Detrás de los goles, los títulos y el reconocimiento público hay una historia de sacrificios que pocas veces se cuenta. Dyana Guillén, esposa del exjugador de Alajuelense Pablo Gabas, reveló que la vida junto a un futbolista se caracteriza por largas ausencias, renuncias personales y aprender a tener un rol ante la activa carrera del deportista.
La pareja celebró 20 años de matrimonio (20 febrero 2006), una relación que comenzó en una iglesia, en Santa Bárbara de Heredia, y que ha superado mudanzas, etapas en el extranjero, la llegada de sus hijos Daniel y Mateo y momentos personales muy difíciles, como la muerte de los padres del excapitán liguista.
Se dice fácil, pero según Dyana, la fe, la comunicación y la capacidad de ceder han sido fundamentales para mantener un matrimonio sólido durante dos décadas.
Guillén conversó con La Teja sobre la oportunidad que ha tenido de reinventarse como profesional y junto a su amado hoy son exitosos empresarios.
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Parece fácil
- Se oye fácil cuando se dice que se cumplen 20 años de casados....
Sí, la verdad es que a veces siento que ha pasado tan rápido que no me lo creo. Digo: “No puede ser, 20 es un montón”. Me acuerdo de cosas de cuando estábamos recién casados. Nosotros pasamos mucho tiempo sin hijos, seis años completos. Entonces vivimos muchas cosas: vivimos afuera, volvimos, nos fuimos a vivir afuera otra vez.
Cuando pienso en eso, digo: “Uy, eso fue hace un montón de años”. O cuando vemos a amigos que hicimos en otros lados, sobre todo en México, que ya tienen hijos adultos, digo: “¡Por Dios! Si ellos eran bebés cuando los conocí o ni siquiera habían nacido”. Ahí es donde realmente siento el paso del tiempo.
- Sé que ha hablado del tema, pero ¿cómo es la vida de la esposa de un futbolista?
Es una vida muy sacrificada. Cuando me iba a casar, ya llevaba dos años de novia con Pablo, y en ese tiempo nunca estuvimos juntos en un aniversario de novios ni en los cumpleaños de ninguno de los dos. Tampoco pasamos juntos Semana Santa ni otras fechas especiales.
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Ahí entendí todo. Me dije: “esta es la vida que me espera, ¿estoy dispuesta?“. Y me respondí que sí, que ese era su trabajo. Mientras él jugaba fútbol, nos acostumbramos a que los días de descanso o de hacer algo juntos eran un lunes o un martes, no cuando todo el mundo comúnmente sale a pasear.
Cuando llegaron los niños, esa seguía siendo mi vida. A veces veo a jugadores más jóvenes que salen del país y al poco tiempo se tienen que regresar, y pienso que quizás no encontraron una compañera de vida que fuese la indicada. La mujer que decide estar con un jugador tiene que saber que le toca estar mucho tiempo sola y hacerse cargo de todo: las finanzas, el supermercado, el pago de servicios, llevar el auto al taller, organizar las vacaciones.
Pero también es bonito y tiene cosas lindas, que es lo que la gente ve desde afuera: el reconocimiento, los viajes, los privilegios de ir a la cancha a todos los juegos.
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- ¿Cuál ha sido la clave para mantenerse juntos estos 20 años?
Hemos enfrentado muchísimas cosas y momentos muy duros que, más bien, nos ayudaron a unirnos, como la muerte de los papás de Pablo. Primero falleció la mamá y diez años después el papá, ambos con enfermedades complejas. Fue un sacrificio enorme de ambos vivir todo ese proceso.
Siempre hay situaciones, pero la esencia ha estado en primer lugar en que ambos somos muy creyentes. Nos conocimos en la iglesia, así que siempre hemos puesto a Dios como el centro del matrimonio y de la familia; ese es nuestro pilar. Después, está el tratar de entendernos y saber que no todo puede ser como yo quiero ni como él quiere.
- ¿Cuánto le ha cambiado la vida desde que está al lado de Pablo?
Muchísimo. Mi visión de futuro cuando conocí a Pablo era estudiar, vivir afuera, ejercer mi profesión por mucho tiempo y luego, quizás, casarme. Terminé la carrera y trabajé un poco de tiempo, pero cuando acompañas a un jugador es muy difícil ejercer. Es bastante complejo.
Yo soy socióloga. Al principio ejercí un tiempo, pero ahí empecé a entender que la situación no iba a funcionar. Trabajaba de lunes a viernes y, si venía el fin de semana, Pablo no estaba porque permanecía concentrado. Cuando él tenía libre lunes y martes, yo estaba trabajando.
Nos preguntamos cómo íbamos a hacer, porque así no funcionaba. Fue ahí donde decidí dejar la profesión por un tiempo, pensando en retomarla más adelante.
Mi vida cambió mucho y ahí fue donde nació “El Sabor del Che” (negocio propiedad de la familia), porque sentía la necesidad de hacer algo, de no estancarme. Quería crecer, sentirme realizada y mantenerme ocupada. Pensamos en un negocio que yo pudiera administrar, manejar mi tiempo y que, eventualmente, si nos teníamos que ir fuera del país, se lo pudiera delegar a alguien.
El Sabor del Che nació una noche en la que nos dimos cuenta de que no había opciones para hacer asados en eventos al estilo argentino, o al menos nosotros no las encontrábamos. Pablo siempre terminaba cocinando el asado en las fiestas de los amigos, así que le propuse la idea.







