Don Eduardo Mora Quirós tiene 81 años; vive en San Isidro de Coronado y cuando habla de su trabajo, no necesita pensarlo mucho. “Yo toda la vida he sido lechero de vender leche casa por casa y es un oficio que amo”, dice.
Empezó después de la escuela, cuando tenía 13 años. Su papá creció entre lecherías. Por eso, don Eduardo era uno más en ese oficio que durante décadas fue parte de la vida cotidiana de muchos pueblos y barrios de Costa Rica.
“Empecé desde niño y ya no he parado nunca más. Mi papá fue productor, tuvo fincas”, recuerda.
Desde entonces, la leche se convirtió en su forma de ganarse la vida y también en la manera de sacar adelante a su familia.
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Primero fue un carretón
En La Teja nos lo encontramos repartiendo leche en un pick-up manejado por su hijo en Cinco Esquinas de Tibás.
Cuando don Eduardo comenzó, ni se imaginaba que algún día tendría un vehículo porque acomodaba los tarros de metal de forma muy diferente. “Empecé con un carretón de mano. Lo empujaba por todos lados”, cuenta.
Alrededor de 1968 y durante unos años, hizo sus recorridos de esa manera por las zonas de Coronado.
Aquellos eran otros tiempos. La jornada empezaba cuando la mayoría de la gente todavía dormía.
“Me levantaba demasiado temprano en la madrugada, a eso de las 3 de la mañana. Yo no ordeñaba, les compraba a productores amigos, pero tenía que recoger la leche que después repartía; además, la gente me esperaba muy temprano”, recuerda.
A principios de los sesenta, el lechero era una pieza fundamental en los hogares de los barrios y pueblos. Por eso recuerda don “Lalo”, como le dicen los amigos, que vendía mucha leche al día. “Eran cuatro tarros de 40 litros cada tarro. Todo se iba en un día”, asegura.
Eso significaba colocar alrededor de 160 litros de leche durante una sola jornada. Sus rutas pasaban por Cinco Esquinas de Tibás, barrio Los Ángeles y El Pacífico, en el lado sur de San José, y otros sectores de Coronado. “Era pareja la venta, de lunes a domingo sin día libre”, dice.
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Además de la leche, llevaba y todavía lleva queso y natilla, especialmente esta última, que aún hoy considera uno de los productos que más valoran sus clientes.
“Lo fuerte es la natilla, por ser natural. Me prefieren por la calidad de lo natural de la leche y la natilla”.
De todos los días a solo dos
El coronadeño asegura que esa lucha tan fuerte por cada cliente ya desapareció casi del todo. “Había mucha competencia. Ahorita ya no”, reconoce.
El oficio también fue cambiando. Aquellos lecheros que anunciaban su llegada con un largo silbido, que cargaban los tarros metálicos en carretones, después, en pick-ups y recorrían las casas de los barrios, fueron desapareciendo poco a poco. Don Eduardo es uno de los pocos que quedan.
“Tengo que reconocer que la tradición del lechero ya no pasa de generación en generación como le pasó a mi papá conmigo. Los lecheros estamos cerca de desaparecer, por eso, que siga en pleno 2026 y la gente me siga prefiriendo y pidiendo es una bendición”.
Hoy ya no sale los siete días de la semana. “Ahora apenas vengo dos días”. Y no lo hace porque quiera abandonar completamente la actividad, sino porque la vida también cambió. “Ya estoy por mis gastos personales porque mis hijos crecieron”, cuenta.
“Salieron adelante con mi trabajito”
Si hay algo que hace sentir orgulloso a don Eduardo, es saber que su oficio de lechero permitió que sus seis hijos salieran adelante.
“Todos pudieron estudiar gracias a este trabajito. Son profesionales”, dice con enorme satisfacción.
Hoy uno de ellos, José, todavía lo acompaña. Trabaja en lo suyo, pero cuando puede está junto con su papá y también lo ayuda a manejar.
“Ellos (los adultos mayores que comenzaron a trabajar desde niños) trabajan hasta el último día”, dice el hijo, quien nos confirma que con don Eduardo se cierra la tradición lechera en la familia porque ninguno de los hijos siguió el oficio.
Cuando mira hacia atrás, no habla de cansancio ni de arrepentimiento. Habla de salud. “Repartir leche me ha dado salud para seguir durante tantas décadas sano y fuerte”.
Por ahora, mientras pueda, seguirá saliendo dos veces por semana con su leche y su natilla.
Y cuando llegue el día de guardar definitivamente los tarros, podrá decir que aquel muchacho que comenzó empujando un carretón en 1968 logró mantener vivo durante casi 70 años un oficio que para muchos ticos ya solo existe en el recuerdo.
“Muchas bendiciones de Tatica por haberme dado tanta salud y a ver a cuánto tiempito más estoy en la actividad”, concluye muy alegre por ser lechero, nos dijo, mientras le servía natilla a un cliente de muchos años.





