella”, confesó Antonia.
Estos sueños se han convertido en un consuelo para la familia, brindándoles fortaleza en medio del duelo. Sin embargo, la abuela de Stephanie, quien prácticamente fue su madre de crianza, aún no ha logrado tener esa experiencia, pese a su deseo.
Una luz en medio del dolor
Cuatro años después de la tragedia, en enero del 2021, el nacimiento de la hija de Antonia trajo un nuevo significado a la vida familiar. La pequeña, que hoy tiene cinco años, claramente no llenó el vacío dejado por Stephanie, pero sí se convirtió en un símbolo de esperanza y sanación.
“La bebé que yo tengo nos ha servido como terapia. Hay cosas que mi mamá ve en mi niña que le recuerdan a Stephanie”, expresó Antonia.
La tía describe a Stephanie como una joven de carácter fuerte y asegura que su hija muestra rasgos similares, lo que fortalece el vínculo emocional con su memoria. La niña, al observar las fotografías familiares, suele preguntar por su tía y cómo podría conocerla, interrogantes que representan un reto emocional para la familia.
“Mi niña ve los cuadros y me dice: ‘mamá, ¿quién es esa muchacha que está ahí?’ y le digo: es su tía, y luego me dice ‘¿dónde está ella?’, ella está en el cielo, ‘¿y cómo hago para llegar al cielo? para verla’, y eso son cosas que ya uno no sabe ni cómo explicarle”.
Un sueño que quedó pendiente
Stephanie estudiaba para convertirse en maestra de preescolar, una vocación que reflejaba su deseo de servir y superarse. Proveniente de una familia humilde, había encontrado en la educación el camino para construir un mejor futuro.
“Pienso que si ella estuviera viva, sería una excelente maestra. Mi mamá trató de darle todo para que cumpliera sus sueños, pero tanto esfuerzo fue truncado”, lamentó su tía.
Una tragedia que marcó al país
La madrugada del 19 de enero del 2017, en barrio La Victoria de Liberia, Guanacaste, ocurrió el violento ataque que conmocionó a Costa Rica.
Stephanie fue asesinada junto a su novio, Joseph Briones Solís (22 años), sus amigas Dayana Martínez Romero (24) e Ingrid Massiel Méndez Serrano (23), y el joven Ariel Antonio Vargas Condega (24), todos estudiantes universitarios con sueños de superación.
La única sobreviviente, prima de Stephanie, logró salvar su vida al fingir estar muerta y, pese a sus heridas, consiguió pedir ayuda, demostrando una valentía que la familia reconoce profundamente, con el tiempo ha logrado reconstruir su vida.
“Ella es muy valiente, es para que esté traumada, llevando ese peso encima y gracias a Dios ha sabido manejarlo, por decirlo así. Ha continuado con su vida, de verdad, no se aferró a eso, ahora ella trabaja y también estudia”, dijo Antonia.
Ella estuvo internada en el hospital Enrique Baltodano de Liberia, en una condición crítica, pero terminó siendo una testigo clave para resolver el caso.
María José Rodríguez Cruz, socióloga de la Unidad del Comportamiento de la OPO, explicó en el podcast Expediente Cero 43 del OIJ, que las limitaciones para entrevistar testigos son diversas, pero este caso los coloca en otra situación de mayor esfuerzo.
“Había muchas particularidades, pues no solo era una menor de edad, sino que fue testigo de los hechos, víctima de esta persona que aún no era detenido, por lo que además de la limitación física que presentaba al haber sufrido una profunda herida en su cuello, las secuelas emocionales eran simplemente devastadoras y evocaban recuerdos que impedían la fluidez de la pericia”, recalcó.
El Monstruo de Liberia
Las víctimas dormían cuando fueron sorprendidas por la maldad, así lo estableció la reconstrucción de hechos de los investigadores.
“Se pudo determinar que las cinco víctimas dormían cuando fueron atacadas. Stephanie y Joseph junto a la menor sobreviviente dormían en un cuarto; en el cuarto de al lado se encontraban Ingrid y Ariel, mientras que Dayana dormía sola en el tercer dormitorio”, confirmaron los informes judiciales.
De acuerdo con los análisis forenses, el hombre atacó a los estudiantes a la 1:09 de la madrugada y los homicidios ocurrieron entre las 2:10 y 2:49 de la mañana.
En un apagador de electricidad quedó una huella con sangre, con esta luego identificaron de quien era.
“El sospechoso ingresó de manera abrupta y con cuchillo en la mano, despertó a los jóvenes y los obligó a salir del cuarto para llevarlos a donde estaban durmiendo Ariel e Ingrid, a quienes despertó pasándoles el cuchillo por las piernas. Seguidamente obligó a Ariel a que amarrara a Joseph, Ingrid, Stephanie y la menor de edad de pies y manos. Una vez que estaban imposibilitados para defenderse amarró a Ariel y para asegurarse que no se iba a soltar, apretó las amarras que este había hecho”, detallo Abelardo Solano, quien era el jefe del OIJ en Liberia, también en el podcast.
A la semana de la agresión, la sobreviviente tuvo la valentía de describir los hechos, identificar al responsable al dar rasgos físicos y describir un tatuaje en la espalda. Además, recordó que llevaba un cuchillo anaranjado, andaba con pantaloneta y tenis blancas sin cordones.
Las investigaciones del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) determinaron que el responsable fue Gerardo Alonso Ríos Mairena, alias Waco, nieto de los dueños de la casa que alquilaban los jóvenes, quien fue apodado como el “Monstruo de Liberia” debido al nivel de violencia del ataque.
Las viviendas tenían comunicación por medio de un pasillo.
Un sacerdote también fue clave en este caso, pues llegó hasta el OIJ y le entregó un sobre, que al abrirlo venía escrito en una hoja de papel el nombre de una persona y una foto similar al retrato hablado, así como la dirección de esta persona. El cura señaló que una persona se lo había entregado a él y este sirvió como canal para hacer llegar la información.
Gerardo Ríos se escondió debajo de una cama cuando vio que el OIJ allanó la vivienda en la que vivía, el asesino descuenta una sentencia de 216 años de cárcel, pero el máximo en la legilación de Costa Rica es de 50 años.
Un recuerdo que permanece
A casi una década de la tragedia, la familia de Stephanie mantiene viva su memoria. Decidieron donar muchas de sus pertenencias para que otras personas pudieran aprovecharlas, conservando únicamente fotografías y algunos recuerdos significativos.
“A ella nunca la olvidamos, la llevamos en el corazón”, afirmó Antonia.
La historia de Stephanie Hernández no solo representa una pérdida irreparable, sino también un testimonio de resiliencia y amor familiar. En medio del dolor, la llegada de una nueva vida y los recuerdos llenos de cariño se han convertido en la esperanza que les permite seguir adelante, manteniendo vivo el legado de una joven cuyos sueños continúan inspirando a quienes la amaron.








