Con una bolsa llena de prestiños, otra de churros y una ilusión enorme guardada en el corazón, Vanessa Chacón recorre calles, visita comercios, toca puertas y conversa con desconocidos.
Lo hace bajo el sol o la lluvia, después de largas horas de preparación y muchas veces con cansancio acumulado, pero también con una motivación que no la deja detenerse. Cada venta que logra representa un paso más hacia la universidad.
Cada moneda que guarda la acerca al sueño que lleva años persiguiendo. Y cada kilómetro que camina es una forma de demostrar que aquellas personas que le dijeron que había arruinado su vida estaban equivocadas.
La joven, de 23 años, vecina de Platanar de Florencia de San Carlos, todavía recuerda las palabras que escuchó cuando quedó embarazada a los 17 años.
Mientras muchas personas la felicitaban, otras se encargaban de recordarle que, según ellas, sus planes habían terminado.
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“Me decían que había arruinado mi vida. Recuerdo especialmente a un señor que me lo dijo directamente. Es algo que nunca olvidaré. Mucha gente piensa que cuando una muchacha queda embarazada ya no puede cumplir sus metas.
“Yo decidí demostrar que estaban equivocados. Cuando saqué mi bachillerato, fui y se lo enseñé al señor que me aseguró que había arruinado mi vida, porque quería que viera que seguía adelante y que mi historia no había terminado”, recordó.
Sueño nació jugando con unos niños
Desde niña fue aplicada para estudiar. Fue a la escuela Mario Salazar Mora, en Aguas Zarcas y, posteriormente, obtuvo el bachillerato en el Colegio de Santa Rita.
Siempre le gustó estudiar, especialmente Español, pero hubo un momento que marcó su vida para siempre. Una vez regresó a su antigua escuela para colaborar con el conteo de votos de unas elecciones estudiantiles.
“Me puse a jugar con los niños de transición y de materno. Verlos, compartir con ellos y sentir su alegría me llegó al corazón. Ahí me dije que quería ser profesora. Sentí que eso era lo mío.
“Quiero ser esa maestra que los niños quieran ver. Quiero que cuando me vean se les dibuje una sonrisa en la cara. Que se sientan seguros conmigo, que sepan que pueden confiar en mí y que siempre tendrán apoyo. Ese es el tipo de educadora que sueño ser”, afirmó.
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Mamá que nunca dejó de creer
Vanessa obtuvo su bachillerato en el 2020, en plena pandemia. Estaba embarazada. Mientras enfrentaba las preocupaciones propias de una futura mamá, también tenía que cumplir con clases, tareas y exámenes. Aun así, nunca pensó en abandonar.
Después se dedicó de lleno a la crianza de su hijo, Ángel Samuel, quien hoy tiene seis años y se ha convertido en una de sus principales motivaciones.
“Mi hijo nunca fue un obstáculo. Al contrario, él se convirtió en una razón más para salir adelante. Muchas veces pensé en todo lo que quería lograr para darle un mejor futuro y eso me daba fuerzas para seguir”, aseguró e inmediatamente nos confirma que actualmente estudia Secretariado Ejecutivo y espera graduarse pronto.
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Su plan es ingresar a la universidad en el 2027 para estudiar Educación. Sin embargo, había un problema enorme: el dinero.
Prestiños por un sueño
Decidió comenzar a vender prestiños y churros junto con su pareja, Greivin Rodríguez. La idea nació de un recuerdo de infancia. Cuando era pequeña, veía a su mamá vender prestiños y esa imagen quedó grabada en su memoria.
Ahora es ella quien prepara la masa, fríe los productos, empaca la miel y organiza los pedidos. Muchas veces termina entrada la noche. Aun así, al día siguiente vuelve a empezar.
“Es cansado. Hay días en que termino muy tarde porque todo lo hago yo. Pero cuando pienso que estoy ahorrando para estudiar, se me olvida el cansancio. Cada prestiño que vendo tiene un propósito. No estoy vendiendo solamente un producto, estoy construyendo mi futuro”, aseguró.
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Los fines de semana toma buses y camina por Aguas Zarcas, Ciudad Quesada, Pital y Florencia ofreciendo sus productos.
Solidaridad le devolvió la esperanza
La historia de Vanessa comenzó a tocar corazones. Gracias a las redes sociales aparecieron personas que decidieron ayudarla. Una profesora de inglés le ofreció apoyo sin cobrarle nada. Y un señor que conoció su historia por Facebook tomó una decisión que jamás olvidará. Le regaló una computadora.
“Lloré de felicidad. Son bendiciones que llegan cuando uno está haciendo las cosas con amor. Esa computadora significa muchísimo porque la voy a necesitar para seguir estudiando. Son ayudas que me hacen sentir que no estoy sola”, confesó.
“Estoy convencida de que los sueños sí se cumplen. Lo he visto en mi propia vida. Dios me ha abierto puertas que jamás imaginé. No me voy a rendir hasta conseguir mi título. Me veo graduada, me veo trabajando como educadora y sé que lo voy a lograr”, asegura llena de fe e ilusión.
Para pedidos de prestiños, llamar al: 7288-0884.





