El famosísimo actor de Hollywood Morgan Freeman se enamoró del talento de la escultora costarricense Sandra Rubinstein.
Freeman estuvo, una vez más, en Costa Rica sin hacer mucha bulla, de forma privada y solo vino con un objetivo, disfrutar de nuestra naturaleza y playas; sin embargo, terminó comprando una obra de arte de la escultora tica.
El actor de la película “Impacto Profundo”, en donde encarnó al presidente de Estados Unidos, estuvo nuestras playas guanacastecas.
Quienes compartieron con él aseguraron que fue muy humilde. Una pareja de amigos estadounidenses fue la que lo invitó al país.
Además, mostró su humor fino, cenó frente al mar y habló de lo que significa ser exitoso en la vida.
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En una de esas noches de cena amigable fue que Freeman conoció a Sandra, quien le mostró sus trabajos y dejó con la boca abierta al actor.
“Esa. Esa es la que quiero”, sentenció el actor al ver una obra.
Lo que Freeman no sabía en ese momento (y que parece sacado de un guion de cine) es que el nombre de la escultura coincidía exactamente con el concepto que él mismo había defendido minutos antes como la clave del éxito: “Determinación”, explica la propia escultora.
Rubinstein es una artista con una trayectoria consolidada que ha logrado que sus obras se caractericen por una profunda sensibilidad y una técnica impecable que explora la resiliencia humana.
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Freeman se conmovió y visiblemente identificado con la obra, según los testigos, al recibirla, la abrazó y le puso un apodo cariñoso: “La voy a llamar Didi”, prometiendo que la tendría en un lugar privilegiado para verla todos los días.
“El arte siempre me ha regalado grandes experiencias durante mi vida. Esta la atesoraré por siempre porque me recordó, a través de la sensibilidad de Morgan Freeman, que nuestra misión como artistas es traducir de manera sincera y visceral, nuestros más profundos sentimientos, alineados a la percepción de belleza que puede conmover con solo una mirada”, comenta Sandra Rubinstein.
Mientras muchos famosos vienen al país únicamente a buscar privacidad, Freeman se llevó algo más que un recuerdo: se llevó en su maleta un pedazo del alma artística de Costa Rica.




