El Día de los Fieles Difuntos o Día de los Muertos, se celebra cada 2 de noviembre en gran cantidad de países de Latinoamérica y Costa Rica es uno de ellos.
En esta ocasión acompañamos a una familia de los barrios del sur de San José en el funeral de la gran jefa del hogar, la mamá.
Doña Bernabella Solórzano García, fue una muy querida y respetada vecina de barrio Cuba. Con mucho cariño todos le decían doña Nela y falleció el pasado 31 de octubre.
A las nueve de la mañana en punto el padre Tito, de la parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, en barrio Cuba, comenzó la misa.
Fue una celebración de gran dolor para los familiares quienes recibieron palabras de consuelo de parte del sacerdote quien en esta ocasión, por ser 2 de noviembre, mantuvo las lecturas del día ya que tenían que ver con dejar este mundo y celebrar con Dios.
“No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar.
“Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino”. Tomas le dice: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Jesús le responde: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”, fue el evangelio.
¿Quién causa tanta alegría?
Una vez finalizó la misa, en la propia iglesia, llegó un momento demasiado emotivo, uno de los nietos de doña Nela, Danthe Cruz Zambrana, habló en nombre de toda la familia para agradecer a los que los acompañaron.
Además, recordó que su abuela le enseñó a cocinar, a ir por el buen camino de la vida e incluso “siempre recordaré el olor de la casa de mi abuelita. Fue una gran guía para mí”.
Antes de finalizar sus palabras el nieto no olvidó que doña Nela nació y vivió muchos años en Nicaragua en donde le inculcaron una profunda devoción por la Inmaculada Concepción de María. Recordó muchos 7 de diciembre cuando su abuelita celebraba La Gritería y compartía con vecinos en su casa en medio oraciones, cánticos y buena comida.
Por eso finalizó sus palabras a grito pelado haciéndole a todos los presentes, tres veces al mejor estilo nicaragüense una pregunta que nos arrugó a todos el corazón: “¿Quién causa tanta alegría?” Y todos respondimos tres veces, “la Concepción de María”.
Tras la celebración, en procesión a pie, la familia se dirigió al cementerio Calvo, también en barrio Cuba por el mercado Mayoreo. Incluso en el recorrido los acompañamos y estuvimos hasta el último momento.
En el propio cementerio uno de los cuatro hijos, Alfredo, muy afectado, nos dijo: “Enterrar a mamá el propio día de los muertos es lo peor que me ha pasado. Es un golpe muy duro para cual uno nunca se logra preparar.
“Mamá era muy querida por la gente y así se lo demostraron siempre. Ya ella está en el cielo, ya descansó. Estuvo muy enferma sus últimos días. Me alegra que ya está con Dios y con su amada Inmaculada Concepción de María”.
El país celebra
El 2 de noviembre se celebra en casi todos los cementerios del país con una misa especial. El origen de esta festividad es religioso. La Iglesia católica conmemora este día a quienes ya murieron, pero que, según la creencia, necesitan oraciones y misas de parte de los vivos para lograr su purificación del pecado y así alcanzar la presencia de Dios.
El 1 de noviembre se celebra el Día de Todos los Santos y honra a quienes fallecieron y ya están en el cielo. Es por eso que, oficialmente, en el año 998 la abadía benedictina de Cluny, en Francia, de la mano del abad san Odilón, se ordenó a todos los monasterios de su orden rezar y orar el 2 de noviembre por las almas que se encuentran en el purgatorio.
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La Iglesia católica, desde Roma, decide adoptar la celebración del 2 de noviembre en el siglo XVI y así fue extendiéndose por todo el mundo como por ejemplo, México, en donde las fiestas por los difuntos dura días.
“Mantener viva la práctica de orar”
Monseñor José Manuel Garita, obispo de Ciudad Quesada, comenta sobre el Día de los Difuntos: “Esta conmemoración nos deja varias enseñanzas. Primera, redescubrir el valor de la esperanza cristiana frente a una cultura que teme hablar de la muerte, la disfraza o la niega.
“El cristiano no huye de esta realidad, sino que la enfrenta desde la fe en la resurrección. Segunda, renovar nuestra confianza en la misericordia de Dios: nadie está perdido para siempre si se abre al amor de Dios. Tercera, mantener viva la práctica de orar por los difuntos, visitar los cementerios con fe, y ofrecer Misas en sufragio de quienes amamos. Y finalmente, vivir con los ojos puestos en la eternidad, conscientes de que la vida presente es camino y preparación para el encuentro definitivo con Dios”.












