Cuando Asdrúbal Peñaranda Quesada se reúne con sus hijos, nietos y bisnietos, inevitablemente su memoria viaja a una mañana de hace 58 años cuando hizo erupción el volcán Arenal. Los ve correr, jugar, reír y llenar la casa de vida y no puede evitar pensar que aquella escena estuvo a punto de no existir.
Si su padre hubiera dudado unos segundos más, probablemente ninguno de ellos habría contado esta historia.
Todo cambió con un grito.
—“¡Corran porque se mueren!”
Aquellas cinco palabras no solo salvaron la vida de una familia, sino que también cambiaron el destino de generaciones enteras.
El 29 de julio de 1968, el volcán Arenal despertó con una violencia que Costa Rica jamás había visto.
Más de 80 personas murieron y comunidades como Tabacón, Pueblo Nuevo y San Luis quedaron sepultadas.
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Los testimonios que les presentamos son posibles gracias a la colaboración de la Asociación de Desarrollo Integral de La Fortuna (Adifort).
Pero antes de que la tragedia escribiera su página más dolorosa, en la casa de los Peñaranda la vida transcurría con la sencillez propia de las familias campesinas.
Carlos Peñaranda Porras y Soledad Quesada Rojas habían formado un hogar numeroso. El trabajo comenzaba antes del amanecer.
Mientras don Carlos sembraba frijoles y otros cultivos para alimentar a la familia, doña Soledad mantenía viva la casa.
Los hijos crecieron entre ordeños, quesos recién hechos, ropa lavada a mano y montañas que parecían eternas.
Mayra Peñaranda Quesada, una de las hermanas de Asdrúbal, recuerda aquella vida con una mezcla de nostalgia y gratitud.
“Mi mamá atendía la casa y mi papá sembraba frijoles y todo lo que comíamos. Nosotras hacíamos quesos, recogíamos leña y lavábamos la ropa a mano. Era una vida sencilla, pero muy bonita”, cuenta.
Sin embargo, hacía casi tres meses que algo había cambiado. El Arenal no dejaba de temblar. Los movimientos eran tan constantes que terminaron convirtiéndose en parte de la rutina. “Nos habíamos acostumbrado”, recuerda Mayra.
Pero su padre no estaba tranquilo.
La noche anterior, reunió a la familia y les dijo que, si los temblores continuaban, al día siguiente se irían hacia una finca que tenía en Chambacú.
Nadie imaginó que aquella conversación sería la última antes de que la montaña cambiara para siempre la historia de Costa Rica.
Asdrúbal tenía apenas 14 años. El domingo anterior había ido a jugar un partido de fútbol. Ganaron y algunos compañeros querían quedarse a celebrar.
Entre ellos estaba su amigo Uribe. “Siempre ha sido un dolor para mí porque no dejé que mi amigo Uribe se quedara esa noche. Le dije que mejor se fuera para la casa.
“Al día siguiente murió con la erupción. Ese recuerdo nunca me ha abandonado”, cuenta con la voz pausada de quien lleva casi seis décadas cargando una culpa imposible de borrar.
Aquella mañana salió temprano a ordeñar las vacas. Todo parecía normal hasta que la tierra comenzó a rugir.
“¡Corran porque se mueren!”
La mañana del 29 de julio de 1968 parecía igual a cualquier otra.
Los hermanos menores habían ido a la escuela, pero el maestro decidió suspender las clases porque los temblores eran cada vez más fuertes y los envió de regreso a sus casas.
Carlos Peñaranda había salido con algunos de sus hijos a revisar unas cañerías de la finca.
De pronto, un estruendo ensordecedor sacudió la montaña.
El suelo vibró con una fuerza nunca antes sentida y una inmensa columna de humo, ceniza y roca comenzó a levantarse sobre el Arenal.
Antes de regresar a donde estaban sus hijos, don Carlos corrió hasta la casa de sus propios padres para intentar ponerlos a salvo. Después emprendió el camino hacia su hogar.
