Las puertas del quirófano acababan de cerrarse en Barcelona, España. Del otro lado quedaba Antonio Navarro Madrigal, un bebé de apenas un año que luchaba por un corazón sano.
Afuera permanecía su mamá, Fanny Madrigal Arroyo, abrazando una pequeña imagen de la Virgen de los Ángeles que había viajado desde Costa Rica para acompañarlos durante 47 días lejos de casa.
No le pidió riqueza. No le pidió que desaparecieran los problemas. Solo le habló a La Negrita como una madre que entiende el dolor de otra madre.
“Madrecita, Virgencita de los Ángeles, usted ya pasó por esto cuando entregó a su hijo. No me suelte al mío. No se lo lleve. Yo lo quiero aquí conmigo. Después de tantas pérdidas, no me lo suelte”, recuerda hoy, mientras su voz vuelve a quebrarse.
Aquella oración no nació aquel día en España. Había comenzado muchos años antes, cada vez que Fanny llegaba hasta la Basílica de los Ángeles en Cartago para poner en manos de la Patrona de Costa Rica el sueño de convertirse en mamá.
Tres despedidas antes del milagro
Antes de que Antonio llegara a su vida, Fanny y su esposo, Yerald Navarro Navarro, vivieron tres pérdidas gestacionales que marcaron a la familia para siempre.
Antes y después de cada una, ella hacía lo mismo: iba donde La Negrita. “Yo nunca sentí enojo con Dios. Llegaba donde la Virgencita y le decía: ‘Madrecita, pongo otra vez este embarazo en sus manos’.
“Una iba con toda la ilusión de una mamá creyente y cuando venía la pérdida, claro que dolía, pero también pensaba que si Dios lo permitía era porque tenía un propósito que yo todavía no entendía”.
En una de esas visitas, antes de la tercera pérdida, le hizo una promesa a la Virgen: organizar una fiesta de Navidad para niños de escasos recursos si algún día recibía el milagro de ser mamá.
El embarazo volvió a perderse. Sin embargo, Fanny nunca rompió aquella promesa. Organizó la fiesta igualmente. Y la sigue organizando cada diciembre.
Poco tiempo después, ocurrió algo que ni ella ni Yerald podían explicar. Él se había practicado una vasectomía, pero el procedimiento falló y Fanny quedó embarazada nuevamente, la cuarta vez.
“Yo le decía a mi esposo que aquello solo podía ser un plan perfecto de Dios. Nosotros ya no queríamos volver a pasar por otro duelo porque habían sido tres pérdidas muy duras.
“Cuando el doctor puso el ultrasonido y escuchamos el corazón de Antonio, volvimos a ir donde La Negrita para darle gracias y pedirle que nos acompañara durante todo el embarazo”.
El miedo volvió a tocar la puerta
La felicidad duró hasta el séptimo mes de embarazo. Los médicos detectaron una compleja cardiopatía congénita y comenzaron las advertencias. Les hablaron de un panorama muy difícil. Incluso, les dijeron que debían prepararse para cualquier desenlace.
Una vez más, la familia buscó refugio a los pies de la Virgencita en Cartago.
“Fuimos todos. Le dijimos que si Dios nos había regalado ese embarazo después de todo lo que habíamos vivido, era porque tenía un propósito.
“Cuando Antonio nació lo llevamos donde La Negrita. Un sacerdote lo tomó en brazos, lo presentó ante la Virgencita y yo le dije que algún día tendría que llevarlo a otro país para operarlo, pero que lo único que le pedía era que regresara con vida”.
Los meses siguientes fueron una carrera contra el tiempo. Costa Rica conoció la historia de Antonio. Entre bingos, cabalgatas, un evento de motocross, una subasta y la solidaridad de cientos de personas lograron reunir los ¢35 millones que necesitaban para viajar a Barcelona.
Antes de partir, vecinos, amigos y familiares se reunieron para orar por ellos. Les entregaron cartas, mensajes, estampas religiosas y una imagen de la Virgen de los Ángeles. Esa imagen permaneció durante toda su estancia en España junto a Antonio.
“Allá la tenía siempre conmigo. Mientras aquí en Costa Rica la gente encendía velitas y rezaba por Antonio, yo sentía ese apoyo como si todos estuvieran abrazándonos a mi hermana Gina Madrigal, a mi hijo y a mí, aunque estuviéramos a miles de kilómetros”.
El día que todo cambió
El 26 de mayo llegó el momento más esperado y también el más temido. Fanny entregó a Antonio al equipo médico.
“Uno lo pone en manos de Dios y de La Negrita, pero sigo siendo mamá y siento miedo. Cuando el doctor salió solo le veía la cara tratando de adivinar si traía buenas o malas noticias.
“Entonces me dijo: ‘Fanny, todo fue un éxito’. En ese momento sentí que la Virgencita me estaba respondiendo todas aquellas oraciones que hice durante tantos años”, recordó.
Los especialistas lograron corregir la compleja malformación del corazón. Pero todavía había otra noticia. Antonio no necesitaría una nueva cirugía por esa cardiopatía congénita y regresaría a Costa Rica sin medicamentos.
“Yo dije: esto es un milagro. Dios hizo su obra y la Virgencita de los Ángeles nunca nos dejó solos. Después de tanto sufrimiento entendí que cada pérdida, cada oración y cada visita a la basílica tenían un propósito. Hoy mi hijo está aquí, sano, caminando, diciendo ‘mamá’ y ‘papá’”.
















