Cuando el río Sarapiquí comienza a sonar más fuerte de la cuenta, Dora Vanegas sabe que esa noche dormir será casi imposible.
Pone una alarma en el teléfono. A veces para dentro de una hora; otras, para una hora y media o dos horas. Suena, se levanta, sale de la casa, alumbra hacia el río y calcula cuánto ha crecido. Después vuelve a acostarse y espera la siguiente alarma.
“Como tenemos el río al puro frente de la casa, hay que estar viendo, estar pendientes por la noche. Pongo alarmas del teléfono para estarme levantando y ver el río”, contó.
Dora vive en Media Vuelta de Puerto Viejo de Sarapiquí junto con su esposo y sus dos hijas, de 16 y 10 años. La casa es de ellos y allí han construido su vida durante los últimos 16 calendarios. Por eso irse no resulta tan sencillo.
Cuando llueve demasiado y el Sarapiquí crece, comienza una rutina que esta familia conoce casi de memoria: levantar ropa, electrodomésticos, muebles y todo aquello que pueda salvarse del agua.
Uno aprende a escuchar el río
Dora asegura que con los años hasta ha aprendido a reconocer cuando la cosa se está poniendo fea.
LEA MÁS: Diputados opositores buscan suspender decreto de secreto de Estado de Laura Fernández
“Se escucha la correntada, cuando pega en las ramas de los palos y entonces uno sale a ver”, explicó.
Ese sonido basta para encender todas las alarmas, no solamente las del celular.
En una inundación ocurrida hace unos cinco años, el agua superó el metro de altura dentro de la vivienda. Cuando pudieron regresar, encontraron muebles, ropa, comida y la refrigeradora nueva flotando en el agua.
Ver la casa así duele, porque detrás de cada cosa que se pierde hay trabajo, sacrificios y recuerdos que el agua no distingue cuando entra.
Esta vez lograron levantar muchas de sus pertenencias y evitar pérdidas mayores, aunque eso no significa que hayan estado tranquilos.
El peligro también alcanza a los animales. Cuando la corriente aumenta deben mantenerlos en sitios seguros y sujetos, porque un descuido podría provocar que el agua se los lleve, los golpee o incluso los mate.
LEA MÁS: Diputado propone enorme cambio a la hora de inscribir el nombre de los hijos
Las hijas también viven la llena
Para Dora, una de las partes más difíciles es ver cómo esta realidad afecta a sus dos hijas.
Cuando las inundaciones golpean la comunidad, los puentes y caminos pueden quedar afectados y hasta asistir a clases se vuelve complicado.
En esos momentos existe la posibilidad de salir de la casa y refugiarse con familiares, pero hacerlo tampoco es fácil. Dora y su esposo sienten que alguien debe quedarse vigilando lo poquito o mucho que han conseguido durante años.
Incluso cuando el agua viene con demasiada fuerza, explica que deben dejar abiertas algunas puertas para permitirle el paso y evitar daños mayores.
Así que mientras unos buscan un lugar seguro, otros se quedan cuidando. Y las muchachas se preocupan.
“A ellas no les gusta salir de la casa, no se sienten cómodas. Como decía mi abuela: no hay como el chiquero de uno”, recordó Dora.
Esa frase resume buena parte de su historia. Su casa podrá estar frente a un río que algunas noches no la deja dormir. Podrá obligarla a levantar muebles, vigilar la corriente y vivir pendiente de las lluvias. Pero sigue siendo su casa.
“Vivir en un lugar más seguro por mis hijas”
Cuando se le pregunta qué cambiaría de toda esta situación, Dora no habla de muebles nuevos ni de recuperar alguna cosa perdida. Su deseo es mucho más sencillo.
“Vivir en un lugar más seguro por mis hijas, más que todo”, respondió.
Lo que tienen es lo que han construido durante años y las medidas que la experiencia les ha enseñado. Levantar las cosas más de 50 centímetros, escuchar el río, alumbrar hacia la corriente, poner otra alarma. Y seguir.
Porque vivir a la orilla del río Sarapiquí también les enseñó que después de cada llena toca limpiar, acomodar lo que sobrevivió y volver a empezar.
Cuando llega otra noche de lluvia fuerte, Dora programa nuevamente el teléfono. Duerme un rato, suena la alarma, se levanta, mira el río y regresa a casa. Una hora después, lo vuelve a hacer.
No porque se haya acostumbrado al miedo, sino porque dentro de esa casita están sus hijas, su esposo, sus animales y una vida entera que, mientras pueda, ella seguirá cuidando.





