Cuando José Ismael Urbina Mendoza mira hacia atrás, recuerda a un niño de seis años que cruzaba la frontera desde su natal Nueva Guinea, en Nicaragua, tomado de la mano de sus papás, Daniel Urbina y Zaira Mendoza.
Ellos tomaron la difícil decisión de emigrar a Costa Rica con el único propósito de construir un futuro distinto para la familia, sin imaginar el difícil camino que tendrían que recorrer.
A la par del proceso de adaptación, aparecieron las primeras heridas provocadas por la intolerancia y la discriminación por el simple hecho de haber nacido en otro país.
Discriminación diaria
En la escuela primaria, el rechazo se convirtió en un asunto diario que ponía a prueba, junto con su hermano mayor, su fortaleza en medio de recursos económicos muy limitados.
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“Mi hermano y yo teníamos una sola bicicleta. Uno se la llevaba por la mañana y por la tarde el otro la recogía en el camino para devolverse a la casa”, recuerda con claridad.
Aquel medio de transporte no solo representaba la forma de llegar a clases, sino también el blanco del rechazo de otros compañeros que buscaban desanimarlos.
“Hasta nos estallaban las llantas de la bicicleta y nos hacían a un lado. Son cosas que a uno lo desmotivaron en ese momento, pero al final entendíamos el esfuerzo de la familia”, reconoce.
Lejos de rendirse, el dolor se convirtió en el combustible para no abandonar sus metas: “Yo me decía que si había pasado por tantas cosas no era para dejar los sueños botados”.
Piñeras y bananeras
El tiempo transcurrió y José Ismael logró graduarse de secundaria en el Liceo Ambientalista de Horquetas de Sarapiquí, una zona que se convirtió en el hogar definitivo de su familia.
No obstante, la llegada de la pandemia en el 2020 y los escasos recursos de su hogar frenaron sus trámites migratorios, dejándolo sin documentos en un momento decisivo.
El papá trabajaba como peón agrícola de vez en cuando, por lo que pagar los trámites de regularización resultaba un imposible para la economía del hogar.
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Ante la falta de plata para ingresar a la educación superior, el joven no dudó en ponerle el pecho a la situación y salir a trabajar al campo para apoyar a su familia.
Durante meses trabajó como peón en fincas bananeras, en otras de plantas ornamentales y en extensas piñeras de la zona, enfrentando días de mucho esfuerzo físico.
“Nos levantábamos a las tres de la mañana para estar listos antes de las cinco. Era sembrar piña bajo el sol o bajo el agua, sin importar las condiciones”, recuerda sobre esa etapa.
¡A estudiar!
Un mediodía de 2021, bajo el sol fuertísimo del campo y con el cansancio acumulado en el cuerpo, José Ismael vivió el momento que cambiaría el rumbo de su vida para siempre.
“Ese día me puse a llorar en medio de la piñera y me dije a mí mismo: esto no es lo que quiero para mi vida. Ahí nació la determinación absoluta de seguir estudiando”.
Con el apoyo incondicional de su familia y el impulso de su novia (Alexandra Cruz), tramitó su condición de solicitante de refugio para abrirse paso en el sistema educativo costarricense.
Tras superar las barreras de tantísimos trámites, logró ingresar a la Universidad Nacional (UNA) en la Sección Regional Huetar Norte y Caribe, Campus Sarapiquí, en Educación Comercial.
Hoy, a sus 23 años y cursando el tercer año de su carrera, recibió el galardón como estudiante modelo universitario por su desempeño y liderazgo.
Su compromiso no se limita a las aulas; forma parte de la comisión ambiental Green Heart, desde la que promueve campañas de reciclaje y reforestación en la comunidad.
Además, dedica parte de su tiempo a ser mentor de estudiantes de primer ingreso, guiándolos para que no abandonen las aulas por incertidumbre o temor.
Una de sus vivencias más emotivas ocurrió durante una jornada de admisión, al llamar a jóvenes que ignoraban haber obtenido un cupo universitario.
“Gracias a usted estoy hoy aquí estudiando”, le dijo, tiempo después, uno de los muchachos a los que contactó. Una frase que llevaba grabada como su mayor triunfo.
Futuro profesor
José Ismael sueña con graduarse pronto, ejercer la docencia y dar a sus tres hermanos menores el respaldo económico y moral para que culminen sus estudios.
Ya Costa Rica es su hogar, el espacio donde demostró que la resiliencia transforma cualquier adversidad en esperanza.
A otros nicaragüenses que enfrentan momentos difíciles en Costa Rica les envía un mensaje directo: “Recuerde todo lo que ha luchado para llegar hasta donde está; sus sueños son suyos y de nadie más”.