Lo que encontró fue una escena de confusión absoluta. Un niño de apenas cuatro años había llegado corriendo, llorando y gritando que una enorme bola de fuego venía a quemarlo todo.
“Había mucha ignorancia porque nadie sabía realmente qué estaba pasando. Mi abuela decía que cerráramos puertas y ventanas porque venía una bola de fuego. La gente pensaba que si se quedaba dentro de la casa se iba a salvar,” recuerda Mayra.
Pero don Carlos comprendió que el tiempo se había terminado. Entró apresurado a la vivienda. Miró a sus hijos. Y soltó un grito que todavía hoy estremece a toda la familia.
—“¡Pero qué esperan!, ¡corran porque se mueren!“.
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Nadie hizo preguntas. Nadie buscó ropa. Nadie recogió comida. Solo comenzaron a correr. Una carrera entre barro, ceniza y lágrimas. Asdrúbal apenas tuvo tiempo de dejar las vacas.
Los hermanos se reunieron como pudieron y emprendieron la huida por un sendero que conocían de memoria hacia Chambacú.
Corrían sin mirar hacia atrás. El barro les tragaba los zapatos. Las piedras les golpeaban los pies. Cada explosión parecía más cercana que la anterior.
“Cuando llegamos donde una tía, como a la una de la tarde, íbamos todos embarrialados y sin zapatos porque se habían quedado enterrados en el barro. Ahí entendimos que era correr o morir”, recuerda Mayra.
Su tía trató de calmarlos. Les dio agua. Intentó consolarlos. Pero era imposible. Los niños lloraban sin detenerse. No sabían dónde estaban sus padres. No sabían si volverían a verlos.
Mientras tanto, Asdrúbal miraba hacia la montaña intentando entender qué estaba ocurriendo.
Recuerda que antes incluso de que la gran explosión cambiara el paisaje para siempre, la naturaleza parecía haber lanzado una última advertencia.
“Veíamos pasar saínos, pizotes, pavas, pavones... todos los animales iban huyendo. Nosotros no entendíamos por qué corrían desesperados, pero ellos sí sabían que algo muy grande venía”. Aquella imagen jamás desapareció de su memoria.
Avanzó hacia la tragedia
Mientras la familia Peñaranda escapaba de la muerte, Arnoldo Cedeño González hacía exactamente lo contrario.
Con apenas 27 años, había ensillado su mula porque debía revisar un ganado que iba a comprar en Pueblo Nuevo, a la postre, uno de los pueblos que fueron enterrados por la explosión.
“¿Eso se me va a olvidar? Lo tengo fresco como el primer día”, dice hoy, a sus 85 años.
Poco después de iniciar el recorrido, Arnoldo se encontró con un vecino de apellido Pizarro que venía huyendo. El volcán ya le había matado las yeguas. Arnoldo continuó a pesar de que Pizarro le advirtió que no lo hiciera.
Todavía no imaginaba la dimensión de la tragedia. Conforme avanzaba, comencé a ver árboles inmensos completamente quemados.
Su mula, normalmente tranquila, brincaba desesperada de un lado a otro. “Los animales sienten las cosas antes que uno”, recuerda.
A unos metros más adelante, encontró las yeguas de Pizarro. Seguían vivas, pero estaban totalmente quemadas. “Saqué la cuchilla y las degollé para que no siguieran sufriendo”.
El panorama empeoró conforme avanzaba. El ganado que iba a revisar también había muerto. Casas destruidas. Vegetación convertida en cenizas. Silencio... y muerte.
“Don Misael Valerio murió con toda su familia. Lo que cuento es porque yo lo vi. Nadie me lo contó”. Don Arnoldo dio media vuelta. Entendió que permanecer ahí era condenarse. “Nos devolvimos con el pelo parado del susto. Solo Dios nos salvó”.
