La vida de Aníbal Quesada Paniagua estuvo marcada por el amor, la tragedia y una fe que, lejos de quebrarse, terminó convirtiéndose en su refugio.
Cuando era joven, estudiaba para ser sacerdote. Sin embargo, en medio de su formación como seminarista, conoció a Giselle Castillo Lara y se enamoró. Decidió dejar el seminario para formar una familia junto con ella.
En cuestión de meses se casaron y tuvieron dos hijos: Jairo y David, la familia vivía en Río Frío de Sarapiquí, pues Aníbal encontró trabajo en el área administrativa de una empacadora de banano.
Era una etapa plena, en la que ella también soñaba con retomar los estudios universitarios de Tecnología de Alimentos en la Universidad de Costa Rica (UCR), mientras los niños crecían. Pero el destino alejó físicamente para siempre a esta familia debido a un accidente aéreo.
En Expediente LT retomamos la historia de esta familia que se formó cuando Aníbal tenía 24 años y Giselle, 21 años. A esa edad se casaron en julio de 1978 en La Guácima de Alajuela; no obstante, fueron separados nueve años después cuando una avioneta se estrelló en las cercanías del túnel del cerro Zurquí.
Giselle murió a sus 29 años, su hijo mayor Jairo falleció a los 6 años y David, de 4 años.
El vuelo que cambió todo
La mañana del viernes 27 de febrero de 1987, Giselle viajó con sus dos pequeños en una avioneta desde Río Frío de Sarapiquí hacia San José.
La aeronave era un Piper Azteca, matrícula TI-AFI, y era piloteada por Alfonso Rodríguez Sancho, de 42 años.
La mamá había madrugado porque quería llegar al primer día del novenario de su abuelita paterna, quien había fallecido 10 días antes; además, aprovecharía para comprar los uniformes de la escuela de su hijo mayor.
Antes de salir de casa, el hijo mayor le dijo a su papá Aníbal que él quería irse con él en el carro. El papá llegaría después a recogerlos luego de cumplir con su trabajo. No obstante, Giselle insistió en que los niños se fueran con ella, justamente, para comprar los uniformes.
Así lo recordó Mariluz Castillo Lara, hermana mayor de Giselle.
“Me decía Aníbal que él se sentía muy mal, porque el chiquito mayor, Jairo, quería quedarse y venirse con él en el carro, porque él también iba a venir después de trabajar, y que Giselle le dijo: ‘No, sí por él es que voy ya en avioneta para ir a comprar unas cosas que me faltan del uniforme. Porque el chiquito ya iba para primer grado”, recordó Mariluz, quien además de tía era la madrina de los niños.
La avioneta nunca llegó a su destino
Mariluz estaba pendiente de la llegada de su hermana y sus sobrinos, pero la avioneta nada que llegaba. La familia se enteró de que ya no salía en el radar; desde ese momento comenzó la preocupación.
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Justamente, la noche del día anterior, Mariluz regresaba de un paseo en Guanacaste con sus hijos y esposo. Durante el trayecto, ella y su hijo mayor se dormían, pero un sueño de un accidente los despertaba. Luego se dieron cuenta de que fue la antesala de lo que enfrentaría el hogar.
Los allegados que se iban a reunir para un novenario, ahora estaban reunidos rezando para tener noticias de sus tres familiares.
Aníbal viajó a la casa de la familia de su esposa y estuvo con ellos pendiente de cualquier información. Al día siguiente, iniciaron el rescate, pero el paradero era incierto. La mañana del sábado 28 de febrero, nuevamente se madrugó para buscar la avioneta.
Los allegados presentían lo peor, pero aun así guardaban la esperanza; no sabían que la avioneta se había estrellado cuando pasaba por el cerro Zurquí. Murieron todos los ocupantes. Al día siguiente, sus familiares los encontraron sin vida.
Un bombero amigo de Mariluz se encargó de llamar a la familia que permanecía en Alajuela y les dio la noticia.
Para Aníbal, el golpe fue devastador. Pero entre todos los recuerdos que lo acompañaron desde entonces, hubo uno que nunca pudo borrar: la voz de su hijo mayor pidiéndole no subir a ese vuelo.
Esos recuerdos siguen en la memoria de cada uno de los familiares que mantiene el recuerdo de ellos presente.
El último deseo de Giselle
Un mes antes del accidente, Giselle le había dicho algo a su familia; prácticamente, los estaba preparando.
“Mi hermano menor me ayudó a manejar y fuimos a la casa de ella, junto con mis hijos. Ella nos comentó que había leído un libro que decía que uno tenía que aceptar el dolor, no como siendo masoquista, sino como la voluntad de Dios. Era como preparándonos para la muerte”, recordó la hermana.
También les dijo cómo quería que fuera su funeral cuando la tuvieran que despedir para siempre.
“Nos decía que si algún día se moría, ella quería marimba, guitarra, fiesta y flores, porque ella era como nuestra abuelita, una persona alegre. Cuando nuestra abuela murió, ella también viajó en avioneta y me decía: ‘¿Por qué buscas un vestido de luto, si a abuela le gustaba el color rojo? Así es como tenemos que despedirla’”, según recordó su hermana mayor. Ella no quería lamentos cuando muriera; quería músicos y flores.
En medio del dolor indescriptible, su familia decidió cumplirle ese deseo. La despidieron con música y flores, como ella lo había pedido.
El regreso al llamado a los caminos de Dios
Tras perder a su esposa y a sus dos hijos, Aníbal quedó sumido en una tristeza profunda. Sin embargo, en medio del vacío encontró una decisión que transformaría su vida: retomar el camino que había dejado años atrás.
“Él nos dijo que para estar cerca de su familia tenía que estar cerca de Dios, y así fue como retomó su vocación”, expresó quien fue su cuñada.
No fue nada fácil para Aníbal; cinco años después de la tragedia, fue ordenado sacerdote. Para muchos, su decisión fue incomprensible; para él, era la forma de reencontrarse con Dios y de mantener viva la memoria de su familia.
Su historia se convirtió en un testimonio de fe para quienes conocieron su proceso. Pasó de ser seminarista enamorado a esposo y padre, luego a viudo devastado y, finalmente, a sacerdote.
Estuvo destacado en varias parroquias de San Carlos, Alajuela, zona norte del territorio costarricense. Para muchas personas, es recordado como un buen consejero matrimonial.
El cierre de un ciclo
Treinta años después de aquel accidente en el Zurquí, el sacerdote Aníbal Quesada Paniagua falleció de un cáncer.
Antes de morir, se mantuvo muy tranquilo, manifestó que se sentía en paz, convencido de que se reencontraría con su esposa e hijos.
Su vida quedó marcada por una tragedia que estremeció a quienes la conocieron. Pero también por una convicción que lo sostuvo hasta el final: que el amor no termina con la muerte y que, algún día, volvería a abrazar a Giselle, Jairo y David.







