Cuando don Miguel Quirós habla de volcanes, no lo hace como quien recuerda un capítulo de los libros de historia. Lo hace como alguien que estuvo ahí, que sintió el estruendo, vio caer la ceniza del volcán Irazú y aprendió que la vida puede cambiar en cuestión de segundos con el volcán Arenal.
Siendo de San Carlos, se fue a San José por motivos de estudio y le tocó vivir las consecuencias de la erupción del volcán Irazú, que se inició en 1963, considerada por especialistas como una de las más devastadoras para Costa Rica desde el punto de vista económico y social.
Salió con un enorme susto y convencido de que jamás volvería a enfrentar una tragedia semejante.
LEA MÁS: Diputados harán un cambio histórico enorme que tiene que ver con el mayor tesoro: los niños
Por el viento, la ceniza llegó a San José desde Cartago y don Miguel, recuerda, fue muy afectado. Incluso nos dice, gracias a la colaboración de la Asociación de Desarrollo Integral de La Fortuna (Adifort), que “su cuerpo hasta el día de hoy resiente haber respirado tanta ceniza del Irazú”.
Debido a esa realidad de la ceniza, mejor volvió a su zona natal.
Buscando empezar de nuevo, se marchó a La Fortuna de San Carlos, pero el destino volvería a cruzarlo con otro volcán.
Cinco años después, el 29 de julio de 1968, el Arenal despertó con una violencia inesperada y cambió para siempre su historia. Este 2026 se conmemoran 58 años de aquel despertar del Arenal.
“Miedo, angustia, dolor... todo eso lo llevo dentro. Yo no sabía que traía la maldición del Irazú, porque me tocó vivir aquello y después también me tocó el Arenal. Eso lo marca a uno en un antes, un durante y un después de la vida”, recuerda hoy, a sus 77 años.
Las señales estaban frente a todos
Mucho antes de la tragedia, en la casa de los Quirós había una conversación que muchos vecinos consideraban una exageración.
Su padre insistía en que el Arenal era un volcán. Las fumarolas permanentes, los animales que aparecían muertos por los gases y el aumento de la temperatura del agua eran señales que, para él, no dejaban espacio para las dudas.
Miguel repetía aquello en la escuela y las burlas no tardaban en llegar.
“Yo decía que el Arenal era un volcán y me trataban de majadero y de tonto. Nadie me creía. Mi papá decía que algún día iba a despertar porque todas las señales estaban ahí”, asegura.
Décadas después, entiende que aquellas palabras tenían más verdad de la que muchos imaginaron.
El día que perdió familiares y amigos
La mañana del 29 de julio de 1968 parecía una más en La Fortuna. Sin embargo, en pocos minutos el estruendo del Arenal sembró el terror y destruyó pueblos enteros: Tabacón, Pueblo Nuevo y San Luis.
Don Miguel trabajaba como perito del Banco Nacional cuando le pidieron quedarse a cargo de la radio de comunicación, uno de los pocos medios disponibles para informar lo que ocurría.
“Me tocó ver cuando el Arenal liberó toda esa fuerza. Fue terrible. Fue muy duro”. Dice con amargura.
El golpe más doloroso llegó cuando supo que su tío, Honorio Bonilla, estaba entre las víctimas. Había salido a colaborar con las labores de rescate de personas y animales afectados por la erupción, pero nunca regresó.
A esa pérdida se sumó la de amigos, vecinos y conocidos con quienes compartía la vida cotidiana.
“Todos tuvimos pérdidas. Perdimos familiares, amigos y hasta parte de nuestra identidad. Había momentos en que uno no sabía qué hacer. Nos quedamos con una mano adelante y otra atrás”, dice.
Una historia que no quiere dejar en el olvido
Con el paso de los años, don Miguel ayudó a reconstruir La Fortuna junto con otros vecinos y participó en iniciativas para fortalecer la comunidad.
Sin embargo, asegura que la enseñanza más importante que dejó el Arenal no fue material, sino humana.
Por eso, cada vez que puede, comparte su historia con las nuevas generaciones.
“Pueblo que no conoce su historia vuelve a repetir sus errores. Los jóvenes necesitan saber lo que vivimos para valorar lo que tienen y entender la fuerza de la naturaleza”, afirma.
Este 29 de julio, cuando se cumplen 58 años de la erupción del volcán Arenal, don Miguel sabe que sobrevivió dos veces a la furia de la naturaleza, pero también que hay heridas que ningún calendario logra borrar.
Cada aniversario, vuelven a su memoria los rostros de los familiares, amigos y vecinos que no regresaron a casa.
Y mientras tenga fuerzas para contarlo, asegura, seguirá haciéndolo convencido de que recordar también es una manera de mantener viva la memoria de quienes perdieron la vida aquella mañana que cambió para siempre la historia de Costa Rica, para él, por su culpa, “porque me traje la maldición del Irazú para el Arenal”, vuelve a decir con dolor.