Volver para empezar
La noche del 29 de julio fue interminable. Mientras el volcán seguía rugiendo y las explosiones iluminaban el cielo, los hermanos Peñaranda permanecían refugiados en Chambacú.
El miedo no les permitía dormir. Lo único que deseaban era volver a abrazar a sus padres.
Ese abrazo llegó al día siguiente. Carlos Peñaranda apareció agotado, cubierto de barro y con el rostro marcado por la angustia, pero con la noticia que todos esperaban: la familia seguía unida.
Soledad Quesada, la madre, también había logrado ponerse a salvo junto con otro de sus hijos. En medio de la emergencia, había llegado hasta La Fortuna y luego fue trasladada a Ciudad Quesada.
“Al otro día, en la noche, ya estábamos todos juntos otra vez. Los más grandes regresaron después para ver si se podía rescatar algo. Los pequeños vivimos dos meses en Ciudad Quesada y luego volvimos, pero el miedo nunca se fue”, recuerda Mayra.
La casa seguía en pie. Ellos también. Pero el mundo que conocían ya no existía.
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Las comunidades vecinas habían desaparecido bajo toneladas de ceniza, piedras y lodo.
Más de 80 personas perdieron la vida y familias enteras nunca volvieron a encontrarse. Aquella tragedia marcó para siempre la historia de Costa Rica y transformó el destino de la zona norte.
Las señales que pocos entendieron
Con el paso de los años, la ciencia permitió comprender que el volcán había dado muchas señales antes de despertar con toda su furia.
Investigaciones de especialistas y trabajos publicados por la Universidad de Costa Rica documentan que años antes de la erupción, el Arenal mostraba un incremento en las fumarolas, una mayor actividad sísmica y otros cambios que, en aquel momento, no pudieron interpretarse con la claridad que hoy permiten los avances en la vigilancia volcánica.
Actualmente, el vulcanólogo Gino González explica que el Arenal tiene una antigüedad aproximada de 10.000 años y atraviesa un proceso de subsidencia; es decir, un lento hundimiento asociado al enfriamiento de su conducto interno.
“Lo que sí sabemos es que actualmente se encuentra muy tranquilo, por eso es fundamental mantener un monitoreo constante”, señala el especialista.
Ese seguimiento permanente permite detectar variaciones en la temperatura interna, cambios en la composición de las fumarolas, incrementos en la actividad sísmica y deformaciones del terreno: señales que podrían advertir una futura reactivación.
Hoy la ciencia observa con instrumentos lo que hace casi seis décadas solo podía saberse con la experiencia de quienes vivían al pie de la montaña.
El milagro que no sale en las fotografías
Cuando se habla del volcán Arenal, casi siempre aparecen las mismas imágenes: el cono perfecto, la lava, los senderos y el lago. Los turistas levantan sus celulares para llevarse una fotografía de uno de los paisajes más hermosos de Costa Rica.
Asdrúbal Peñaranda los observa y sonríe. Sabe que cada cumpleaños, cada Navidad y cada reunión familiar representan una victoria silenciosa sobre aquella mañana de julio de 1968.
Todavía recuerda a su amigo Uribe, quien murió pocas horas después de que ambos se despidieron.
Recuerda el ganado, los animales huyendo antes que las personas, el miedo reflejado en el rostro de sus hermanos y el grito desesperado de su padre.
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Hoy los Peñaranda ya no pueden contarse solo por el número de hermanos que escaparon aquella mañana.
Hace 58 años, cuando la montaña rugía y el miedo parecía invencible, un padre no tuvo tiempo para explicar lo que estaba ocurriendo.
Solo alcanzó a gritar:
—“¡Corran porque se mueren!”
Sus hijos obedecieron. Y gracias a esa carrera desesperada entre barro, ceniza y lágrimas, hoy existe una familia que sigue creciendo y que cada 29 de julio vuelve la mirada al Arenal no solo para recordar a quienes ya no están, sino también para agradecer el milagro de haber sobrevivido.















