Cuando Ruth Acuña Ortega tenía 16 años y quedó embarazada de su primera hija, escuchó una frase que le dolió profundamente y que, lamentablemente, muchas adolescentes todavía escuchan: Que se había “cag... en la vida”, que todo se había acabado para ella.
Hoy, 16 años después, esta mamá de 32 años mira hacia atrás con lágrimas en los ojos, pero también con orgullo.
Aquella muchacha a la que muchos daban por vencida ya sacó su bachillerato universitario y actualmente cursa la licenciatura en Administración con énfasis en Gestión de Recursos Humanos en la Universidad Nacional (UNA).
De hecho, el pasado 26 de agosto, la UNA le dio el reconocimiento de Mérito Estudiantil Personal Social, que distingue una trayectoria construida sobre la perseverancia, el liderazgo y el compromiso con la comunidad universitaria.
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“Una termina creyéndoselo”
Ruth quedó embarazada cuando estaba en el cole. Tenía buenas notas, pero situaciones familiares y sociales, sumadas a la llegada de su bebé, provocaron que perdiera el año.
“Cuando yo quedé embarazada, estaba en décimo del colegio. Tuve muchas dificultades familiares, sociales y demás. Mucha gente decía: ‘Se ca... en la vida, se acabó su vida’, ‘usted tiró su vida a la basura’. Y como lo repite mucha gente, uno termina creyéndolo”, recordó.
Su primera hija, Neshmy Yalena, nació en octubre del 2010. Ruth logró asistir al colegio durante el embarazo, pero después tuvo que concentrarse en superar varios obstáculos y sacar adelante a su bebé. “Yo tenía que priorizar darle de comer y sobrevivir con ella”, contó.
Vivió momentos muy difíciles. Su papá la echó de la casa y tuvo que buscar dónde vivir. Por un tiempo sintió que el estudio había quedado completamente fuera de su camino.
Pero una persona llegó a recordarle algo que ella misma parecía haber olvidado: todavía tenía futuro.
Con un bebé en los brazos terminó el colegio
Cuando tenía 18 años, la mamá de una de sus parejas la impulsó a regresar a las aulas y hasta la ayudó a matricularse.
Ruth volvió a empezar el décimo año en la modalidad virtual en el Colegio Nacional Virtual Marco Tulio Salazar, en Golfito. Esa virtualidad le permitía estudiar de noche.
En 2012 volvió a quedar embarazada y, una vez más, escuchó comentarios de quienes creían que ahora sí no podría continuar. Sin embargo, siguió adelante.
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“Con el bebé, a veces en los brazos, en el regazo, así terminé quinto año. No me di por vencida”, recordó.
En 2013 logró terminar el colegio, pero la vida todavía le pondría más pruebas.
Bolsas negras de basura
Después de separaciones y situaciones difíciles, Ruth vivió durante un tiempo en una zona rural de Parrita. Allí sentía que no encontraba oportunidades, ni siquiera para trabajar.
A finales de 2018, tomó otra decisión que cambiaría su vida: agarró a sus dos hijos, metió sus cositas en unas bolsas negras y se fue a Sarapiquí para intentar entrar a la universidad.
“Yo fui muchas veces la de las bolsas de basura negras, de echar mi ropa en bolsas negras, agarrar a mis hijos y decir: ‘Yo voy a intentar esto’. Es un consejo que le doy a quien la gente y hasta la familia les dice que no van a poder: Que no se cansen de intentar”, aseguró.
Ganó el examen de admisión a la primera y, en el 2020, con 26 años, entró a estudiar Administración en la UNA.
No fue sencillo. Ella y sus hijos comenzaron prácticamente desde cero, con un colchón en el puro suelo, una refrigeradora y una olla arrocera.
“Dormíamos los tres en el mismo colchón y comíamos sentaditos en el piso. Fue muy difícil, pero ya hoy puedo decir: tengo el bachillerato y las condiciones han mejorado”, dijo.
El estudio como salvavidas
Ruth recuerda que el primer día de clases se sintió fuera de lugar al verse rodeada de jóvenes de 17 años. Por momentos pensó en abandonar y buscar un trabajo para tener ingresos inmediatos. Pero decidió intentarlo.
“Yo decía: ‘Si me tengo que trasnochar, si tengo que madrugar y lo que sea, lo voy a intentar’”, contó.
Hoy su hija mayor tiene 15 años, la misma edad en la que Ruth comenzó a vivir el proceso que la convirtió en mamá.
Por eso, cuando piensa en las adolescentes que reciben una prueba de embarazo positiva y sienten que el mundo se les viene encima, tiene un mensaje muy claro.
“Tener un hijo en la adolescencia no es lo mejor y va a ser difícil. No podría decir que es fácil, porque no lo es. Pero que no se rindan, que no se cansen de intentar y de cuestionarse si la vida que están viviendo es realmente la que quieren vivir”, afirmó.
Ruth todavía sueña con más. Quiere terminar su licenciatura, sacar una maestría y algún día convertirse en profesora.
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“Cuando recuerdo a aquella muchacha embarazada de 16 años, a la mamá que alguna vez no comió para que sus hijos sí pudieran hacerlo y a la mujer que dormía con ellos en un colchón en el suelo, entiendo que mi historia no terminó cuando muchos dijeron que había tirado la vida a la basura. Apenas estaba comenzando”, concluye con gran orgullo.




