Winston Ortiz Romero tenía 10 años cuando sus padres decidieron sacarlo de Nicaragua y venir a Costa Rica. La familia dejó atrás un ambiente de guerra y hasta la sombra del ejército.
“En esos días era 1986 y la guerra en Nicaragua con la Contra era el pan de todos los días. Ya andaban buscando jóvenes para reclutar y yo en ese momento tenía 10 años. Entonces, para evitar que me reclutaran, mis papás se vinieron para acá”, recordó.
La familia no llegó a un país completamente desconocido. Winston ya había estado en Costa Rica; precisamente, cuando otra guerra afectó a Nicaragua. En Costa Rica tenía tíos y otros familiares viviendo desde hacía décadas.
“Nosotros habíamos venido antes, cuando yo tenía como tres años, para la guerra del 79 contra Somoza. Ya conocíamos más o menos y unos tíos también vivían aquí desde los años 70. La historia con Costa Rica de mi familia viene de 1900, porque a un tío de apellido Traña, creo que por 1910, el papá se lo trajo para Liberia. Entonces, desde por ahí andamos en estas tierras”, contó.
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Con los años, Costa Rica se convirtió en su casa y aquí encontró la profesión a la que dedicaría su vida.
Largas horas de estudio
Estudiar medicina le enseñó rápidamente que aquella profesión no era sencilla. Winston recuerda largas horas de estudio, poca vida social y una presión que aumentaba conforme se acercaba el momento de atender a pacientes.
“Uno no sabe a lo que se mete hasta que ya está en la carrera. En la parte académica, la cantidad de información es brutal. Uno tiene que estar constantemente leyendo, estudiando, tratando de memorizar. Entonces, vida social, solo entre el grupo reducido de compañeros de estudio. Eso fue muy difícil”, explicó.
“Cuando uno está en el último año de Medicina hace el internado, que es básicamente comenzar a poner en práctica todo lo que estudió y vivió durante la carrera. Entonces ya es diferente: hay todavía más estrés, más responsabilidad. Al principio es bastante estresante y conforme uno va agarrando práctica se baja un poco”, dijo.
Hoy trabaja en un servicio de urgencias y sigue encontrándose con pacientes graves, personas que llegan por infartos, problemas cardíacos, heridas o quemaduras.
Pero hubo otra área de la medicina que terminó tocándole especialmente el corazón: los cuidados paliativos.
Medicina que también escucha historias
Hace unos 20 años, cuando comenzó a trabajar, tuvo contacto con una unidad de cuidados paliativos y empezó a sustituir a médicos que atendían a esos pacientes. Aquella experiencia lo llevó a estudiar una maestría en esa área.
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Lo que encontró fueron pacientes con dolores que no siempre podían verse en un examen médico.
“Uno ve muchas situaciones dolorosas, tanto físicas como emocionales y psicológicas, que los pacientes vienen trayendo de su historia de vida.
“Había gente muy humilde, con problemáticas sociales, drogadicción, alcoholismo, abuso, y eso también impactaba a sus familiares. Había que tener todo un proceso de perdón entre todos los familiares”, relató.
Y quizá todas esas historias, escuchadas durante tantos años en los hospitales, también fueron alimentando al escritor que llevaba dentro.
De los hospitales a los cuentos
Hace dos años, Winston comenzó a escribir un cuento que él originalmente quería convertir en un audiocuento. De ahí nació “El bosque del hada”, una historia con animales y seres humanos, pensada para niños, dentro del libro “Cuentos, versos y algo más”.
Después, siguieron otros relatos. Algunos son para el público infantil, pero otros exploran temas paranormales y experiencias ocurridas en hospitales.
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Uno de ellos se llama “El fantasma” y nació de una historia real que le contó un familiar.
Un doctor caminaba por un hospital cuando vio abrirse las puertas de un ascensor. De ahí salió un señor que le preguntó dónde quedaba un salón. Conversaron y el hombre le explicó que había pedido permiso para irse a su casa y que estaba regresando.
“Las enfermeras le dijeron: ‘Pero, ese señor fue alguien que murió en horas de la mañana’. Entonces al pobre doctor se le erizaron todos los pelos”, comentó el médico nicaragüense.
Él mismo no ha tenido una experiencia paranormal de ese tipo, pero reconoce que las historias de sus compañeros le han servido de inspiración.
Hoy, cuando le preguntan qué significa para él ser médico, dice: “La verdad es que es una responsabilidad muy grande. Uno tiene que tener mucha tolerancia, paciencia, mucha responsabilidad, mucha ética y mucho amor por lo que uno hace.
“La medicina es un acto de responsabilidad, de amor y de un poco de arte también”.





